La recuperación económica de Europa: integración y legitimidad renovadas  

Entrevista con Emilio Ontiveros, profesor Emérito de la Universidad Autónoma de Madrid*  

Por: César Guerrero Arellano  

La recuperación económica de Europa: integración y legitimidad renovadas  
  Con el recuerdo aún fresco del desafío que supuso la crisis de 2008 para su arquitectura institucional, la Unión Europea afronta la coyuntura económica y sanitaria más adversa de su historia reciente. ¿Qué tipo de recuperación económica se perfila en el continente? ¿Son correctas las medidas adoptadas por los países miembros y las instituciones supranacionales? ¿Por qué la deuda privada representa un riesgo mayor que el del pasivo gubernamental? Sobre estos temas conversamos con el doctor Emilio Ontiveros, uno de los economistas más prestigiosos de España: fundador y presidente de la consultora Analistas Financieros Internacionales (AFI), columnista del diario El País y miembro del Consejo Asesor del Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital.  

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*Entrevista realizada en octubre de 2020.

Acelerada por las medidas que instrumentaron países de todo el mundo para contener la pandemia de la covid-19, se perfila la llegada de una nueva era económica. ¿Cuál es su valoración de la crisis económica en marcha? ¿Qué mundo emergerá una vez superados sus efectos?

Estamos ante la crisis económica más severa en la historia desde la Gran Depresión. Se trata de una crisis singular: no se originó por causas económicas, pero supuso un trastorno muy significativo para la oferta y la demanda globales. La recuperación está siendo muy asimétrica, fundamentalmente por los sectores más dañados. Sufrirán más las economías cuyo sector de servicios tenga mayor presencia relativa, en particular el turismo, donde la movilidad física es esencial. Asimismo, aquellas con escaso margen de maniobra para estimular el crecimiento mediante las finanzas públicas tardarán en recuperarse. Vemos esa diferenciación de ritmos de crecimiento entre economías avanzadas y emergentes. También lo observamos en el centro de Europa, donde economías como la alemana han hecho un uso más activo de sus recursos públicos, lo que ha tendido a propiciar una recuperación más ágil, mientras que en otras como la española o la italiana ha sido más limitado y la caída de su PIB será mayor. Algunas tendencias que ya veníamos observando antes de la pandemia se acentúan. Probablemente tomará tiempo digerir el rasgo más importante del día después: el mundo va a mantenerse muy endeudado y la propensión al consumo se verá muy condicionada. Por lo tanto, es altamente probable que sea difícil volver a la normalidad.

 

Desde la crisis financiera de 2008, la Unión Europea ha emprendido múltiples esfuerzos para retomar el crecimiento. ¿Qué tan preparada está la actual arquitectura institucional de Europa para responder a esta nueva crisis? ¿Está en riesgo su unidad, la coherencia de sus liderazgos?

Europa ha estado en una situación complicada, aunque ahora no tanto. A diferencia de lo que hizo en la crisis de 2008, en la que el Banco Central Europeo (BCE) tardó mucho tiempo en adoptar decisiones de estímulo monetario y la Comisión Europea (CE) adoptó políticas fiscales contraproducentes, basadas en la austeridad, en esta ocasión Europa ha reaccionado en la dirección correcta, afortunadamente.

 

¿Por qué le parecen adecuadas las medidas del Banco Central Europeo? ¿Hay una estrategia distinta respecto de la crisis previa?

En gran contraste con la crisis de 2008, el BCE está siendo muy activo para impedir que la desaceleración sea todavía mayor y facilitar la financiación de la deuda pública. Asimismo, la Comisión Europea ha propuesto importantes medidas de ayuda fiscal a las economías. Quizá la más importante es la creación de un fondo para la recuperación de 750 mil millones de euros, que se nutrirá con deuda que capte la Comisión, no los Estados miembros, y esto es un gran paso. Con él, Europa avanza hacia el fortalecimiento de la integración a fin de disponer, incluso, de un tesoro europeo de instrumentos con los que endeudarse en los mercados. Creo que esto va a unir un poco más a los países de Europa. No significa que estemos en una situación óptima, pero los riesgos de fragmentación son ahora menores que los que prevalecían hace apenas año y medio.

 

¿A pesar del Brexit?

El Brexit es una decisión que ya fue incorporada hace tiempo. Europa lo ha tomado como un revulsivo y está reaccionando en términos de mayor cohesión interna ante el hecho de que efectivamente el Reino Unido habrá dejado de pertenecer a la Unión.

 

¿El actual nivel de deuda pública compromete la recuperación económica? ¿Demasiado tiempo con tasas bajas de interés excederá los límites del endeudamiento gubernamental en Europa?

En Europa, el aumento de la deuda pública es el resultado del efecto de la parálisis que origina la pandemia y del inevitable aumento del gasto y la inversión públicos, al tiempo de que la recaudación tributaria se ha desplomado. En el sector privado puede haber incentivos para incrementar la deuda, dados los bajos intereses. Pero normalmente los Estados no se endeudan simplemente porque disminuya el coste de la financiación.

