Capacidades cientÍficas para el desarrollo  

Entrevista con Enrique Cabrero Mendoza, director general de Conacyt  

Guillermo Máynez Gil

Capacidades cientÍficas para el desarrollo  
Los países que en décadas recientes han logrado acoplarse a la sociedad del conocimiento supieron identificar áreas de oportunidad y diseñar instrumentos a la medida. Para México, Conacyt ha sido uno de esos instrumentos. Queda mucho por andar, pero los beneficios que ha traído su labor están a la vista. ¿Cómo opera Conacyt para articular a la investigación científica con la industria?

¿Qué mecanismos se requieren para que las empresas inviertan más en investigación y desarrollo?

Son todavía relativamente pocas las empresas mexicanas que generan su propia investigación tecnológica. Cuando hemos identificado las empresas que más invierten, nos damos cuenta de que el factor dominante es la competencia. Mientras más competencia hay, menos pueden depender de tecnología adquirida o esperar mucho tiempo, porque el mercado es muy dinámico. Mientras más intensa es la competencia, más inversión suele haber. Entre las empresas que sí invierten, muchas están llevando a cabo proyectos con apoyo de Conacyt y otras áreas del Gobierno federal.

Sin embargo, hay algunos sectores en los que las empresas se pueden mantener en el mercado sin mucha innovación, a pesar de que haya competencia. Ahí es donde más hemos tratado de incidir, y hemos tenido algunos éxitos.

 

¿Cómo es la toma de decisiones de Conacyt en el apoyo a las empresas?

Si en un sector se requiere cierto desarrollo tecnológico, pero en el país no hay las capacidades científicas para llevarlo a cabo, es muy difícil que [ese desarrollo] ocurra. Conacyt hace un diagnóstico sobre qué oferta de conocimiento tiene hoy nuestro sistema científico, y qué mercados o sectores pueden estar requiriendo esa oferta. Cuando identificamos la conexión, entramos para ponerla en marcha, incluso a nivel de regiones. Conacyt ha trabajado un proyecto muy amplio que se llama Agendas Estatales de Innovación y en cada entidad federativa trabajamos con empresas, centros de investigación y funcionarios de Gobierno para ver dónde están esas áreas de oportunidad. La economía del conocimiento se construye así, identificando primero dichas áreas.

 

¿Cómo deben alinearse los incentivos para que el conocimiento generado por las universidades contribuya más al desarrollo y cómo pueden ayudar los parques científicos?

Hay 27 centros Conacyt en sectores como alta manufactura, biotecnología, matemáticas, ciencias sociales y otros, e impulsamos la vinculación de estos centros con el sector productivo. En promedio, 40% de los ingresos de los centros Conacyt son resultado de esa vinculación. Estos centros han ido teniendo un “efecto demostración” en el resto de las instituciones académicas, que comienzan a vincularse más con el sector productivo. Hacen falta más incentivos: el Sistema Nacional de Investigadores (SIN), que tiene más de 27 mil miembros, ha incorporado entre sus criterios de evaluación no solo los artículos publicados, sino también las aportaciones de los investigadores al desarrollo tecnológico. Esto ha hecho crujir a las viejas estructuras académicas, pero poco a poco los investigadores lo van asumiendo. El año pasado logramos que se llevara a cabo una reforma legal que permite a los investigadores generar patentes sin que [sus vínculos con las empresas] se interpreten como conflicto de interés. Así, tanto ellos como sus centros de investigación puedan obtener beneficios directos de las patentes. Esto es muy importante, porque cuando hablamos de “economía del conocimiento” en realidad estamos hablando de generar un “mercado del conocimiento”. Esto es lo que estamos tratando de hacer.

 

¿Cuál es el diagnóstico de Conacyt sobre el acervo de capital humano en ciencias y tecnología y qué destacaría de los esfuerzos del Gobierno federal en esta materia?

Este es el punto central, pero no siempre se ve así. Muchas veces, cuando se dice que México tiene que transitar hacia una economía del conocimiento, se piensa en infraestructura, como laboratorios, pero la verdad es que la materia prima fundamental de una sociedad del conocimiento es un capital humano altamente calificado. Conacyt pone este elemento por delante de todos los demás en su política. Actualmente hemos pasado ya de 42 mil a 62 mil becarios, una cifra inédita, y de esos el 10% está en el extranjero, en las mejores universidades del mundo. Además, están el sni y un nuevo programa, Cátedras para Jóvenes Investigadores, en el que los más destacados presentan sus candidaturas, en tanto que las instituciones académicas presentan proyectos. Conacyt los pone en contacto, contrata a los investigadores y los comisiona a estas instituciones. Esto oxigena el ambiente académico. Actualmente ya tenemos 1,100 y la idea es terminar el sexenio con 2 mil. Si este programa pudiera ampliarse presupuestalmente, creo que deberíamos también comisionar investigadores a empresas.

 

¿Cómo apoya el Gobierno el financiamiento de la innovación compleja y cuál ha sido el comportamiento por sectores productivos en estos temas?

El programa más visible y más grande es el de Estímulos a la Innovación, en el que las empresas presentan proyectos, que son evaluados muy rigurosamente. En 2016 se aprobaron 980, en un esquema pari passu: Conacyt pone un monto y la empresa un monto equivalente. Los proyectos tienen que involucrar investigación científica compleja. Conacyt dedicó 4 mil 500 millones de pesos a este programa, más otro tanto de las empresas.

