Instituciones y bienestar*

Daniel L. Bennett, Boris Nikolaev y Toke S. Aidt

Instituciones y bienestar*
El siguiente texto explora la correlación entre el marco institucional de una sociedad y su grado de desarrollo —entendido este en su sentido más amplio: económico, sí, pero también político, educativo, sanitario, cultural e incluso emocional— al tiempo que repasa analíticamente la bibliografía sobre el tema: a qué conclusiones han llegado los especialistas en la materia y qué hipótesis proponen para avanzar en sus investigaciones.

La obra del fallecido premio nobel Douglass North constituye el punto de partida de una prolífica vertiente temática, conocida como “nueva economía institucional”, que, en esencia, busca determinar cómo inciden las instituciones en el bienestar, considerado en un sentido amplio. Este tipo de investigaciones es oportuna y pertinente por al menos tres razones.

En primer término, las instituciones son importantes. Si bien es evidente que el crecimiento económico y la prosperidad dependen de una compleja interacción de factores (por ejemplo, política, cultura, geografía, historia y capital), un número cada vez mayor de economistas reconocen en las instituciones a uno de los “más relevantes”.1 Algunos, incluso, las colocan en el primer plano de la teoría económica dominante.2 Las instituciones, como sugiere North,3 “moldean las estructuras mentales que emplean los individuos para interpretar el mundo que les rodea y tomar decisiones. Es más, al articular la interacción de los seres humanos de una forma determinada, las instituciones formales inciden en el precio que pagamos por nuestro comportamiento”. En este sentido, las instituciones desempeñan un papel fundamental en la reducción de los costos de transacción y en la creación de incentivos apropiados para impulsar el crecimiento y desarrollo económicos de largo plazo. La ideología también puede influir en la forma como las personas interactúan entre sí y, en última instancia, determinar sus experiencias subjetivas y su grado de satisfacción frente a diversos aspectos de su vida.

En segundo lugar, la mayor parte de las investigaciones realizadas hasta ahora han tratado de establecer la relevancia de las instituciones en el desempeño económico y en el comportamiento de indicadores como el pib per cápita o los ingresos personales. No obstante, el bienestar es un concepto multidimensional que trasciende las fronteras de lo económico, hasta abarcar otra serie de condiciones y experiencias humanas como la participación ciudadana, los valores comunitarios, la salud, la educación, las redes sociales, la seguridad, la libertad o el bienestar psicológico y sus varios subdominios. Muchas de estas dimensiones del bienestar se relacionan estrechamente con el desarrollo económico. Pero existen importantes discrepancias, particularmente cuando se trata de explicar la manera en que las personas dan sentido a sus vidas.4 Las naciones petroleras de Medio Oriente, por ejemplo, se encuentran en la lista de los países con niveles de pib per cápita más altos en el mundo. Sin embargo, carecen de algunas libertades humanas básicas y están considerablemente rezagados en materia de derechos humanos, educación y otras dimensiones importantes de bienestar. Aunque las instituciones son un fin en sí mismas, el estudio de sus interrelaciones con las diferentes dimensiones de bienestar puede enriquecer significativamente nuestra comprensión sobre sus verdaderos alcances y dar la pauta para mejorar las políticas públicas.

Por último, mejorar el bienestar no es solo un objetivo socioeconómico importante y una aspiración compartida; también representa un recurso individual y colectivo que permite aumentar los beneficios objetivos y estimula el progreso social. Personas más saludables, más ricas, más felices y más educadas pueden transformar el tejido social, incrementar su nivel de participación política y, a largo plazo, consolidar la dinámica de desarrollo y la calidad de las instituciones.5 Las naciones más educadas, por ejemplo, son más propensas a la tolerancia y a la convivencia armónica, a la vez que registran menores costos de transacción y niveles de criminalidad, y exhiben un mayor compromiso político.6 El bienestar subjetivo también se ha relacionado con muchos beneficios objetivos: desde la salud y una conducta prosocial, hasta mayores niveles de ingresos y de productividad.7

En resumen, la búsqueda del bienestar es intrínseca y extrínsecamente valiosa. Al mejorar la comprensión de los vínculos existentes entre instituciones y bienestar se pueden encontrar soluciones efectivas para allanar los molestos obstáculos que impiden recorrer la senda del bienestar sostenible y crear las condiciones propicias para mejorar la calidad de vida. A continuación, ofrecemos una revisión del conjunto cada vez mayor de investigaciones acerca de las instituciones y el bienestar.

