Apuntes para afianzar la relación entre México y África

Cassio Luiselli Fernández*

Apuntes para afianzar la relación entre México y África

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Es tiempo propicio para que México aborde de modo más amplio y comprensivo su relación con el continente africano. La dinámica y las transformaciones en curso perfilan a África como un objetivo estratégico para nuestras relaciones externas. Su relevancia ya es ostensible: aloja a 55 países en una enorme e insular masa continental de más de 30 millones de kilómetros cuadrados y dispone de una extraordinaria dotación de recurso naturales, sobre todo minerales, petróleo y tierras con aptitud productiva. Cuenta con una población de más de mil 200 millones de habitantes —jóvenes en su mayoría— que para 2050 rondará los 2 mil 250 millones, el triple de la población europea proyectada para ese año y el doble de la del continente americano. Ni China ni la India superarán a África en términos de población.

A pesar de su pobreza y rezagos, en los últimos años se aprecia en África —o por lo menos en la mayoría de sus países— un claro avance en términos de dinamismo económico y estabilidad. México puede beneficiarse mucho de una más intensa y diversificada relación con este continente. Sus nexos, en general cordiales, de baja conflictividad y escasos intercambios, se han caracterizado sobre todo por la discontinuidad. Crecieron de forma por demás pausada y de manera relativamente episódica durante la segunda mitad del siglo pasado y se aceleraron a partir de los setenta. Desde entonces se han ampliado de manera significativa, pero sin perder su carácter errático, y permanecen lejos de su potencial.

Aunque de forma un tanto arbitraria, para efectos de comparación podemos dividir la historia de nuestras relaciones con África en dos bloques: el de África del Norte, vinculado en parte al mundo árabe y el Medio Oriente y Europa, y el de la vasta región subsahariana, con 48 países, donde las relaciones son más escasas y de menor intensidad.

Las relaciones de México con África del Norte y el mundo árabe en general se remontan al antiguo Imperio Otomano y al posterior Gobierno republicano de la Turquía de Atatürk. En 1905, el Gobierno de Porfirio Díaz estableció una oficina consular en Alejandría (Egipto) con el propósito de documentar el comercio y apoyar a los barcos y ciudadanos mexicanos que viajasen a través del canal de Suez, pero la formalización de las relaciones diplomáticas se produce hasta 1958. Líbano es otra nación importante y especial para México por la significativa migración de ciudadanos sirio-libaneses al país. En este caso, los vínculos diplomáticos datan de 1945.

Tras el triunfo de los movimientos independentistas en Marruecos y Argelia, México estableció relaciones con el gobierno de Rabat en 1962 y con el de Argel en 1964. Si bien no existen embajadas residentes en Túnez y Libia, las relaciones oficiales de México con esos países datan de 1971 y 1975, respectivamente. Así, el Magreb quedó sólidamente incluido en las relaciones diplomáticas formales con México desde entonces y se cuenta en el norte de África con una buena presencia.

En el África subsahariana la situación es distinta. Con más de mil millones de habitantes y 48 países, apenas se cuenta con cinco embajadas residentes: Nigeria, Sudáfrica, Kenia, Etiopia y Ghana, que se comparte con los países de la Alianza del Pacífico.[1] Hasta la plena descolonización africana a mediados del siglo pasado, prácticamente no hubo relaciones formales con los países subsaharianos. Es hasta el mandato de Luis Echeverría que los vínculos diplomáticos cobran un notable impulso, como lo ilustran las sendas visitas presidenciales a Senegal y Tanzania. Siguió un periodo de aperturas efímeras de embajadas en países como Tanzania, Costa de Marfil y Angola.

Con Nigeria, el gigante africano de más de 200 millones de habitantes, las relaciones diplomáticas se establecieron en 1976. Casi de inmediato, México abrió una embajada en Lagos que, por diversos motivos, cerró solo tres años después; de modo semejante, Nigeria abrió su representación en 1981 y la cerró en 1983. Por fortuna, desde la reapertura de la embajada de Nigeria en México en 2000 y de la nuestra en ese país en 2008, las relaciones con este país se estrechan y están en camino de su normalización.

