La nueva economía y las oportunidades para México

Entrevista con Kevin P. Gallagher, director del Global Development Policy Center, de la Universidad de Boston

Por: Guillermo Máynez Gil

La nueva economía y las oportunidades para México
México necesita invertir más en la creación de industrias del futuro y en el desarrollo de mayores capacidades productivas y de innovación, y hacerlo urgentemente para capitalizar las oportunidades que brinda una económica mundial más regionalizada y verde. En entrevista con Comercio Exterior, Kevion Gallagher, lanza este exhorto y lo sustenta en un análisis riguroso de la coyuntura internacional; de la disputa por el liderazgo mundial que enfrenta a Estados Unidos y China, y del impacto que tienen la revolución tecnológica y la pandemia en la trayectoria de los flujos internacionales de bienes e inversión. El tiempo apremia.

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¿La inestabilidad asociada a la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China será el sello distintivo del escenario internacional en los años por venir?
Espero que no. Aunque la pérdida de liderazgo económico de Estados Unidos y su creciente obsesión con China han deteriorado el entorno internacional, toca a economías clave y en desarrollo, como la de México, conformar un frente común para reconstruir el sistema multilateral y asegurar que las tensiones entre las dos superpotencias se diriman al interior de sus instituciones. Necesitamos un sistema multilateral renovado, estable y capaz de asegurar la sana competencia en los mercados, pero también una cooperación más estrecha que encauce los esfuerzos internacionales a la conquista de objetivos de desarrollo más amplios.

Dado el complejo escenario internacional, ¿hay bases para esperar una salida significativa de procesos productivos de Asia y su relocalización en América del Norte, particularmente en México?
Algunas de las cadenas de valor más relevantes se establecieron en Asia, porque China superaba a México como plataforma de exportación hacia Estados Unidos y Europa, lo cual no deja de ser sorprendente. China lleva años invirtiendo en innovación, zonas económicas especiales y otros esfuerzos encaminados a la construcción de un entorno propicio para el arribo de firmas globales y el fortalecimiento de sus capacidades productivas y de exportación. En una investigación que realicé con Enrique Dussel, de la Facultad de Economía de la UNAM, dimos cuenta del dinámico crecimiento de las exportaciones chinas hacia Estados Unidos y el consecuente desplazamiento de los envíos mexicanos a ese mercado. La coyuntura geopolítica y el creciente nivel salarial en China ofrecen una nueva oportunidad para México. El T-MEC contiene algunas disposiciones útiles para recuperar y ampliar la presencia de México en los mercados externos, pero si el país no invierte lo necesario puede perder esa oportunidad irremediablemente.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que las perspectivas de negocio en un mercado con el dinamismo y la extensión de China en particular, y de Asia en un ámbito más amplio, constituyeron, en su momento, otro poderoso incentivo para que las firmas extranjeras se establecieran en ese continente. El incentivo sigue ahí, muchas empresas mantendrán sus operaciones en Asia para aprovecharlo y eventualmente podremos atestiguar un cambio significativo de la dinámica económica mundial, cuando China y otros países de la región se replieguen a su mercado interno en respuesta a la creciente hostilidad estadounidense.

KEVIN P. GALLAGHER

¿La hostilidad que caracteriza actualmente a la relación entre China y Estados Unidos cambiaría sustancialmente en una administración encabezada por Biden?
Las erráticas políticas económicas de Trump y su inadecuado manejo de la pandemia visibilizaron los riesgos de un modelo de producción global segmentado en exceso; se anticipa, por tanto, una corrección para acercar a casa la fabricación de cierto tipo de bienes. Al menos un segmento de la coalición que apoya a Biden está más comprometido con el resurgimiento de la industria estadounidense de que lo que Trump manifiesta y es probable que busque imprimir un nuevo sello a la relación bilateral llevándola, preponderantemente, por cauces diplomáticos. De ser así, México tendría la oportunidad de mejorar la calidad de su inserción a las cadenas de valor norteamericanas, dándole prioridad a la eficacia y la innovación, y dejando los costes salariales y la cercanía geográfica en un segundo plano.

Si Biden logra concretar sus ambiciosos planes económicos, México tendrá que acompañarlo en su viraje hacia la sustitución de los combustibles fósiles. De ser así, las exportaciones mexicanas de petróleo y gas a Estados Unidos registrarán un descenso sustancial y obligarán al país a reconfigurar su tejido productivo de manera que predominen las industrias limpias y dinámicas. Trump abandonó esta transformación y México lo siguió. Biden, en cambio, deberá acelerarla, si es que quiere competir con China y Europa, que han estado tomando las decisiones y realizando las inversiones correctas durante ya más de una década.

