Identidad y prestigio: memoria de la primera época de Comercio Exterior  

Entrevista con el embajador eminente Jorge Eduardo Navarrete, editor de Comercio Exterior de 1967 a 1972  

Por: César Guerrero Arellano

Identidad y prestigio: memoria de la primera época de Comercio Exterior  
  Comercio Exterior cumple, no pocas veces contra viento y marea, 70 años de publicación ininterrumpida. Son ya varias generaciones de especialistas los que han divulgado sus investigaciones en la revista y cientos de miles de lectores que han enriquecido su visión de Mexico y del mundo con los materiales publicados. El ahora embajador eminente Jorge Eduardo Navarrete dirigió Comercio Exterior como jefe de publicaciones del Bancomext de 1967 a 1972. Conversamos con él sobre la época dorada de la revista y los desafíos que debe superar para mantener su vigencia.  

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¿Qué representó para usted dirigir Comercio Exterior?

Comercio Exterior fue siempre material obligado de consulta e, incluso, de colección entre los interesados en la economía, el comercio exterior y las finanzas internacionales de México. Manuel Vázquez Díaz, un economista peruano avecindado en México, propuso al director del Banco, que entonces era Ricardo J. Zevada, establecer un departamento de publicaciones que, mediante la edición de una revista mensual, difundiera información de actualidad amalgamada con análisis teóricos e incluso especulativos. En esa época los medios informativos eran escasos y, en ocasiones, de muy difícil acceso.

Yo ya era lector regular de Comercio Exterior, tanto de sus secciones informativas (nacional, latinoamericana e internacional), como de la muy amplia y plural gama de artículos de opinión tanto de las economías latinoamericanas como de otras regiones. La revista siempre tuvo una vocación internacional, en años en que América Latina aspiró a una integración regional vigorosa de la mano de organismos como la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), establecida en Montevideo, o el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), ya muy desmedrado, con sede en Caracas. Quizá esa visión latinoamericanista fue la más importante en sus preocupaciones. En esa época, como estudiante relativamente avanzado de economía, esos elementos me llevaron a aceptar con gusto la invitación que me hizo Ignacio Pichardo Pagaza para cubrir la vacante como jefe del departamento de publicaciones cuando él dejó el Bancomext para iniciar una carrera política distinguida, honesta y ejemplar.

La revista se distribuía de forma gratuita. El lugar de residencia del suscriptor —ya fuera en México, Argentina, Chile o Europa— no era una limitante. En esos casos se enviaba por correo aéreo ordinario a quien la solicitaba llenando un sencillo formulario. Al concebirla como una aportación social a la información y la formación de opinión, el banco asumía el costo de envío, que era significativo.

 

¿Era paradójico editar una revista de comercio exterior en el México de 1951? ¿Cómo juzga su objetivo inicial y cómo evolucionó en el tiempo?

Para mí no hay ningún elemento paradójico. A partir de la Segunda Guerra Mundial el comercio exterior ha tenido un papel fundamental en el desempeño y crecimiento de la economía mexicana. Incluso en esta época, injustamente calificada como cerrada, el país encontró —en palabras del economista sueco Linder— un mínimo incompresible de importaciones, en su mayor parte insumos para su transformación industrial. Comercio Exterior vivió y dejó constancia en sus informaciones, y sobre todo en sus artículos, del tránsito de una economía fundamentalmente sustitutiva de importaciones a una que deseaba consolidarse —aunque nunca llegó a conseguirlo del todo— como una exportadora importante, sobre todo en círculos más asequibles como el mercado regional latinoamericano, países europeos de industrialización tardía como España o Irlanda y algunos más distantes y menos conocidos como los del Lejano Oriente o en África, hacia donde, por desgracia, nunca hubo un fomento exportador sistemático y suficiente.

Entre 1965 y 1970, México ya era un relevante exportador de manufacturas industriales a esos mercados, sobre todo a América Latina. A partir de los años setenta se habló del agotamiento del modelo sustitutivo de importaciones. A mi juicio, esa noción nunca tuvo una base empírica ni teórica suficientemente sólida. Se impuso como verdad incontestable la idea de cambiar “un modelo que se había agotado” por otro que recibió muchos nombres, desde libre comercio hasta industrialización maquiladora dependiente.

Pienso que detrás de ello hubo un importante elemento ideológico, promovido en parte por organismos financieros internacionales y otros entes de análisis y formulación de políticas económicas, entre los cuales es más fácil citar las excepciones: la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Estos mantuvieron el análisis y la fundamentación, no de una vía autárquica —como a veces se le quiso hacer pasar—, sino de una que combinara los mejores elementos de ambas rutas. En Comercio Exterior hay bastantes ejemplos de artículos teóricos o de análisis económico que lo examinan.