En 1990, México establece la figura de “embajador itinerante” con el propósito de cubrir 29 naciones africanas. Se trató sin duda de un importante esfuerzo, pero de muy difícil aplicación, como lo evidenció su posterior sustitución por la de “concurrencias activas”, que quedó más en letra que en acciones. En el otoño de 1993, tras el anuncio formal de la disolución del régimen de Apartheid, México y Sudáfrica establ
ecieron relaciones diplomáticas y se dispusieron a la apertura de embajadas en Pretoria y la Ciudad de México. La embajada de México abrió formalmente en abril de 1994 y, tras la asunción de Nelson Mandela a la presidencia de esa nación, dio comienzo una larga etapa de construcción de relaciones de todo tipo.

En el amplio periodo que va desde los años setenta hasta 2000, México abrió y cerró embajadas en varios países, con un costo diplomático muy alto. En 2008 abrió su embajada en Nigeria y cinco años más tarde lo hizo en Ghana. Desde entonces no se han registrado más aperturas, salvo la de una efímera representación diplomática en Angola. En los últimos años, como se señaló, se observa una cierta consolidación de los nexos entre África y México, pero éstos son aún escasos y están por debajo de su potencial.

 

LA TRANSFORMACIÓN AFRICANA

África está cambiando rápidamente y, en términos generales, para bien. México debe reparar en ello y actuar en consecuencia. La expansión de la economía africana se vincula a una población joven y en crecimiento, así como a un proceso de urbanización acelerada que, problemas aparte, está dando forma a un amplio segmento de clases medias, ávidas no sólo de mayor consumo, sino de educación y mejoras en su calidad de vida.

Esta “joven África” también está empeñada en consolidar democracias reales, con gobiernos dispuestos a acatar reglas, y transiciones de poder de corte más democrático. La era de los “hombres fuertes” empieza a quedar atrás. Persisten desde luego grandes problemas y conflictos sin resolver que, en algunos países, exacerban la pobreza, las crisis humanitarias y los desplazamientos de población.

Pero no debe perderse de vista que más de la mitad de las economías del África subsahariana está en expansión, al tiempo que avanza su democracia representativa. El crecimiento económico, a pesar de algunos altibajos, se ha sostenido por más 15 años y ya supera al de otras regiones en desarrollo. Su crecimiento promedio de los últimos cinco años, ligeramente por encima del 5%, no sólo está motivado por el auge de las exportaciones de materias primas y el gran flujo de inversiones chinas; responde, también, al dinamismo de su mercado interno, al manejo macroeconómico prudente y a los avances en la rendición de cuentas, por lo menos en la mayoría de países.

Países africanos como Nigeria serán relevantes en la conformación futura de la economía mundial. En 2050, esta nación “[...] tendrá poco más de 400 millones de habitantes (para entonces, duplicará la de México y su PIB habrá de superar holgadamente al de nuestro país, por lo menos en términos de paridad de poder de compra). Etiopia, por su parte, alcanzará los 280 millones de habitantes, y 145 millones habitarán la República Democrática del Congo. Varios países más tendrán poblaciones de alrededor de 100 millones de habitantes”.[2] Todo esto habla de una creciente influencia de África en los asuntos mundiales y de grandes mercados de consumo en proceso de formación”.[3]

LA RELACIÓN COMERCIAL MÉXICO-ÁFRICA

El comercio de México con África es muy incipiente (no llega a 0.5% del comercio total del país), una razón de peso para replantear nuestra estrategia comercial con ese continente. En toda África están surgiendo clases medias que sin duda demandarán productos que México puede ofrecer en condiciones competitivas. Pero nuestro comercio no sólo es insignificante, también es deficitario y está concentrado prácticamente en cuatro países, Sudáfrica, Argelia, Egipto y Nigeria, que en conjunto contribuyen con poco más de 80% de los intercambios. Exportamos 460 millones de dólares en 2016 e importamos 833 millones, un revelador déficit comercial.[4]