En septiembre de este año, en un panel del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, usted recomendó a los países de América Latina negociar más “acuerdos comerciales de tipo asiático”, ¿podría abundar sobre este tema?
En los acuerdos de inversión y comercio promovidos por Estados Unidos han prevalecido los intereses de aquellas actividades y empresas en los que ese país tiene claras ventajas comparativas; esto es, la financiera, la farmacéutica y otras intensivas en capital y conocimiento. El sesgo que se observa en este tipo de acuerdos comerciales, limita el desarrollo de sistemas financieros y de salud robustos, y el avance de las industrias basadas en el conocimiento. En contrapartida, los acuerdos de inversión y comercio de tipo asiático ofrecen un margen de maniobra más amplio para instrumentar políticas públicas que encaucen los esfuerzos y las inversiones al despegue de sectores más novedosos y dinámicos. Esto explica en buena medida por qué Asia se ha convertido en una potencia en manufacturas y conocimiento.

En el contexto de la covid-19 y de la evolución de la dinámica del comercio global se perfilan tres tendencias relevantes: la regionalización de las cadenas productivas, la automatización de la producción y el predominio de la disponibilidad de infraestructura y la mano de obra especializadas como factor decisivo para localizar empresas multinacionales. En un escenario con estas características, ¿qué futuro se avizora para los países de América Latina en general y de México en particular?
Esta podría representar la última oportunidad de América Latina para transitar a un estadio superior de desarrollo. Si bien es cierto que la estratégica inserción de México en las cadenas productivas de América del Norte lo ubica como uno de los países de mayor proyección en la región; también lo es, que enfrenta el desafío de canalizar cuantiosas inversiones para fortalecer sus capacidades productivas y de innovación. En este ámbito, México y el resto de los países latinoamericanos muestran un desempeño muy deficiente en los últimos 30 años. Sus inversiones no superan el 20% del PIB y provienen, en buena medida, de empresas extranjeras que, por sus escasos vínculos con el resto del tejido productivo, tienden a desplazar a la industria nacional. En ese mismo lapso, las inversiones productivas de los países asiáticos han tenido un mejor desempeño y oscilan entre el 30 y el 40 por ciento del PIB.

En la actual dinámica de la economía mundial, las inversiones en innovación, tecnología y capacidades industriales son decisivas para el desarrollo de los países. Dada la menor importancia relativa del petróleo y del gas en los procesos productivos de mayor proyección, así como del desplazamiento de la mano de obra barata como factor decisivo de la competitividad internacional de las economías emergentes, México, en mi opinión, no tiene más opción que invertir intensivamente en industrias verdes y dinámicas, así como en la formación de una fuerza laboral altamente capacitada.

Usted ha escrito sobre los distintos tipos de desarrollo de México y China, notando las sutiles diferencias entre el modelo chino de “aprendizaje vía producción” y el modelo mexicano de “aprendizaje vía comercio”. ¿Qué lecciones podemos extraer de estas comparaciones?
México ha aplicado políticas industriales y de comercio que, a la postre, inhiben el desarrollo de industrias vibrantes y diversificadas. Su política monetaria, por ejemplo, favorece las importaciones al mantener una paridad cambiaria frecuentemente sobrevaluada. El TLCAN, por su parte, promovió el establecimiento de empresas extranjeras y la creación de una plataforma para la exportación de manufactureras de escaso valor agregado internamente, dada la escasa inversión en capacidades productivas nacionales y en la formación de capital humano. China ha hecho lo contrario en cada rubro —tipos de cambio competitivos, acuerdos comerciales más amplios y cuantiosas inversiones públicas en infraestructura e industria nacional—, los contrastantes resultados son elocuentes. Si México quiere aprovechar las oportunidades que le brinda el nuevo escenario internacional, está obligado a emular más políticas de corte asiático.

La producción compartida en América del Norte es uno de los legados más importantes del TLCAN que, en términos generales, se consolida con la puesta en marcha de su sucesor, el T-MEC, ¿cuáles son las principales áreas de oportunidad que visualiza para esta región en los años por venir?
En América del Norte se han instalado las principales armadoras automotrices del planeta e integran un sector muy sólido. Evidentemente, el transporte de los vehículos automotores y los productos aeroespaciales es costoso, de ahí la importancia de acercar su producción a los mercados de consumo. La región precisa un plan de infraestructura regional —carreteras, vías férreas y aéreas— que estimule la demanda de automóviles ecológicos y sistemas de transporte como los que se están desarrollando actualmente en Europa y Asia. Si los tres países se unieran para desarrollar un plan de esta índole y la región trabajara para modernizar la infraestructura y a las empresas de la región, se crearía un entorno más propicio para la inversión privada y el crecimiento económico regional. Sin embargo, por razones políticas, América del Norte sigue apegada a modelos de menor proyección relativa y está en riesgo de mantenerse al margen del desarrollo que ya se perfila en Asia y Europa.