 

Breve revisión bibliográfica

 

Desde su comienzo como disciplina, asociado a menudo con la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith, la economía ha intentado comprender las causas fundamentales del progreso social y la prosperidad humana. Economistas clásicos como Smith, John Stuart Mill y David Ricardo destacaron la importancia de las instituciones, la política pública y el estado de derecho en la evolución del desempeño económico y del bienestar humano. A medida que la economía se volvió cada vez más formal a lo largo del siglo XX, y particularmente con el desarrollo de los modelos de crecimiento neoclásicos, la explicación de las diferencias en el desarrollo económico y el bienestar material entre países se centró en la acumulación de capital físico y humano.8 No obstante, tal y como Easterly y Levine9 lo reconocieron, la acumulación de factores no puede explicar la mayoría de las variaciones en los niveles de ingreso y crecimiento económico. El residuo, a menudo conocido como productividad total de los factores (PTF), tiene un peso determinante en la explicación. De ahí la necesidad de analizar con mayor detenimiento la PTF para entender a cabalidad la dinámica del crecimiento económico.

La mayoría de los modelos de crecimiento neoclásicos tratan el proceso de producción como una “caja negra” en la que se combinan cantidades determinadas de trabajo, capital y tecnología para producir bienes y servicios, y atribuyen las diferencias de prosperidad económica a las proporciones en que se combinan estos factores. Pero el porqué y el cómo las sociedades eligen invertir en nuevas tecnologías o capital humano suelen quedar sin explicación. En este sentido, North y Thomas10 sugieren que la innovación, las economías de escala, la educación, la acumulación de capital y otros factores similares “no son las causas del crecimiento, sino el crecimiento mismo”. Acemoglu11 añade: “Seguro que habrá otras razones más profundas a las que nos referiremos como ‘causas fundamentales’ del crecimiento económico. Estas razones impiden que muchos países inviertan lo suficiente en tecnología, capital físico y capital humano”. En otras palabras, el análisis de variables como la tecnología y el capital humano y físico posibilita una aproximación al crecimiento y la prosperidad económicas, pero resulta insuficiente para identificar sus causas fundamentales.

La experiencia de las economías en transición a finales de la década pasada sugiere además que los factores de la producción son incapaces de generar crecimiento si se carece de un marco institucional apropiado.12 Nikolova,13 por ejemplo, introduce el desempeño macroeconómico y las instituciones como factores explicativos de las diferencias en los niveles de satisfacción entre los habitantes de las economías en transición (poscomunistas) y los de las economías avanzadas. Encuentra que la correlación es relevante y que la brecha se aminora a medida que las economías de transición fortalecen su Estado de derecho.

El interés de los economistas por comprender los determinantes fundamentales del crecimiento y el desarrollo económicos de largo plazo está en aumento. Spolaore y Wacziarg14 ofrecen una revisión de la creciente bibliografía que examina las llamadas “raíces profundas” del desarrollo económico. Esta vertiente temática explora la relevancia de una serie de factores que “se han transmitido de generación en generación” como la cultura, la diversidad genética, la geografía y las instituciones. En su discurso de aceptación del Premio Nobel de 1993, North15 afirmó que “las instituciones configuran la estructura de incentivos políticos y económicos de una sociedad y, en consecuencia, tienen gran relevancia en su desempeño económico”.

Para North,16 las instituciones “incluyen tanto limitaciones informales (sanciones, tabúes, costumbres, tradiciones, códigos de conducta) como reglas formales (constituciones, leyes, derechos de propiedad)”. Las reglas formales son creadas por el Estado mientras que las informales forman parte de la herencia que llamamos “cultura”. A lo largo de la historia, el rol de las instituciones ha consistido en crear orden y reducir la incertidumbre. Así es como las instituciones inciden directamente en los resultados económicos mediante la reducción de los costos de transacción, del riesgo y, por ende, del costo total de la producción.17 Más importante aún es su papel en la determinación de las “reglas del juego” y en la repartición de los beneficios asociados con las diferentes actividades sociales, económicas y políticas como la innovación, la inversión en educación o la captura de rentas. En este sentido, las instituciones pueden verse como determinantes “profundos” de la asignación del talento empresarial a las diferentes actividades sociales productivas, improductivas e incluso destructivas que generan una extensa gama de estados de bienestar.18

