Cruces transculturales: el encuentro incesante entre dos pueblos 

Hilda Trujillo*

Cruces transculturales: el encuentro incesante entre dos pueblos 
México se ha situado siempre en la línea de choque —y de síntesis— entre culturas: la maya y la mexica, la indígena y la española, la hispana y la anglosajona. Somos, como el que más, un país frontera, es decir territorio de encuentro, colisión, amalgama, renovación. Así ha sido, también, nuestro encuentro con la cultura de Estados Unidos y sus artífices. Un intercambio rico y constante que ha derramado arte a ambos lados de una línea imaginaria.

Atraídos por nuevos horizontes, por el exotismo y la aventura, por la admiración a las artes y a la historia milenaria, e incluso por refugio, los extranjeros ven en México un país que despierta curiosidad: extraña, azora o admira por sus contradicciones y complejidades.

El intercambio comercial y cultural que propicia el conocimiento mutuo es un hecho legendario en nuestra tierra. Ocurrió en Tenochtitlan, en Cacaxtla, en Tula, en las urbes posclásicas mayas, por citar solo algunos de los sitios del diverso mundo prehispánico.

Lejos de suprimirlo, el periodo virreinal llevó al límite del mestizaje ese intercambio cultural. Europa no terminó de imponerse. Las artes son ejemplo: la arquitectura, la música, la pintura, la literatura son campos donde se mezclan las expresiones artísticas originales con aquellas traídas por los conquistadores, fusión que dio paso a una nueva identidad, o a muchas.

Científicos, geógrafos y exploradores acompañados por artistas registraron paisajes, distintas formas de vida, modos de vestir, costumbres. Uno de los más notables fue Alexander von Humboldt, de finales del siglo XVIII y principios del XIX. En la primera mitad del XIX, Johann Moritz Rugendas y Daniel Thomas Egerton dejaron testimonios artísticos de gran valía. A finales del siglo XIX y principios del XX, fotógrafos excepcionales venidos de Europa y de Estados Unidos —como el enigmático Charles B. Waite, Hugo Brehme y Guillermo Kahlo— retrataron el México de la época.

Tras el movimiento armado de 1910, emergió un nuevo Estado y surgió, al mismo tiempo, un movimiento artístico que buscó reivindicar el pasado prehispánico, así como rescatar la cultura popular y sus valores artísticos. Su representación más importante, el muralismo mexicano, atrajo las miradas curiosas de artistas extranjeros, como los fotógrafos Edward Weston, Tina Modotti y Paul Strand. A este último se le debe la cinefotografía de la legendaria película Redes, cuya portentosa música es de Silvestre Revueltas. Otro nombre ineludible es Serguéi Eisenstein, cuya película inconclusa ¡Que viva México! es un extraordinario fresco de la época.

         

En Estados Unidos se despertó una admiración por la obra de artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, quienes fueron invitados a plasmar sus murales en ese país. Uno de los promotores del nuevo arte fue el visionario embajador norteamericano Dwight W. Morrow. Con el fin de mejorar las relaciones entre México y los Estados Unidos —totalmente convulsionadas a partir de la Revolución—, Morrow patrocinó la donación de una gran obra de arte al pueblo mexicano: el mural de Diego Rivera en el Palacio de Cortés. Este hecho dio pie a un intenso intercambio artístico entre los dos países.

En la década de los treinta, Diego Rivera, acompañado por Frida Kahlo, viajó por primera vez a los Estados Unidos. En San Francisco, el artista realizó el mural Alegoría de California en el edificio Stock Exchange, y pintó La construcción de un fresco en la galería de la Escuela de Artes de California.

Ese año, el moma albergó una exposición individual de Diego Rivera, y uno de los empresarios más poderosos de Estados Unidos, John D. Rockefeller, le pidió pintar los muros del centro empresarial que construía, entablando una de las relaciones más controvertidas entre artista y mecenas de toda la historia del arte.

En 1932, Diego pintó el grandioso mural en el Instituto de Artes de Detroit, Michigan, y meses después inició El hombre en la encrucijada, para el centro Rockefeller, mural del que no queda nada más que los bocetos, que constituyen uno de los tesoros más importantes que guarda el Museo Anahuacalli, al sur de la Ciudad de México. Con el pago de ese mural, Diego ejecutó 21 tableros con el tema Retrato de América para la escuela de trabajadores del Partido Comunista en Nueva York.

Por su parte, José Clemente Orozco realizó carteles y murales en San Francisco, Nueva York y otras ciudades, como los del Colegio Clermont de California y la New School for Social Research de Nueva York.

David Alfaro Siqueiros expuso obra en Nueva York y viajó a esta ciudad para participar en una exhibición titulada “Arte gráfico mexicano”. En la década de los treinta, pintó murales en Los Ángeles y, de regreso en Nueva York, impartió un taller de arte político al que acudió Jackson Pollock, entre otros artistas estadounidenses.