La tensión que prevalece en la relación bilateral China-Estados Unidos ha limitado el intercambio comercial entre ambos países, particularmente en el de los productos de tecnología avanzada, donde China pierde presencia en el mercado estadounidense. ¿Qué líneas de acción recomendaría al gobierno y al sector privado mexicanos para aprovechar esta coyuntura?
Para México representa una oportunidad real, no hay duda, puesto que Estados Unidos tratará de bloquear las tecnologías chinas. Pero no se materializará por sí misma, hay que trabajarla. En primera instancia, se debería fortalecer el Banco de Desarrollo de América del Norte y habilitar una agencia de planeación regional que lo apoye con el diseño y financiamiento de infraestructura e innovación, además de alinear el comercio y la inversión a dicho plan. Los tres países necesitan urgentemente inversiones de gran envergadura. Hasta ahora el sector privado se ha mostrado renuente a realizarlas. Pero como lo demuestra el caso de China, la iniciativa privada se activa cuando los gobiernos despliegan cuantiosas inversiones públicas, que es el factor que comparten todos los países asiáticos.

¿Qué recomendaciones haría al gobierno mexicano para alentar la recuperación de la economía y combatir las secuelas económicas de la pandemia?
México necesita un estímulo fiscal mayúsculo para, en un primer momento, garantizar el acceso a los servicios médicos de toda la población y respaldar económicamente a las personas y las empresas más expuestos a los efectos nocivos del confinamiento. También requiere de un paquete de apoyos de largo aliento que mejore su infraestructura y promueva la inversión en la innovación y el desarrollo de las industrias del futuro. Las tasas de interés son ahora muy bajas y México tiene también importantes bancos de desarrollo que podrían fortalecerse para participar activamente en la construcción de mejores y más dinámicas capacidades productivas.

Algunos analistas perfilan un nuevo panorama energético dominado por las fuentes renovables, en el que China controlaría la producción de varias materias primas y manufacturas cruciales, ¿qué impacto tendría un escenario como este en las alianzas globales?
Es muy pronto para ceder estos mercados a algún país en específico. Como resultado de políticas erróneas, Estados Unidos y América del Norte en general, van muy atrás en las tecnologías digitales y energéticas del futuro. Si América del Norte trabaja unida para innovar y sentar las bases de una infraestructura sustentable, el tamaño de nuestros mercados fortalecerán nuestra competitividad internacional en estos rubros estratégicos. Ese es el desafío central.

Usted ha escrito sobre la relación entre libre comercio y medioambiente, ¿hay sinergias entre ambos o siguen una dinámica de juego suma cero?
Los tratados sobre comercio e inversión no se han alineado a las metas ambientales, y esto ha resultado costosísimo por dos razones. En primer lugar, como ya lo mencioné, las reglas de comercio e inversión favorecen a los intereses de industrias tradicionales, algunas muy próximas a la obsolescencia, y frenan el desarrollo de tecnologías y actividades económicas limpias. A este costo de oportunidad, se suma el elevado precio que pagamos por la degradación ambiental, de entre cuatro y ocho puntos porcentuales del PIB cada año, según cálculos conservadores.

Usted también ha escrito sobre la regulación de los flujos financieros transfronterizos. Las presiones para combatir de manera más eficaz al crimen transfronterizo y al lavado de dinero parecen indicar la necesidad de nuevas reglas de gobernanza de estos flujos. ¿Cuál es su expectativa para las siguientes décadas en este tema?
Esta es un área en la que México tiene mucha experiencia y, en cierta medida, liderazgo. Tanto México como América Latina, en general, están muy expuestos a ciclos económicos de auge y caída súbitos.

Cuando las tasas de interés son bajas, en Estados Unidos se incrementa la demanda de las importaciones mexicanas y crecen los flujos de capital de corto plazo hacia México. Estos movimientos provocan una apreciación del peso mexicano frente al dólar, lo que ocasiona en los inversionistas la sensación de que tienen colaterales más sólidos y, por lo tanto, contratan más crédito. Como consecuencia, no solo este impulso inicial eventualmente se frena (vía el mecanismo del tipo de cambio), sino que provoca una burbuja de deuda denominada en dólares cuando las tasas de interés vuelven a subir. Desafortunadamente, el tipo de cambio se ajusta muy rápidamente, lo cual incrementa la fragilidad financiera del país. En la última década, México ha incorporado algunos mecanismos de cobertura cambiaria interesantes, pero ha fallado en la instrumentación de políticas que canalicen financiamiento de largo plazo a las industrias del futuro, similares a las que utilizan países como Corea del Sur, China, Chile y Colombia. México puso mucha atención en el TLCAN original para reservarse el derecho de aplicar dichas regulaciones, pero no las ha ejercido, a diferencia de Corea del Sur, que sí lo ha hecho en el marco de su propio acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Una cosa es obtener el espacio para aplicar medidas de política responsables y otra aprovecharlo.