 

Difundir ideas de calidad, a veces contrarias a la postura oficial, dio a la revista su valiosa pluralidad. ¿Había alguna restricción? ¿Cuáles eran sus criterios de publicación?

En mi experiencia personal, como subjefe y jefe de publicaciones, los directores del banco siempre asumieron que la revista debía gozar de gran autonomía. En ocasiones sugerían abordar temas específicos del debate nacional como la reforma fiscal o los alcances y límites de proyectos regionales de desarrollo en áreas de vocación específica, como las cuencas del Tepalcatepec o del Papaloapan, o con características geográficas como el Istmo de Tehuantepec o la península de Yucatán. Pero la revista siempre estuvo abierta a la colaboración espontánea. Nunca se invitó formalmente a colaborar en ella.

El departamento de estudios económicos del banco contribuía con una sección fija llamada “Mercados y productos”, que analizaba mensualmente un mercado o algún producto desde el punto de vista de su potencial de exportación para México. Fue una sección y una colaboración importante. La extensión de la sección bibliográfica era muy variable, siempre habríamos querido disponer de mayor espacio. Acudíamos a la colaboración externa de algún economista, sociólogo o politólogo para reseñar libros de reciente aparición en castellano.

Para muchos, la sección más importante era la de las notas editoriales. El jefe y, en ocasiones, el subjefe del departamento escribían dos o tres para cada número, a partir de la consulta y la discusión con miembros del departamento. El director del banco se daba tiempo para leer, comentar y, en ocasiones, reformular las opiniones vertidas en estos materiales ya que reflejaban la opinión institucional y, de ser personalizadas, las de su director general. Tanto en Ricardo J. Zevada como en Antonio Armendáriz y, finalmente, en Francisco Alcalá Quintero, encontré una actitud abierta y propositiva ante argumentos que no siempre coincidían con la línea oficial, pero que ellos encontraban suficientemente fundamentados o que podían fundamentarse mejor con base en nuestras sugerencias. En mi decenio como editor, no recuerdo que haya habido una controversia mayor respecto del contenido de los editoriales de Comercio Exterior. Hasta lo que recuerdo, los directores del banco siempre defendieron la pluralidad de la revista cuando correspondió hacerlo.

 

Si no pedían colaboraciones, ¿cómo obtenían tan buena cantidad de propuestas?

Quizá al principio fue difícil. Cuando asumí la posición de editor, era una revista muy conocida, no de manera uniforme pero sí selectiva y efectiva, en los círculos adecuados de México y de América Latina. Cuando el economista mexicano Abel Beltrán del Río —entonces en la Wharton School of Economics en Philadelphia y con la orientación del connotado economista Lawrence Klein, premio Nobel en 1980— preparó un primer modelo de impacto en el empleo regional de sectores exportadores de México, la revista mexicana en la que pensó para dar a conocer su trabajo fue Comercio Exterior. Recibimos un sobre con dos artículos que se sometieron al mismo procedimiento que cualquier otro, con la fortuna de que estos abrieron un campo de investigación novedoso y atractivo. Además de Beltrán del Río, Sergio de la Peña, de la CEPAL, Aldo Ferrer, Celso Furtado y muchos otros reconocían en Comercio Exterior el foro para dar a conocer su trabajo en los círculos importantes de América Latina. Esto, en una época previa a la actual explosión informativa.

A quien preguntaba si podía enviar un artículo, se le respondía que sería recibido con gusto y considerado por un pequeño comité editorial que contaba entre sus asesores a personalidades destacadas como Miguel S. Wionczek y Enrique Angulo Hernández. Del personal del departamento de publicaciones recuerdo a Armando Labra Manjarrez y a Óscar Pandal Graf. El número de artículos rechazados era ligeramente superior al de los aceptados, muchas veces por razones de espacio. Debido a su costo, la revista no podía exceder, si no recuerdo mal, de 120 a 140 páginas por número. En una de dichas páginas se especificaban las normas y criterios guía para los colaboradores, en cuanto a su extensión o la manera de incluir gráficas y cuadros estadísticos. Por lo general, esa guía era leída y observada. Excepcionalmente, porque no siempre había tiempo, se entraba en correspondencia con el autor para sugerir versiones más escuetas y muchos autores entendieron que se trataba de una manifestación de interés.

 

¿De qué tamaño era el equipo de trabajo y de qué forma funcionaba?

Con pequeñas variantes, la redacción de la revista nunca superó la decena. Junto con los dos puestos directivos del departamento y los de apoyo secretarial, había un responsable de tiempo completo para cada una de las secciones informativas: nacional, latinoamericana e internacional. También debían leer alguno o algunos artículos y opinar sobre los mismos.