En 1938, Frida Kahlo expuso en la galería de Julian Levy de Nueva York; presentó 25 cuadros. La fascinación que ejerce la figura de Frida, particularmente, se ha ido incrementando con los años. La vida y obra de la pintora es atractiva sobre todo para las mujeres y los jóvenes. Frida se ha vuelto un ícono no solo de libertad intelectual, sexual y artística, sino bandera de minorías, por encarnar inquietudes sociales actuales, como la discapacidad, la manera de transformar el dolor en arte, el rescate de las raíces y las tradiciones populares.

En México, diversos artistas estadounidenses jóvenes, atraídos por el nuevo arte, establecieron aquí su residencia para estudiar con los muralistas. Entre ellos figuraban Jean Charlot, Isamu Noguchi y Pablo O’Higgins. En 1932, las hermanas Marion y Grace Greenwood llegaron a vivir a México y participaron en el movimiento muralista, dejando obras en la capital (como el mercado Abelardo L. Rodríguez), Taxco y Morelia. De 1932 a 1933, vivió en México Marsden Hartley, artista plástico estadounidense cercano a los muralistas. En 1935, Reuben Kadish participó en la creación de un mural en Morelia, Michoacán, lo mismo que el ilustrador Hollis Howard Holbrook y, posteriormente, el trascendente pintor Philip Guston.

También en esa época vivió aquí Esther Baum Born, fotógrafa de arquitectura y coautora del libro La nueva arquitectura en México. Por su parte, la fotógrafa estadounidense Laura Gilpin registró con su cámara excepcionales tomas, en particular de la zona de Yucatán. El famoso Henri Cartier-Bresson vivió dos veces en México, y Nickolas Muray, prestigiado fotógrafo húngaro que desarrolló su carrera en Estados Unidos —principalmente en Nueva York— y llegó a ser uno de los principales fotógrafos de Harper’s Bazaar, visitó nuestro país en varias ocasiones y fue uno de los grandes amores de Frida Kahlo. Se conocieron en 1931 a través de Miguel Covarrubias.

La música nacional también atrajo a artistas norteamericanos. De 1932 a 1936 Aaron Copland realizó varias visitas al país y compuso El Salón México (1936). En 1940, Samuel Conlon Nancarrow huyó de Estados Unidos, perseguido por sus ideas, para radicarse en México.

Escritores, editores, ensayistas y periodistas estadounidenses vinieron a vivir o de visita a México, y aquí realizaron partes importantes de sus obras: Anita Brenner, Frances Toor, Howard S. Phillips, John Dos Passos, Bertram Wolfe, Langston Hughes, Paul Bowles y Malcolm Lowry, por citar solo unos cuantos.

William S. Burroughs, como otros artistas, “se refugió en la Ciudad de México a principios de los años cincuenta. En aquella época, el Distrito Federal ofrecía una alternativa atractiva para un grupo ecléctico de bohemios estadounidenses ansiosos por ejercer las libertades que nuestro país ofrecía en un momento de severo conservadurismo social y político en Estados Unidos”.

Los más de tres mil kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos han sido profusamente permeables al arte y la cultura. Es significativo que, hasta el día de hoy, se han presentado en el moma de Nueva York más de 40 exposiciones o trabajos relacionados con México, y que 30% de la colección del museo corresponda a arte mexicano.

El año pasado, este recinto rindió homenaje a los grandes nombres de la arquitectura mexicana mediante la muestra “América Latina en construcción: La arquitectura, 1955-1980”, que incluyó proyectos realizados por Mario Pani, Félix Candela, Augusto H. Álvarez, Pedro Ramírez Vázquez, Juan O’Gorman, Teodoro González de León, Luis Barragán y Ricardo Legorreta, entre otros.

Obras de mexicanos forman parte de las colecciones de grandes museos en Nueva York, San Francisco, Detroit, Houston, Filadelfia y Los Ángeles, así como de importantes colecciones particulares.

México es, sin duda, una potencia en arte, una nación de gran riqueza cultural. Este, justamente, es un campo idóneo para acercarnos a otros países y, en particular, para fortalecer nuestra relación con los Estados Unidos y favorecer la comprensión mutua. 

 

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Hilda Trujillo es directora del Museo Frida Kahlo.

* La autora agradece el valioso apoyo de Virginia Hernández.

 

Las fotografías que ilustran este artículo pertenecen al libro Frida by Ishiuchi, de Ishiuchi Miyako (RM / Museos Diego Rivera-Anahuacalli y Frida Kahlo, México, 2013). Agradecemos a los editores el permiso para reproducirlas.

 

1 Michael K. Schuessler, Perdidos en la traducción: Cinco viajeros ilustres en el México del siglo XX, Planeta, México, 2014, p. 11.

2 Así lo declaró Glenn Lowry, director del MoMA, al presentar el programa general de exposiciones del recinto para 2016.

3 Nota publicada en la página web de Excélsior, Expresión es cultura”, 28 de enero de 2015.