Existe un gran desconocimiento de las oportunidades que ofrecen esos mercados. Al mismo tiempo, hay restricciones de financiamiento, logística y transporte.[5]Pero no hay obstáculos insuperables si se tiene visión de largo plazo y voluntad para cambiar el estado de las cosas. No debe perderse de vista la clara ventaja que México posee en manufacturas y artículos de consumo final para las crecientes clases medias y populares, aunque es cierto que enfrenta una importante competencia de China, la India y Brasil.

En la actualidad, México exporta sobre todo productos de los sectores automotriz, electrónico y farmacéutico. Nuestras compras son de bienes del sector petrolero y energético, al tiempo que existe un comercio recíproco y estacional de maíz blanco y otros bienes agrícolas. Pero hay otros rubros donde pensamos que México debe explorar los mercados africanos, como los del flúor, los tubos y perfiles de acero, y el cemento. También hay mercado para electrodomésticos, automóviles y autopartes, vidrio, vacunas y equipos médicos, vestimenta, bisutería, cosméticos y calzado, entre otros. Asimismo, para alimentos y bebidas, donde existen oportunidades para la inversión.

En cuanto a los servicios, tenemos claras oportunidades en los ramos de la construcción y la ingeniería; la infraestructura eléctrica, de agua y saneamiento (estrategia vía consorcios); el equipamiento urbano y la señalética; los programas de cómputo, y el turismo y las industrias del entretenimiento, como salas de cine y parques de diversiones (Kidzania, por ejemplo).

Si bien los datos sobre inversión no son confiables, es claro que ésta es escasa y se concentra, de nuevo, en unos cuantos países. Bimbo ha incursionado en el mercado de Marruecos y Cemex en Nigeria, pero existen otras empresas mexicanas que, por su dimensión y experiencia internacional, tendrían ventajas en los jóvenes mercados africanos.[6]

 

“Es tiempo propicio para que México aborde de modo más amplio y comprensivo su relación con el continente africano.”

 

LA COOPERACIÓN ENTRE MÉXICO Y ÁFRICA

La cooperación es esencial para fraguar relaciones sólidas y de largo plazo. En general, países de ingreso medio-alto y con una población grande y una economía diversificada y competitiva en algunas áreas, como México, tienen mucho que aportar en África en materia de cooperación. Pero en un camino de doble vía: en los países africanos encontraremos muchas experiencias, tecnologías, saberes y prácticas de gran utilidad. Este tipo de cooperación proyecta nítidamente el “poder suave” de México.

Se puede trabajar tanto en la modalidad bilateral como en la regional. También se puede optar por la cooperación triangular mediante aquellos países con los que ya tenemos acuerdos en la materia (España, Japón, Corea del Sur, etcétera). Es factible explorar este tipo de cooperación con Sudáfrica, con mucho el país más desarrollado de África, así como con los de la Alianza del Pacífico y el llamado MICTA.[7]

Sin pretender ser exhaustivos, se consignan aquí algunos ejemplos de cooperación entre México y África: becas e intercambios; ciencia y tecnología; minería, petróleo y energía; política socioeconómica y capacitación electoral; medicina y salud pública, y turismo ecológico.

APUNTES PARA EL RELANZAMIENTO DE LAS RELACIONES MÉXICO-ÁFRICA

A la luz de lo dicho y de cara al futuro, delineamos aquí una serie de grandes ejes de acción para relanzar las relaciones entre México y África.[8] En términos generales, se busca ampliar y profundizar de modo gradual, pero sostenido, nuestra presencia en ese vasto continente.