Sobre la gratuidad de la revista hubo un gran debate, que en su mayor parte se produjo después de que pasé a otras responsabilidades. Algunos sostenían el muy conocido y desde luego errado criterio de que lo gratuito no se aprecia. Tras un análisis se concluyó que instaurar un servicio de suscripciones pagadas probablemente no justificaba su costo de administración, sobre todo en etapas de expansión de la revista. En ese sentido, el tiraje fue muy variable, pero en general mantuvo una tendencia creciente, de seis mil a ocho mil ejemplares. En cuanto a suprimir a tiempo a suscriptores que olvidaban reportar el cambio de su domicilio o el agotamiento de su interés, se estableció como criterio retirar de la lista de distribución a quienes el correo nos devolvía por segunda ocasión su ejemplar.

 

En la primera época de la revista la controversia sobre los modelos de desarrollo más indicados para el país ocupó un espacio muy relevante. ¿Representa una mera referencia histórica o contribuye a enriquecer la discusión actual?

Los modelos de desarrollo son un tema de gran trascendencia hoy en día, particularmente en aquellas regiones de menor avance relativo —fundamentalmente en África y, en menor medida, en algunos países del sudeste asiático—. Creo que se ha llegado a un consenso bastante amplio respecto a las ineficiencias del modelo surgido después de la recesión de 2008- 2009. Venía desde antes, desde luego, pero a partir de ese tropezón cobró fuerza en la literatura especializada la discusión sobre la política económica y las estrategias de desarrollo más pertinentes. El resurgimiento de la vertiente desarrollista echó por tierra la presunción de que el mercado tiene el 99.9% de las respuestas. Dentro de esta aproximación teórica se inserta la proveniente de los otrora insospechables organismos internacionales que apunta ahora hacia una participación más decisiva del Estado en las tareas del desarrollo. Un debate que, al igual que tantas otras cosas, la pandemia interrumpió porque se impuso un nuevo foco de atención insoslayable.

 

¿Cuál le parece a usted el aporte actual de Comercio Exterior? ¿Hacia dónde debería encaminarse para mantener su vigencia?

Comercio Exterior fue quizá el primer producto por el que muchos conocieron al Bancomext. En una reunión en Cartagena de Indias, de la que por cierto atesoro una fotografía con Gabriel García Márquez, dije que trabajaba para el Banco Nacional de Comercio Exterior de México y me dijeron: “Ah, sí, el banco que publica una revista”. No me atrevería a decir si una publicación electrónica conseguiría que su identidad sea similar y tan asimilable a la de la institución que la produce, como claramente ha sido el caso de Comercio Exterior y el Bancomext. Un hecho detrás de nuestra conversación y al que no hemos aludido es que una revista periódica bien hecha se vuelve un elemento importante para el prestigio de la institución, independientemente del volumen de sus lectores o de la calidad específica de alguno de sus artículos. Una de las razones importantes para sostener la revista es su historia y su prestigio.

 

¿Cómo puede aprovecharse mejor este importante y único acervo documental? ¿Cómo proteger a este activo del país?

En el portal del banco imagino claramente un pequeño pero atractivo recuadro que diría “De la memoria histórica de Comercio Exterior”, que de vez en cuando publicara un artículo seleccionado de la revista junto con dos o tres ligas a artículos complementarios. No serían de actualidad, desde luego, pero sí de interés histórico o teórico, o bien un material capaz de reavivar un debate político o un momento histórico relevante para el comercio exterior. Sin algo así es como si ese acervo no existiera, porque nadie lo buscará en segundas o terceras páginas.

 

¿Cuál debe ser la esencia de Comercio Exterior en los años por venir?

Es legítimo mantener y acrecentar una experiencia ya muy larga. La revista puede preservar su vigencia si trasciende la tarea meramente informativa. En un mundo crecientemente digital, algunas características que, con variantes, ha tenido Comercio Exterior a lo largo de 70 años, pierden vigencia. Las necesidades de información a las que respondió en su primera época —digamos un poco arbitrariamente, hasta 1970— son muy distintas de las actuales. Sus lectores eran profesionales y fundamentalmente estudiantes que hoy se informan de manera más amplia, oportuna y variada por otros medios, algunos gratuitos.

De concentrarse en la discusión de teoría y de política, tendría que valorar fríamente qué papel desempeñaría en el gremio o en México frente a publicaciones abiertamente teóricas, como El Trimestre Económico, o académicas de aparición anual. En revistas de ciencias naturales se está optando por la publicación digital, en inglés y sin periodicidad para que, en cuanto se apruebe un artículo, se publique en línea. Si bien esto no es equiparable en el análisis y la práctica de la economía, las finanzas y el comercio exterior, señala una pauta. ¿Cómo combinar el debate sobre los límites y alcances del desarrollo con el examen y el debate de cuestiones prácticas? ¿Sería eficiente suplir una publicación impresa por una electrónica que los lectores recibieran al día siguiente de que estuviera lista? No es una pregunta de fácil respuesta, para mí ni para nadie.