Los malos cálculos del Gobierno británico 

Stéphan Sberro Picard*

Los malos cálculos del Gobierno británico 
De espaldas a Europa, el Reino Unido ha zarpado hacia aguas desconocidas sin instrumentos de navegación. Como tomado por sorpresa, enfrenta una situación en teoría deseable pero en los hechos amenazante. Es difícil augurar buenos tiempos.

La cuenta atrás ya empezó y las negociaciones de la salida del Reino Unido arrancarán en el verano. Puede que los británicos quieran esperar hasta septiembre u octubre; sin embargo, los dirigentes de las tres instituciones europeas más importantes quieren acabar cuanto antes.

Luego habrá que evaluar los daños económicos, pero sobre todo políticos, de la salida del Reino Unido. Los economistas, así como los institutos de sondeos, suelen errar cuando se trata de prever resultados. Hasta el último momento se decía que el Reino Unido no daría el fatídico e irreversible paso de salir de la Unión Europea (UE) y volverse una isla periférica. De la misma manera, no confiaría en las previsiones de los economistas.

Con 72% de participación y 52% de los votos a favor de la salida, la respuesta británica es tan imprevista como contundente. Pasó igual en 2005, con el rechazo de la difunta Constitución Europea por los electores franceses y holandeses. Pasó una y otra vez en Irlanda y Dinamarca. También este año, los electores daneses y holandeses rechazaron una mayor integración europea en cuanto a la policía y el comercio con Ucrania, respectivamente. Y sin embargo, para consolidar su poder político inmediato, el primer ministro británico no dudó en tomar a Europa como rehén convocando a un referéndum.

No se pueden calcular las consecuencias anunciadas del retiro de las inversiones en todos los sectores, desde el automotriz (los países asiáticos tienen una presencia masiva en el país) hasta el bancario (dominado por países extranjeros). Se puede decir que el país va a atravesar su mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el aspecto económico es solo una vertiente del problema. 

Políticamente, el país está en una situación precaria. Los dos principales partidos están divididos, y la opinión pública los desaprueba. No hay alternativa. El tercer partido del sistema, el pequeño Partido Liberal, también es proeuropeo. Incluso el UKIP, partido que promovía el Brexit y el único ganador del referéndum, ya perdió su única razón de ser, sobre todo porque tiene poca presencia en el Parlamento británico y obtiene su poder y visibilidad de sus numerosos diputados en el Parlamento europeo, que ahora pierden su empleo y tendrán que regresar a casa.

El sistema político británico está en ruinas justo en el momento en que debe entablar la negociación más importante de los últimos 40 años: la separación menos dolorosa posible de su principal socio político y económico. Los británicos aún no tienen planes para negociar un acuerdo de salida que deberá contar con la aprobación del Parlamento europeo y de los 27 miembros de la UE. Irónicamente, se preparaban para ser el país presidente en turno de la Unión dentro de algunos meses.

De pasada, los británicos decidieron despedir a un primer ministro al que habían elegido triunfalmente hace escasos meses. Cameron se merece los problemas aún más que su pueblo pues, por un cálculo cínico que pretendía asegurarle el liderazgo y evitar las divisiones, perdió todo y arruinó a su partido. A pesar de su balance económico, pasará a la historia como el primer ministro que aisló a su país y cayó estrepitosamente.

Y puede quedar peor si Escocia, que votó masivamente a favor de Europa, organiza un segundo referéndum de independencia y, al mismo tiempo, los acuerdos de paz con Irlanda e Irlanda del Norte se tambalean. Hasta Gibraltar está en entredicho.

Pero las consecuencias también las sufrirán los otros países de la Unión. En primer lugar, económica y políticamente, Irlanda. La posición de los países escandinavos, habitualmente cercanos a las ideas británicas, también se ha vuelto frágil.

En cambio, Alemania está aún más fuerte. Angela Merkel ya invitó a los dirigentes de Francia e Italia a Berlín. La plaza financiera de Frankfurt se refuerza ante la City, que se encuentra de pronto marginada y ya no podrá frenar las regulaciones y protecciones financieras del continente.

Puede que la salida del Reino Unido permita al fin el funcionamiento de una UE de círculos concéntricos. En el primer círculo, los seis miembros fundadores: Alemania, Francia, los países del Benelux e Italia, a los que quizá se unirá España. Luego vendrían Irlanda, Grecia, Portugal y Austria. Después, los países escandinavos. Aunque lo dudo, los europeos sabrán tal vez aprovechar la oportunidad de la crisis y el fin de la constante mala voluntad británica.

 

El país va a atravesar su mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial 

 

Pero los más afectados serán sin duda los nuevos miembros de la UE: los países de Europa Central y Oriental que tenían en Londres a su mejor aliado en el tema que más les importa: la seguridad internacional.

También cambiará el equilibrio internacional. Turquía pierde cualquier esperanza de ser europea, en tanto que la crisis ucraniana quedará en el olvido. Estados Unidos y los países de la mancomunidad británica están consternados y se apoyarán menos en Londres. En cambio, Rusia se puede regocijar. Una UE más débil por la pérdida de su segunda economía y de uno de sus líderes políticos significa una Rusia relativamente más fuerte. El modelo europeo sale desacreditado.

Margaret Thatcher, la primera ministra británica que no tenía la menor empatía con la UE decía, retomando la frase de otro primer ministro, Clement Attlee, que los referéndums son la herramienta de los dictadores y los populistas. Frente a la imagen del cinismo de Cameron, los vencedores son figuras como Trump, Putin o la extremoderechista Marine Le Pen en Francia, todos líderes populistas e incompetentes para gobernar y hacer progresar a sus países, a pesar de sus habilidades políticas. Ese es el verdadero significado del Brexit, y el costo de tener a estos líderes va mucho más allá de las probables perdidas meramente comerciales y financieras.

Para México, el Brexit tampoco constituye una buena noticia. Aunque no se pueda evaluar en qué proporciones, el Brexit nos afectará por al menos cinco razones. En primer lugar, la desestabilización de las principales bolsas del mundo y de las monedas europeas provoca una onda de choque que nos impacta, aunque no tengamos ninguna vela en este entierro, porque la UE sigue siendo nuestro tercer socio comercial y, por mucho, el segundo mayor inversionista en el país.

La probable devaluación de la libra esterlina y la posible devaluación del euro tendrán a su vez dos consecuencias negativas: nuestras exportaciones a la UE serán aún menos competitivas y, lo que es más grave aún, la nueva crisis europea afectará los flujos de inversión a mediano plazo desde el Reino Unido y la UE hacia nuestro país.

La cuarta consecuencia del Brexit para México es el golpe que asestará a las negociaciones que se acababan de iniciar para la renovación del acuerdo global con la UE. Se trata en realidad de dos golpes. Primero, los europeos no le darán el debido interés a la negociación, considerando los problemas apremiantes que enfrentan. Y segundo, la ausencia del Reino Unido debilitará nuestra posición, pues se trata de uno de los países más interesados en los tres aspectos del acuerdo: económico, político y de cooperación. En estos tres rubros, el Reino Unido era ciertamente un aliado estratégico de México, y su ausencia entorpecerá las negociaciones.

Finalmente, y de manera más general, México, como todas las potencias medias, pierde un contrapeso útil frente a Estados Unidos y China. 

* Codirector del Instituto de Estudios de la Integración Europea del ITAM.