CONSTRUIR VÍNCULOS REGIONALES

Empecemos por el ámbito regional. En África hay un claro sentimiento de pertenencia y “africanidad” que incluye también al norte del continente. África cuenta con una vasta red de asociaciones regionales y subregionales, y actualmente está inmerso en un alentador proceso de integración política y económica, encabezado por la Unión Africana (UA)[9], único mecanismo en el que participan todos los países africanos independientes.[10]México debe buscar, sin dilación, una asociación estratégica con la UA, cuya sede, por lo demás, está en Adís Abeba, donde se cuenta con una embajada residente. La UA“[...] aspira a una unidad supranacional con democracia y respeto a los derechos humanos. Tiene instrumentos vinculantes poderosos y efectivos, e intenta construir una integración muy completa [...]. Su estructura es tal que no sustituye sino apoya y trata de articular a las organizaciones subregionales del continente [...].[11]Entre los socios estratégicos de esta asociación destacan China, India, Corea del Sur, Turquía y Brasil.[12]México es la única economía emergente relevante que no figura en esta lista.

REFORZAR LOS NEXOS BILATERALES

Como se señaló, México sólo tiene siete embajadas residentes y una más que comparte con los países de la Alianza del Pacífico, lo cual resulta ostensiblemente insuficiente.[13]Aunque es factible mejorar los vínculos con aquellos países en los que tenemos concurrencias, este esquema es inapropiado dada la actual dinámica demográfica y económica del continente. Las embajadas compartidas con los países de la Alianza del Pacífico, por su parte, constituyen una solución de carácter transitorio, en tanto se consolidan las agendas e intercambios bilaterales.

 

“África está cambiando rápidamente y, en términos generales, para bien. México debe reparar en ello y actuar en consecuencia.”

 

ANCLAS REGIONALES Y APERTURA GRADUAL DE EMBAJADAS

Partiendo de las grandes subregiones africanas y de la ubicación de nuestras actuales embajadas, se propone incrementar la presencia de México en el continente mediante el esquema de concurrencias y la asignación de funcionarios de las actuales embajadas para la atención ad hoc en ciertos países de las regiones oeste, centro, este y sur de África, además del llamado “cuerno de África.”[14]

En el oeste, la embajada en Nigeria puede fungir como el “ancla” de nuestra política regional, toda vez que se trata de un país relevante y sede de la influyente organización subregional Estados del África Occidental (Ecowas, en inglés). La atención a esta región se completaría con la apertura de una embajada en Costa de Marfil y quizás otra en Senegal, más adelante. Desde luego, los países del Sahel deben tomarse en cuenta como parte de las renovadas tareas diplomáticas y comerciales de México en África.

En el este del continente y en el “cuerno de África”, una región muy compleja, se puede anclar la relación por medio de las embajadas en Etiopia y Kenia.[15]En Adís Abeba, tenemos que dar seguimiento a la UA y a los complejos países del Cuerno, así como al aún inestable y joven país de Sudán del Sur. Sería aconsejable reabrir, en un plazo prudencial, una embajada en Tanzania, país con más de 50 millones de habitantes, y eventualmente otra en la cada vez más pujante Uganda, y sus más de 40 millones de habitantes.

En el sur de África, se deben impulsar los nexos de comercio e inversión desde la importante embajada de México en Sudáfrica, además de dar puntual seguimiento a la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC, por sus siglas en ingles) y de otros organismos regionales de cooperación e integración.[16]

Obviamente, sería prioritario contar de nuevo con una embajada en Angola, que podría compartir el abultado número de concurrencias de la representación en Sudáfrica. En el norte de África, árabe y mediterráneo, tenemos presencia en tres países importantes: Egipto, Argelia y Marruecos. Es posible contemplar a mediano plazo la apertura de una pequeña embajada en Túnez, país relativamente próspero y estable.


Dejamos para el final la consideración del centro de África, una región de gran pobreza pero de dinámico crecimiento demográfico y en expansión económica, donde México está ostensiblemente ausente.[17]En esta región, destaca por su importancia y potencial la República Democrática del Congo, un país de 81 millones de habitantes y la mayor superficie del África subsahariana.[18]Para desempeñar la función de ancla, sería conveniente abrir en el corto plazo una embajada mexicana en este país. A pesar del grave y prolongado conflicto en su zona oriental, el actual gobierno se ha consolidado y su economía crece rápidamente (cerca de 6% anual en el último quinquenio).[19]Se debe advertir, además, que la recientemente anunciada participación de México en las Misiones de Mantenimiento de la Paz de la ONU agrega pertinencia a la apertura de la embajada en ese país.