La teoría de North sobre el vínculo de las instituciones y el desempeño económico ha ejercido una influencia perenne en las ciencias sociales y contribuyó, sin duda, al desarrollo de metodologías que permitieran contrastar la validez de su hipótesis. De hecho, una serie de trabajos empíricos19 introdujeron diversos criterios metodológicos para determinar los alcances de la hipótesis de North y forjaron un “amplio consenso respecto al peso relevante que tienen las instituciones en el crecimiento económico”.20

Las instituciones económicas formales, como los mercados competitivos, el sistema bancario o la estructura de derechos de propiedad, son particularmente importantes para el progreso económico porque determinan la manera en que la sociedad invierte en capital humano, en capital físico y en tecnología, además de que moldean su organización productiva. Faria21 aporta pruebas sólidas de la potencial causalidad entre las instituciones económicas, medidas a partir del Índice de Libertad Económica del Mundo, y el crecimiento económico de largo plazo, así como la incidencia del capital humano, calculado a partir de las habilidades cognitivas, en la calidad de las instituciones económicas. Su análisis sugiere una dinámica en la que las instituciones conducen al desarrollo económico, pero en la que los mayores niveles de capital físico y humano pueden mejorar la calidad de las instituciones económicas y políticas, creando un círculo virtuoso. Las instituciones también pueden incidir en el crecimiento de corto plazo. Bjørnskov,22 por ejemplo, utiliza datos posteriores a la Guerra Fría de 212 crisis económicas en 175 países y encuentra que las instituciones más compatibles con la libertad económica se asocian con un menor riesgo de aparición de crisis económicas y con recuperaciones más cortas.

Los economistas institucionalistas han intentado identificar las consecuencias de las “instituciones imperfectas”,23 ampliando por lo general los modelos de crecimiento neoclásicos para incluir a las instituciones como el mecanismo subyacente que impulsa el desarrollo. La relación entre corrupción y generación duradera de riqueza, por ejemplo, es fuerte y negativa: dicho sencillamente, los países más corruptos también son los más pobres.24 Si bien algunos economistas creen que la economía institucional no representa un desafío a las herramientas convencionales del modelo de crecimiento neoclásico,25 muchos otros consideran que son las instituciones el principal determinante de dicho crecimiento.

Estudios recientes también recalcaron la importancia de las instituciones culturales.26 Hay indicios sólidos, por ejemplo, de que la dimensión de valor individualismo-colectivismo es uno de los principales determinantes culturales del crecimiento económico y la prosperidad.27 Las culturas que valoran la libertad personal, la independencia, la expresión creativa y la autonomía afectiva tienden a experimentar ritmos más acelerados de innovación y crecimiento económico en comparación con las sociedades más colectivistas. Ferrer-i-Carbonell y Gërxhani,28 por su parte, empleando datos de bienestar subjetivo de 11 países de Europa Central y Oriental, descubrieron que la evasión de impuestos se asocia negativamente con la satisfacción de vida de las personas. Esta relación está en gran medida condicionada por la percepción que tienen las personas acerca de las instituciones fiscales, formales e informales, y del capital social.

A pesar del creciente número de investigaciones teóricas y empíricas que demuestran que las instituciones están fuertemente correlacionadas con mejores resultados económicos, ahora también es claro el carácter endógeno de las instituciones. Tal como observa Rodrik,29 “los países ricos [también] son aquellos donde los inversionistas sienten que sus derechos de propiedad son respetados, el Estado de derecho prevalece, los incentivos privados están alineados con los objetivos sociales, las políticas monetarias y fiscales están cimentadas en instituciones macroeconómicas sólidas, los riesgos idiosincráticos están mediados adecuadamente a través de la seguridad social y los ciudadanos recurren a las libertades civiles y a la representación política” para exigir mejores instituciones políticas e inciden en la formación de instituciones económicas. Acemoglu,30 por ejemplo, construye un modelo dinámico en el que las instituciones económicas determinan el comportamiento de la economía, pero las instituciones económicas vienen determinadas por la distribución del poder político, que posteriormente determina las instituciones políticas y la distribución de recursos.

Gran parte de esta bibliografía supone que las instituciones son consecuencia de las decisiones adoptadas por los actores locales limitadas por factores internos. En realidad, muchos factores internacionales también desempeñan un papel relevante: el comercio internacional, la movilidad internacional de los factores, la inversión extranjera, la ayuda al desarrollo o la intervención abierta o encubierta de potencias extranjeras.31 Dutta y Williamson32 brindan algunas pruebas que apoyan la hipótesis de que la asistencia extranjera puede ayudar a los países pobres a mejorar sus instituciones económicas, pero solo cuando ya se cuenta con buenas instituciones políticas. Esto supone que la ayuda extranjera otorgada a las democracias puede aportar una mayor libertad económica, pero puede tener el efecto contrario si se trata de autocracias. Nejad y Young,33 echando mano de pruebas aportadas por los flujos migratorios bilaterales, muestran por otro lado que la libertad económica (pero no política) es un importante estímulo para atraer a migrantes potenciales. Según su investigación, los derechos de propiedad y el Estado de derecho son los estímulos más destacados.

