A mayor integración, más beneficios para ambas partes

Entrevista con Jorge Carrillo Viveros

A mayor integración, más beneficios para ambas partes
Jorge Carrillo Viveros, director del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte (Colef), es pionero en el estudio de la industria maquiladora de exportación en México y, desde 1982, investigador de tiempo completo en el Colef. Actualmente se concentra en temas de empleo, innovación y cadenas de valor en corporaciones nacionales. En esta entrevista, expone las tres fases por las que ha pasado la industria maquiladora en Tijuana, el potencial de la innovación local y los beneficios que aporta Cali Baja tanto a México como a Estados Unidos.

¿Qué etapas ha atravesado la industria de la maquila de exportación en Tijuana?

Son tres. La primera, al igual que en otras ciudades fronterizas, fue un ciclo de prueba en busca de competitividad a través de los costos, las facilidades arancelarias y la cercanía con Estados Unidos. Esto en nichos como los juguetes, la ropa y la electrónica, y ahí donde pesan mucho el consumo, los servicios y el turismo. Una maquila pequeña, de primera generación, que da origen a las primeras aglomeraciones industriales. Hablamos de la década de los sesenta a inicios de los ochenta.

Luego adquieren fuerza las universidades, los colegios y el Cecut. Es un proceso de centralización educativa, de modernización de la infraestructura cultural y de desarrollo de la segunda generación, más ocupada de los inventarios, la calidad, la logística, los espacios y la mano de obra. Una manufactura con trabajo inteligente.

Los japoneses llegan con inversiones fuertes a largo plazo, a través de varias empresas y con su propio lobby. La maquila se consolida en ciertos sectores, como el de los televisores —que en los noventa tuvo aquí la meca de la producción mundial— y se traslada a otros más. Eso propicia la aparición del I+D (investigación y desarrollo).

Fue el inicio de la tercera generación. A diferencia de otras ciudades fronterizas, Tijuana siempre ha sido la más diversificada económicamente, y lo es cada vez más por crecimiento de los clusters. La ciudad tiene además un generoso mercado de segunda mano, lo que implica oportunidades de negocios, desarrollo y democratización del consumo. No obstante, esta etapa se complica por un terremoto: China. Lo que era una industria pujante con crecimientos de dos dígitos se volvió deficitario, con excepción del sector automotriz.

Nuevos factores dieron un giro a la situación. La velocidad de la tecnología cambió los diseños, la “manufacturabilidad” y el valor de productos y servicios. Eso ayudó a que se desarrollara otro tipo de segmentos, como el médico y el aeroespacial, y aparecieran los proveedores globales. La producción de televisores perdió rentabilidad, los japoneses comenzaron a abandonar el sector y el Gobierno no hizo mucho para retenerlos. Adicionalmente, la aparición de la manufactura por contrato facilita la llegada de empresas taiwanesas y de China continental, que se ocupan de la producción de televisores, que se vuelven un commodity.

Así, la diversidad es cada vez mayor: en cualquier sector encuentras empresas simples, inteligentes y centros de investigación.

 

¿Hay algún factor unificador?

Sin distinción, las empresas son intensivas en mano de obra, sea de baja calificación o con estudios universitarios. Por esa razón la inversión está en nuestro país. Junto a ello tenemos una mano de obra relativamente barata, con una situación estructural de un salario mínimo muy bajo, en un contexto global donde los salarios van al alza, como en Estados Unidos y China, y una devaluación que no ha parado desde 1976.

Esto es un gran atractivo para la inversión, lo que abre la discusión acerca de quién dirige las cosas: ¿son las empresas las que buscan abaratar, o lo hace el contexto, del cual se aprovechan las empresas? Yo creo que el Estado y los gobiernos tienen mucho que ver en la creación de estas condiciones favorables a la competitividad y nada favorables al desarrollo local y nacional. Es un tema importantísimo, muy relevante. Es una cuestión de inclusión.

Lo que unifica a los gobiernos es que han apostado por la apertura comercial y la inversión extranjera. Las diferencias están en la visión que tienen quienes dirigen una u otra secretaría. Ha habido quienes con mucha visión han hecho aportaciones importantes y ha habido otros con la típica política de ir a vender la entidad. Las diferencias no son generacionales sino de visión, de grupo y de capacidad.

 

¿En dónde se encuentra y hacia dónde apunta Tijuana, en el contexto del Cali Baja?

La innovación se volvió local, lo que dio origen a los startups y a distintas prácticas de asociacionismos. Lo demuestra Tijuana Innovadora, un ejemplo, entre muchos, de lo que sucede. Lo encuentras en las vinícolas, la cerveza artesanal, el turismo médico de primer mundo. Es una nueva época para la ciudad.

Desde la perspectiva del Cali Baja, plantearía la existencia de tres tipos de personas: los que jamás cruzan pero se benefician de la situación fronteriza, los que desde ambos lados hacen uso de los servicios de los dos países y los que algunos académicos llaman “transfronterizos”, a quienes se aplica más la noción de Cali Baja.

Son aquellos que asumen que las regiones se complementan y que puedes tener lo mejor de San Diego y Tijuana. Los que son perfectamente bilingües, residentes en los dos lados, binacionales, que conocen las leyes y la normatividad de ambas partes, que tal vez hasta votan en los dos países, y con un alto grado de comprensión, sin sesgos, de ambos lados. Los más integrados, los más innovadores.

Pero los tres grupos conectan de diferente manera con la innovación.

 

Entonces, una integración —en el sentido más neutro y despolitizado de la acepción— ¿es benéfica?

Desde luego. Entre mayor integración halla, el resultado es más benéfico para ambos lados. Implica empatía, compresión, socialización. Implica saberte de un lugar.