Con la aplicación de las medidas graduales pero sistemáticas aquí delineadas, se conseguirá afianzar la relación de México con un joven continente que está llamado a desempeñar un papel relevante en las décadas por venir. Abonará a este propósito una vinculación diplomática más amplia y un programa pausado pero continuo de nuevas embajadas, que deberá llegar a 12 en un plazo de 10 años, con las concurrencias del caso, así como una estrategia clara y de largo plazo para el fomento de las exportaciones, las inversiones y la cooperación con distintos países y subregiones del continente.

 

* Es economista por la UNAM, y maestro y doctor por la Universidad de Wisconsin, con especialidad en economía agrícola y asuntos internacionales. Fue el primer embajador de México en Sudáfrica y en la actualidad se desempeña como investigador del Programa Universitario de Estudios de Desarrollo de la UNAM.

 

[1]De esa manera, México tiene un total de ocho representaciones hasta 2018.

[2]Cassio Luiselli Fernández, “Nota sobre la cooperación con México: Revisión 2016”, documento interno, Programa Universitario de Estudios de Desarrollo, Universidad Nacional Autónoma de México.

[3]Cassio Luiselli Fernández, op. cit.

[4]Cifras del INEGI.

[5]En el comercio con África, frecuentemente se recurre a onerosas triangulaciones con países y empresas europeas.

[6]Por ejemplo, Alfa, América Móvil, Carso, Cinépolis, Femsa, Herdez, Jumex, La Costeña, Mabe, Maseca, Minera México, Peñoles, Sanborns y Telmex (Claro).

[7]Espacio informal de diálogo creado en 2013 por México, Indonesia, República de Corea, Turquía y Australia.

[8]Esta sección se basa en dos publicaciones del autor: “Nota sobre la cooperación con México: Revisión 2016”, op. cit., y “Entorno global e inserción internacional”, eje transversal tres del Informe del desarrollo en México 2017, Programa Universitario de Estudios de Desarrollo, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.

[9]Surge en 1999 y se formaliza en 2002, en buena medida por inspiración de Mandela y en sustitución de la Organización de la Unidad Africana. Es la heredera directa de los movimientos panafricanistas tras la descolonización e independencias nacionales de inicios de los sesenta.

[10]Marruecos se incorporó plenamente en 2017.

[11]Cassio Luiselli Fernández, op. cit.

[12]Brasil, como parte de su anterior estrategia sudamericanista, forjó una asociación excluyente entre América del Sur y la Unión Africana, dejando fuera a México y al resto de América Latina. México puede y debe corregir este desatino.

[13]Brasil tiene 32, Cuba 21 y Argentina 11.

[14]Ante el eventual cierre de ProMéxico, este esquema se hace aún más pertinente.

[15]Se suele incluir a Somalia, Yibuti, Eritrea y Etiopía.

[16]Como la Unión Aduanera de África Austral (SACU), la Comunidad Económica Africana (AEC o CEA) y el Mercado Común de África Oriental y Austral (Comesa).

[17]Los métodos de consideración e inclusión varían, pero se puede afirmar que pertenecen a esta región, por lo menos, Camerún, Chad, República Centroafricana, Gabón, Guinea Ecuatorial (hispanohablante), Santo Tomé y Príncipe, República del Congo y República Democrática del Congo.

[18]Nótese que, junto con Pakistán, son los únicos países de gran dimensión demográfica en los que México no tiene abierta una embajada. Su población actual equivale a la de Colombia y Perú sumadas y para 2050 será igual a la de México (145 millones).

[19]Cassio Luiselli Fernández, op. cit.