Cuál es la dirección de la causalidad entre las instituciones y los resultados económicos, y cuáles los mecanismos específicos que permiten su interacción, son interrogantes ampliamente discutidas en la actual literatura del desarrollo económico. Glaser,34 por ejemplo, sugiere que la mayoría de las aproximaciones metodológicas desarrolladas hasta ahora para medir la relevancia de las instituciones son simplemente inadecuadas para esclarecer los determinantes profundos del crecimiento económico. No obstante, se reconoce que las instituciones inciden en la prosperidad económica: si un país pobre —se asume— mejora la calidad de sus instituciones y refuerza la protección de los derechos de propiedad, tenderá a mejorar su desempeño económico.35 Gründler y Krieger36 se incorporan a estas deliberaciones con la construcción de un índice alternativo de grados de democracia (Support Vector Machine Democracy Index). Al aplicarlo a una muestra de 185 países durante el periodo 1981-2011, los autores ponen de relieve una relación fuerte y positiva entre dicho índice y el crecimiento económico, y sugieren que la democracia ejerce una influencia positiva en el crecimiento a través de una mejor educación, mayores inversiones y menores tasas de fecundidad, aunque no necesariamente una distribución más equitativa del ingreso.

Estudios más recientes han empezado a examinar la relación entre las instituciones formales y culturales y otros aspectos objetivos y subjetivos como la confianza, la tolerancia, el crimen, la pobreza o la percepción de bienestar. Berggren y Nilsson,37 por ejemplo, encuentran pruebas sugerentes de que las instituciones más compatibles con la libertad económica aumentan el nivel de tolerancia, al reducir los sentimientos de tensión y conflicto. En este sentido, las instituciones pueden desempeñar un rol fundamental en la creación de un entorno no discriminatorio e inclusivo que satisfaga la necesidad psicológica básica de interrelacionarse.

Una revelación importante de esta bibliografía, por ejemplo, es que las instituciones pueden incidir en el bienestar psicológico más allá de su impacto directo en los resultados socioeconómicos, concepto conocido como utilidad procesal.38 La idea es que a las personas no solo les importan los resultados, sino también la manera cómo se consiguen. En ese sentido, las instituciones pueden ofrecer una fuente independiente de satisfacción personal al influir en la forma en que los individuos perciben su propio entorno. Las personas, por ejemplo, pueden experimentar un nivel superior de bienestar si creen que se les trata de manera justa o equitativa, independientemente de los resultados materiales. Por ejemplo, el derecho a participar en el proceso político, según el alcance de los derechos democráticos directos en distintas regiones, está estrechamente vinculado con el bienestar subjetivo.39 Nikolaev y Bennett40 muestran que las personas que viven en países con instituciones compatibles con los principios de la libertad económica experimentan una mayor percepción de libertad de elección y control en su vida. Además encuentran pruebas sugerentes de que un mecanismo potencial que explica esta relación es la percepción de equidad procesal y movilidad social.

Una bibliografía incipiente relaciona las instituciones formales y el bienestar subjetivo, y utilizando encuestas para medir los grados de satisfacción personal, encuentra una correlación positiva entre ambas variables.41 Cheng y sus coautores42 construyen un modelo teórico y concluyen que la propiedad de una vivienda influye positivamente en el sentimiento de bienestar de las personas. Concretamente, a partir de datos de bienestar subjetivo en China, los autores hallan que la propiedad de vivienda está asociada con mayores niveles de satisfacción personal, y que los individuos que poseen la propiedad absoluta de la vivienda tienen índices de bienestar más altos que aquellos que la detentan de manera parcial.