La deuda pública europea es sostenible, aunque también desigual. Hay países, como Francia, con niveles mayores a los de Alemania o España, por encima del 100% del PIB. Debemos confiar en que el crecimiento generará ingresos públicos y que de esa forma se reducirá su volumen. De todos modos, el Banco Central Europeo seguirá comprando bonos en los mercados secundarios de deuda para mantener los tipos de interés bajos y que el servicio de la deuda no se eleve. Por el momento, la deuda pública no compromete la recuperación en Europa, porque sus mercados están aplicando tipos de interés y riesgos muy bajos a todos los países; por ejemplo, a España. En la anterior crisis, en julio de 2012, España o Italia pagaban siete puntos porcentuales adicionales por endeudarse al mismo plazo que Alemania. En cambio, este año pagan solo 0.7 puntos más que Alemania, menos de un punto porcentual de diferencia.

 

Ante la incierta evolución de la pandemia y la normalización de las actividades económicas, ¿qué escenario se perfila para las instituciones bancarias?

La evolución de la pandemia y sobre todo el deterioro de la actividad económica y del empleo pueden menoscabar la calidad de la inversión crediticia. Hoy en día no hay amenazas como las sufridas en la anterior crisis. El índice de solvencia de la mayoría de los bancos de la eurozona está en posiciones aceptables. La preocupación radica en que, si el desempleo se mantiene en niveles relativamente elevados y la situación de las empresas sigue debilitándose, es muy probable que los créditos morosos aumenten. En ese sentido, podríamos llegar a tener algún problema, pero en este momento no constituye la principal preocupación del continente.

 

Desde 2008 se observa un creciente apalancamiento del sector corporativo. Al amparo de las políticas para preservar el tejido empresarial y el empleo, ¿hay riesgo de que proliferen las empresas zombis?

Es un riesgo importante. Me preocupa mucho más cómo está creciendo la deuda empresarial en el mundo que cómo lo está haciendo la pública, porque la deuda de algunas empresas se está incrementando en sectores con una demanda declinante y, por lo tanto, con una calidad crediticia también a la baja. Hay empresas cuyos ingresos por ventas no superan el servicio de la deuda que deben pagar. Ahí es donde aparece el concepto de empresa zombi, que puede comprometer la estabilidad de una economía. Me preocupa bastante porque podemos encontrarnos con perturbaciones financieras, quizá de la mano de alguna quiebra empresarial importante, no necesariamente en Europa. Podrían por lo tanto ser episodios que comprometan la recuperación del conjunto de la economía mundial.

 

¿Qué tipo de estímulos fiscales deben privilegiarse: el consumo, la reducción del IVA o la creación de empleos en sectores de vanguardia, como en la transición energética y digital?

En ese aspecto, Europa ha reaccionado bien. Prefiero los estímulos complementarios. Europa ya ha impulsado estímulos al empleo y a la financiación de las empresas más indefensas, que se complementan con los estímulos que en política monetaria está proporcionando el BCE. Ahora es momento de procurar que esa recuperación encuentre también apoyo en la inversión modernizadora de las economías europeas. Por eso, la Comisión Europea ha acordado que los 750 mil millones de euros que captará en los mercados financieros se inviertan esencialmente en dos grandes destinos: en la transición energética, tendiente a satisfacer las exigencias medioambientales pactadas en los acuerdos de París de 2015 y, al mismo tiempo, en una transición digital: una intensificación de la inversión en infraestructuras y en el despliegue de tecnologías digitales que permita a Europa recuperar el tiempo perdido en esa pugna por la economía digital que Estados Unidos y China han mantenido estos últimos años. Hay que confiar en el efecto multiplicador de la inversión para acompañar a la recuperación y procurar que, el día después de la misma, las economías sean más resistentes, más modernas.

 

Usted ha escrito que el mundo requiere volver a crecer, pero crecer mejor. ¿Qué es para usted lo mejor y cómo puede llevarse adelante?

Crecer mejor es hacerlo aumentando las dotaciones de capital humano, tecnológico y, aunque quizá en Europa se necesite menos, las de capital físico. Sin esas dotaciones de capital tecnológico y humano, fundamentalmente, no se incrementa el crecimiento potencial: crecer mejor es hacerlo de forma menos vulnerable y fundamentando los aumentos de crecimiento potencial, que significan básicamente generar hoy mayores ganancias de productividad.

 

En su libro más reciente, señaló que muchos ciudadanos de los países más desarrollados perciben la globalización y la digitalización como grandes amenazas. ¿Cómo incidirán estas dos grandes tendencias en la reactivación de la economía?