 

¿Cuál es la política de Conacyt respecto a startups, incubadoras y la relación entre sector educativo y productivo?

Conacyt difícilmente puede llegar hasta la creación de empresas. Sí tenemos un programa, junto con la Secretaría de Economía, pero no es un programa tan grande. Porque Conacyt se tiene que concentrar en apoyar a quienes desarrollan productos y servicios, y otras instituciones, públicas o privadas, en la provisión del capital semilla. Inadem y Nafin lo hacen, pero se necesitan más instituciones privadas de capital de riesgo. Nuestro papel es que los inversionistas sepan que, desde que el proyecto era una idea, fue evaluado muy de cerca por Conacyt, y que sí conlleva una innovación, que son proyectos viables con pruebas piloto que tienen altas posibilidades de subsistir en el mercado.

 

¿Cómo se ve el panorama de las patentes en México?

Los números son terribles. Hace dos años, en Estados Unidos se generó medio millón de patentes, la mitad de las cuales salieron de universidades, empresas o individuos; ese mismo año, en México se generaron cerca de 15 mil, de las cuales apenas el 10% salió de esas fuentes. La buena noticia es que esto se suele comportar como una curva exponencial: una vez que empresas y centros de investigación aprenden el camino del registro y hay casos de éxito, en pocos años hay un cambio de comportamiento muy significativo. Es difícil ponerle fecha, pero yo creo que antes de 10 años, si seguimos por esta vía, México va a tener una presencia muy significativa en la generación de desarrollo tecnológico. Hay buenas noticias: en capacidad de innovación, pasamos del lugar 70, aproximadamente, a cerca del 50 en el índice de la Universidad de Cornell; avanzamos más de 20 lugares, pero seguimos en el 50. Hay indicios de que vamos por el buen camino.

 

¿Qué resultados registra el comercio exterior de bienes de alta tecnología y qué podemos esperar en el futuro?

Ha habido buenas noticias en el contenido tecnológico de las exportaciones. Si revisamos la historia del tlcan, por ejemplo, la primera ola de exportaciones tenía un contenido [tecnológico] muy bajo, alrededor del 10%; actualmente, solo 20 años después, anda cerca del 40%. Otra buena noticia es que, en el análisis del Atlas de Complejidad Económica, de la Universidad de Harvard, México muestra una economía de muy alta complejidad, pero es un éxito potencial todavía. Sin embargo, quiere decir que estamos bien preparados para la economía del conocimiento. Nuestra economía es mucho más compleja que las de otros países emergentes, como Brasil, que tiene una economía más grande pero menos compleja.

 

¿Cree que un eventual incremento del proteccionismo en el mundo sería grave para la investigación científica en México?

Sin duda. No en el ámbito estrictamente científico, porque los centros de investigación, por más proteccionismo que hubiera en Estados Unidos, seguirían vinculados. De hecho, a partir de la elección de Trump, la mayor parte de las universidades con las que tenemos relación nos han contactado para confirmarnos que, más allá de cualquier discurso, la actividad se va a mantener e intensificar. La National Science Foundation, por ejemplo, así se lo ha hecho saber al Conacyt. Evidentemente, el dificultar el comercio sí complica las cosas. Ocurre algo interesante que nos confirma que estamos entrando a la economía del conocimiento: antes, una empresa extranjera que quería invertir en México iba primero con la Secretaría de Economía, con los gobiernos estatales, para explorar las facilidades de ubicación y otros apoyos, pero curiosamente ahora la primera oficina que visitan es Conacyt, porque suelen ser empresas de alta complejidad tecnológica que lo primero que necesitan saber es si México tiene el capital humano calificado y los centros de investigación para acompañar su trabajo. Conacyt les hace un mapa de dónde están los centros de investigación, el capital humano, y ya de aquí van al otro circuito. También es cierto que la ventana de oportunidad tampoco es de tanto tiempo: cuando pensamos en países como Corea del Sur, Finlandia, Irlanda, que se han logrado subir a la economía del conocimiento, vemos que comenzaron hace 30 años. Nosotros no tenemos tanto tiempo, porque el proceso de automatización de las plantas, en casi todos los sectores, va inhibiendo el costo de la mano de obra como un factor estratégico. Esto quiere decir que, dentro de 20 o 30 años, muchas de las empresas que se instalaron en México por el costo de la mano de obra ya no tomen tanto en cuenta este factor y por lo tanto les será más fácil reubicarse. Necesitamos ofrecer, antes de que eso suceda, mucho más que mano de obra accesible, y ser realmente un país que ofrece capacidad de innovación y desarrollo. 

Antes de terminar, quisiera enfatizar la necesidad de fomentar más la inversión privada en investigación y desarrollo. En los países más exitosos en esto, como Corea del Sur, Japón o Israel, tres cuartas partes de la inversión provienen del sector privado; en Estados Unidos, dos terceras partes, y en México apenas una tercera parte o incluso menos. Así va a ser difícil que avancemos a la velocidad requerida. En unos meses se va a activar un programa de incentivos fiscales que permitirá a las empresas invertir en equipamiento y en la contratación de investigadores. Esa herramienta nos hacía falta.