 

Preguntas sin resolver

 

Pese a los varios avances teóricos y empíricos descritos arriba, aún hay muchas preguntas importantes que quedan por responder. El propio North43 señaló muchas de estas preguntas: ¿Cuáles son los orígenes profundos de las instituciones formales y cuál es su interacción con la cultura? ¿Cómo medir mejor y modelar la dinámica institucional? ¿Cuál es la dirección de la causalidad? ¿Cuáles son los mecanismos subyacentes mediante los cuales funcionan las instituciones? Explicar con precisión cómo pasar de malas instituciones a buenas instituciones sigue siendo también un enigma por resolver. Muchas de estas preguntas darán forma, esperamos, al futuro programa de investigación en esta prometedora vertiente académica. τ

 

Traducción de Sandra Strikovsky

* Este artículo es una adaptación de “Institutions and Well-Being”, texto publicado por los autores en European Journal of Political Economy (2016) como parte de un número especial sobre el tema. Los artículos citados están disponibles para su descarga gratuita.

 

Daniel L. Bennett y Boris Nikolaev son investigadores en el Centro de Emprendimiento y Libre Empresa de la Universidad Baylor. Toke S. Aidt es profesor e investigador en la Facultad de Economía de la Universidad de Cambridge.

 

 

1 Acemoglu, D., Johnson, S., et al., 2005a. Unbundling institutions. J. Political Econ. 113 (5), 949–995; Bennett, et al., Economic Institutions and Comparative Economic Development: A Post-Colonial Perspective, World Development Volume 96, August 2017, pages 503-519 .

 

2 Jones, C.I., Romer, P.M., 2010. The new kaldor facts: Ideas, institutions, population, and human capital. Am. Econ. J.: Macroecon. 2 (1), 224–245.

 

3 North, D.C., 1990. Institutions, institutional change and economic performance. Cam- bridge University Press , p. 111.

 

4 Stiglitz, J., Sen, A.K., Fitoussi, J.-P., 2009. Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress. Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress, Paris.

 

5 Lipset, S.M., 1959. Some social requisites of democracy: Economic development and political legitimacy. Am. Polit. Sci. Rev. 53 (01), 69–105.

 

6 Lochner, L., 2011. Non-production benefits of education: Crime, health, and good citizen- ship. Handb. Econ. Educ. 4, 183–283.

 

7 De Neve, J.-E., Diener, E., Tay, L., Xuereb, C., 2013. The Objective Benefits of Subjective Well-being. World Happiness Report.

 

8 Solow, R.M., 1956. A contribution to the theory of economic growth. Q. J. Econ. 65–94. Solow, R.M., 1956. A contribution to the theory of economic growth. Q. J. Econ. 65–94.

 

9 Easterly, W., Levine, R., 2001. What have we learned from a decade of empirical research on growth? It’s not factor accumulation: Stylized facts and growth models. World Bank Econ. Rev. 15 (2), 177–219.

 

10 North, D.C., Thomas, R.P., 1973. The rise of the western world: A new economic history. Cambridge University Press, p. 2.

 

11 Acemoglu, D., 2009. Introduction to Modern Economic Growth. Princeton University Press, p. 109.

 

12 Eicher, T.S., Garcia-Penalosa, C., 2006. Institutions, development, and economic growth. MIT Press .

 

13 Milena Nikolova, Minding the happiness gap: Political institutions and perceived quality of life in transition, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 129-148.

 

14 Spolaore, E., Wacziarg, R., 2013. How deep are the roots of economic development? J. Econ. Lit. 51 (2), 325–369.

 

15 North, D.C., 1994. Economic performance through time. Am. Econ. Rev. 84 (3), 359–368.

 

16 North, D.C., 1991. Institutions. J. Econ. Perspect. 5 (1), 640–655.

 

17 North, D.C., 1990. Institutions, institutional change and economic performance. Cam- bridge University Press.

 

18 Baumol, W.J., 1996. Entrepreneurship: productive, unproductive, and destructive. J. Bus. Ventur. 11 (1), 3–22.

 

19 Por ejemplo:

De Long, J.B., Shleifer, A., 1993. Princes and merchants: European city growth before the industrial revolution. J. Law Econ. 36 (3), 2. De Long, J.B., Shleifer, A., 1993. Princes and merchants: European city growth before the industrial revolution. J. Law Econ. 36 (3), 2.

Knack, S., Keefer, P., 1995. Institutions and economic performance: cross-country tests using alternative institutional measures. Econ. Polit. 7 (3), 207–227.

Mauro, P., 1995. Corruption and growth. Q. J. Econ. 681–712.

Hall, R.E., Jones, C.I., 1999. Why do some countries produce so much more output per worker than others? Q. J. Econ. 114 (1), 83–116.

Acemoglu, D., Johnson, S., et al., 2005a. Unbundling institutions. J. Political Econ. 113 (5), 949–995.

Easterly, W., Levine, R., 2003. Tropics, germs, and crops: how endowments influence economic development. J. Monet. Econ. 50 (1), 3–39.