En Europa la digitalización sí será una vía de reactivación. Habrá acciones importantes, sobre todo en términos de infraestructuras. Por ejemplo, la España rural registrará incrementos en ellas, pero también veremos en toda Europa un aumento de la digitalización de la medicina, uno de los ámbitos importantes que permitirá mejorar los términos de la atención sanitaria y generar, por así decirlo, mayor valor. La extensión de esas tecnologías a sectores dañados por la crisis, como el turismo o el del automóvil, son igualmente convenientes.

Respecto de la globalización, asistiremos a una etapa en la que no solo en Europa, sino en todo el mundo, seguirá cuestionándose y amparando tensiones nacionalistas. No es algo nuevo precisamente, pero su intensidad estará asociada a la persistencia del bajo crecimiento y al desempleo. La presidencia estadounidense cuestionó de forma sistemática aspectos esenciales de la globalización, ha introducido aranceles, ha abierto una pugna tecnológica con China y con otras economías, no ha respetado suficientemente a las agencias multilaterales o a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Antes de la pandemia, la globalización ya estaba dañada, ya estaba cabeceando, y prueba de ello es que el volumen de comercio internacional no crecía como antes ni los flujos internacionales de inversión directa, que tardarán en recuperar sus niveles de antaño. Una de las características que hemos visto en esta crisis es la dislocación de las cadenas de valor transfronterizas y esto ha generado una quiebra, algo de desconfianza sobre la externalización de procesos de producción. Creo que veremos una cierta vuelta a casa de inversiones que antes confiaban en las cadenas de valor internacionales.

 

¿La profundidad de esta crisis sacará del marasmo la necesidad de poner al día el orden multilateral creado tras la posguerra? ¿Qué ajustes le parecen indispensables?

En primer lugar, respetar las reglas existentes. Que todos los países, empezando por Estados Unidos, seguido por China y Europa, respeten las reglas. No se están respetando, la OMC está colapsada, hace tiempo que tiene pendiente nombrar a jueces internos. El segundo elemento es revisar los mecanismos de decisión y de representación en algunas de esas organizaciones, el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, el Banco Mundial o la OMC. Muchas de esas instituciones nacieron en Bretton Woods, en 1944, y la realidad económica global ha cambiado. Por lo tanto, sería bueno que los mecanismos de decisión fueran más abiertos. Un tercer aspecto es que quizá alguna de ellas debería tener un protagonismo mayor en la coordinación de las políticas económicas. El FMI está intentando afianzar una nueva época, está más cerca de las economías que más lo necesitan, de las economías emergentes. También busca afianzar su papel crediticio, así como el de ayuda técnica. Son básicamente los tres pasos. En ese sentido, no es que yo sea particularmente ambicioso y quiera alterar radicalmente el orden económico internacional, sino que considero fundamental respetar las instituciones que tenemos y adecuarlas a una realidad bien distinta a la que estaba vigente cuando nacieron.

 

¿Cuál es el rol actual de Europa en la economía global?

Es un papel algo más limitado del que tenía hace apenas 20 años porque, como hemos comentado, Europa quedó dañada en la anterior crisis y además se vio perjudicada en términos de predicamento, de autoridad intelectual, pues las políticas económicas que llevó a cabo no fueron las adecuadas. Sin embargo, Europa sí puede aspirar a ser una referencia en lo que siempre ha sido: el respeto a la legalidad, a la democracia y a los derechos humanos.

Asimismo, Europa puede llegar a constituirse en una referencia mundial de progreso tecnológico inclusivo. Para eso es que ha decidido llevar a cabo, a raíz de esta pandemia y mediante las instituciones europeas, las importantes decisiones de endeudamiento que hemos mencionado para acelerar una transformación con ese doble efecto: uno, ser líder a nivel mundial en el cumplimiento de los objetivos de lucha contra el cambio climático, y dos, recuperar el tiempo perdido en la digitalización en todos los ámbitos, desde la interacción entre personas hasta la erección de infraestructuras para las redes de telefonía 5G, tan modernas como las que tienen Corea o Estados Unidos. Desde luego, disponer también de un acervo de inteligencia artificial y de economía de los datos equivalente al de los países más modernos. Esa debería ser la aspiración de Europa: si consigue acompañar su predicamento político con un predicamento tecnológico y energético puede consolidarse como una referencia mundial. Algo que, en definitiva, no se conseguirá de la noche a la mañana.

 

¿Se distingue la respuesta de la Unión Europea para reactivar la economía de las de Estados Unidos, China o Rusia?

Todos los países en el mundo han hecho básicamente dos tipos de actuaciones: las tendentes a financiar a las empresas en dificultades o a brindarles garantías y avales, y aquellas para compensar el impacto del desempleo. El conjunto de la Unión Europea ha tomado las medidas que he descrito, pero los países han adoptado decisiones cuantitativamente heterogéneas. Como institución, a través de la Comisión Europea se ha conseguido por primera vez en la historia decidir en forma conjunta endeudarse internacionalmente por 750 mil millones de euros para acometer el proceso de reactivación con los países. Yo creo que esto legitima la posición de Europa.