Rodrik, D., Subramanian, A., Trebbi, F., 2004. Institutions rule: the primacy of institutions over geography and integration in economic development. J. Econ. Growth 9 (2), 131–165.

Bennett, et al., Economic Institutions and Comparative Economic Development: A Post-Colonial Perspective, World Development Volume 96, August 2017, pages 503-519.

 

20 Glaeser, E.L., La Porta, R., Lopez-de Silanes, F., Shleifer, A., 2004. Do institutions cause growth? J. Econ. Growth 9 (3), p. 272.

 

21 Faria, et al., Unbundling the roles of human capital and institutions in economic development, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 108-128.

 

22 Christian Bjørnskov, Economic freedom and economic crises, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 11-23.

 

23 Eggertsson, T., 2005. Imperfect Institutions. Opportunities and Limits of Reform. University of Michigan, Michigan.

 

24 Aidt, T.S., 2009. Corruption, institutions, and economic development. Oxf. Rev. Econ. Policy 25 (2), 271–291.

 

25 Brousseau y Glanchant, 2008; Joskow, P.L., 2008. Introduction to new institutional economics: A report card. New inst. Econ.: A Guideb. 1–19.

 

26 Por ejemplo, Alesina, A., Giuliano, P., 2015. Culture and institutions. J. Econ. Lit. 53 (4), 898–944.

 

27 Yuriy Gorodnichenko and Gerard Roland, Culture, Institutions, and the Wealth of Nations, Review of Economics and Statistics, Volume 99, Issue 3, July 2017, p. 402-416.

 

28 AdaFerrer-i-Carbonell y Klarita Gërxhani, Tax evasion and well-being: A study of the social and institutional context in Central and Eastern Europe, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 149-159.

 

29 Rodrik, D., Subramanian, A., Trebbi, F., 2004. Institutions rule: the primacy of institutions over geography and integration in economic development. J. Econ. Growth 9 (2), 131–165.

 

30 Acemoglu, D., Johnson, S., Robinson, J.A., 2005b. Institutions as a fundamental cause of long-run growth. Handb. Econ. Growth 1, 385–472.

 

31 Por ejemplo, Antràs, P., Padró i Miquel, G., 2011. Foreign influence and welfare. J. Int. Econ. 84 (2), 135–148.

Antràs, y Padró i Miquel, 2011; Aidt, T.S., Albornoz, F., 2011. Political regimes and foreign intervention. J. Dev. Econ. 94 (2), 192–201.

 

32 Nabamita Dutta y Claudia R.Williamson, Aiding economic freedom: Exploring the role of political institutions, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 24-38.

 

33 Maryam Naghsh Nejad y Andrew T.Young, Want freedom, will travel: Emigrant self-selection according to institutional quality, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 71-84.

 

34 Glaeser, E.L., La Porta, R., Lopez-de Silanes, F., Shleifer, A., 2004. Do institutions cause growth? J. Econ. Growth 9 (3), 271–303.

 

35 D., Rodrik (2004). Getting institutions right. CESifo DICE Report.

 

36 Klaus Gründler y Tommy Krieger, Democracy and growth: Evidence from a machine learning indicator, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 85-107.

 

37 Niclas Berggren y Therese Nilsson, Tolerance in the United States: Does economic freedom transform racial, religious, political and sexual attitudes?, European Journal of Political Economy Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 53-70.

 

38 Frey, B.S., Benz, M., Stutzer, A., 2004. Introducing procedural utility: Not only what, but also how matters. J. Inst. Theor. Econ. 160 (3), 377–401.

 

39 Frey, B.S., Stutzer, A., 2002. What can economists learn from happiness research? J. Econ. Lit. 40 (2), 402–435.

 

40 Boris Nikolaev y Daniel L.Bennett, Give me liberty and give me control: Economic freedom, control perceptions and the paradox of choice, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 39-52.

 

41 Por ejemplo, Spruk, R., Keseljevic, A., 2016. Institutional origins of subjective well-being: estimating the effects of economic freedom on national happiness. J. Happiness Stud. 17 (2), 659–712.

 

42 Zhiming Cheng, et ál., Housing property rights and subjective wellbeing in urban China, European Journal of Political Economy, Volume 45, Supplement, December 2016, Pages 160-174.

 

43 North, D.C., 1991. Institutions. J. Econ. Perspect. 5 (1), 640–655.

D.C., North (1992). Transaction costs, institutions, and economic performance. ICS Press San Francisco, CA.