Razones para replantear la relación de México con Arabia Saudita

Susana Segura López*

No está de más recordar algunas de las razones por las que a México le resulta conveniente fortalecer sus relaciones políticas, culturales y económicas con Arabia Saudita.

En 2014, nuestro país puso en marcha una estrategia de apertura y diversificación comercial que, por el alto poder adquisitivo de su población (sobre todo en los países del Golfo), identificaba a Medio Oriente como un destino potencial para las exportaciones mexicanas de los sectores agroindustrial, automotriz y de telecomunicaciones; además de una importante fuente alternativa de inversión extranjera directa (IED). A cuatro años de distancia, sin embargo, la relación comercial de México con esa región exhibe una balanza deficitaria.

No es el caso del intercambio comercial entre México y Arabia Saudita que en los últimos seis año creció 373%, impulsado por la exportación de vehículos automotores, así como material para la construcción y aparatos de telefonía. La visita oficial encabezada por el mandatario mexicano al reino saudita en 2016, marcó el cenit del acercamiento con la firma de nueve instrumentos bilaterales, entre ellos el memorándum de entendimiento de cooperación en el sector de petróleo y gas.

Pero no es solo este potencial de comercio e inversión lo que vuelve a Arabia Saudita tan atractiva. Su ambicioso programa de desarrollo, Visión 2030, es una referencia útil para economías como la mexicana que buscan diversificar sus fuentes de ingresos.

Aprobada en abril de 2018 por el Consejo de Asuntos Económicos y de Desarrollo, la privatización de activos estatales impulsada por el rey Salmán bin Abdulaziz y su hijo, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán, opaca la “revolución” de Thatcher de la década de los ochenta y rivaliza, en escala y significado, con la disolución de los activos soviéticos de los noventa.[1]Si bien la liberalización de sectores como los de energía, finanzas, infraestructura, petroquímica, telecomunicaciones y transporte es la parte medular del objetivo de incrementar la contribución del sector privado al PIB del 40% actual al 65% en 2030; en realidad, estos programas de privatización han estado presentes en los planes quinquenales de desarrollo anteriores.

Fue en los planes de 2005 a 2015 que se puso especial atención en la estrategia de diversificación de la base económica. En palabras de Khalid M. Al-Gosaibi, exministro de economía y planificación, se trataba de un proceso de largo plazo, adaptado a las condiciones nacionales e internacionales que se centraría en conseguir esa diversificación, “equilibrar el crecimiento sectorial y regional, lograr la capacitación del capital humano y consolidar un sector privado [...] activo y eficaz”, particularmente en el sector energético.

Conviene recordar que el petróleo no es el único recurso natural del reino. Arabia Saudita cuenta además con los depósitos minerales más grandes de Medio Oriente: en el oeste del país se localiza una fuente importante de oro, plata, cobre, zinc, cromo, manganeso, tungsteno, plomo, estaño, aluminio y hierro; mientras que al este se encuentran minerales industriales como el yeso, el feldespato, la mica, el azufre y la sal. A esto se añade una extracción diaria de más de 7 mil 500 millones de pies cúbicos de gas natural. El reino saudita ocupa la cuarta posición mundial en reservas de este producto, aunque la mayor parte se destina al consumo nacional, tanto a la generación de electricidad como al funcionamiento de su enorme complejo petroquímico.

Arabia Saudita está dando sus primeros pasos hacia una economía dinámica, con el fortalecimiento del sector petroquímico y la diversificación de su portafolio de inversión, que tiene en Silicon Valley su destino predilecto. Sin olvidar que el sector de la energía renovable en India depende fundamentalmente de la inversión saudita.

No obstante, Arabia Saudita sigue dependiendo de su valioso recurso natural. En ello les va la seguridad del país, por lo que deben garantizar la estabilidad de la producción diaria y la distribución entre una amplia gama de clientes. Los principales destinos de su hidrocarburo son China e India, incluso superan a los mercados tradicionales de Europa y Estados Unidos, país que desde 2004 recibe más petróleo de Canadá que de Arabia, desplazada luego de una feroz competencia. Las economías emergentes de Asia también se visualizan como destinos prometedores. India es, desde 2010, el cuarto mayor socio comercial del reino saudita y el cuarto mayor destino de su crudo (después de China, Estados Unidos y Japón). China, por su parte, se convirtió en el principal importador de petróleo saudita en 2013; el tema energético es la piedra angular de la relación sino-saudí.

 

“Arabia Saudita está dando sus primeros pasos hacia una economía dinámica, con el fortalecimiento del sector petroquímico y la diversificación de su portafolio de inversión”.

 

La amenaza provino no sólo de la producción canadiense de esquisto, sino también de la estrategia de Estados Unidos, encaminada a desplazar a Arabia Saudita y Rusia como los mayores productores de petróleo del mundo en 2020 y alcanzar la autosuficiencia energética en 2030. Frente a este panorama, Arabia Saudita elaboró un plan nacional a favor de la diversificación y la integración profunda con las industrias transformadoras. Invirtió en la creación de asociaciones de refinación y venta al por menor de gasolina en los países consumidores de petróleo, concretamente entre Saudi Aramco —la empresa de energía integrada más grande del mundo— y otras empresas a nivel internacional. El plan pretende abarcar tres de los principales mercados energéticos —Asia, América del Norte y Europa— mediante subsidiarias y afiliados, de manera que el nombre de Saudi Aramco quede oculto y se evite herir la susceptibilidad política de los consumidores. Un caso ilustrativo es el de Motiva Enterprises, una asociación entre Royal Dutch Shell y Saudi Refining que tiene cerca de 980 gasolineras Shell y Texaco en el este y el sur de Estados Unidos.

Tanto la diversificación de los socios comerciales como las estrategias de cooperación con el sector privado y las empresas transnacionales son lecciones de éxito que sirven de referencia para México. Hay que esperar aún los resultados del nuevo programa y de la liberalización de sectores estratégicos de la economía saudita; además de ponderar las consecuencias que tendrá el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Turquía, en las aspiraciones sauditas de reforzar su ascendencia en los mercados globales.[2]La relevante posición que ocupa entre los productos mundiales de petróleo representa una ventaja significativa para este propósito.

En conclusión, Arabia Saudita se encuentra en una encrucijada política y económica que resulta de los actos de su Gobierno y de las reformas que ha emprendido en lo social y lo económico, unos y otras situados en un contexto regional polémico e inestable. Es en estas circunstancias México deberá definir qué tipo de relación pretende establecer con un país de gran proyección e inmerso en sustantivos cambios internos, regionales y globales.

 

* Es Becaria del Centro Tepoztlán Víctor L. Urquidi. Se tituló de Relaciones Internacionales en la UNAM con la tesis Análisis de la política exterior de Arabia Saudita en Medio Oriente: Desafíos y oportunidades tras las revoluciones árabes (2005-2014).

 

[1]Frank Kane, “The great Saudi sell-off: Why bankers and lawyers are flocking to the Gulf”, The Guardian, 2017 https://www.theguardian.com/world/2017/sep/02/ great-saudi-sell-off-bankers-lawyers-flocking-gulf

[2]Empresas e instituciones como J.P. Morgan, Blackrock, MasterCard, HSBC, Ford, Uber, Google Cloud, Siemens, London Stock Exchange, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial reaccionaron cancelando su participación en el foro Future Investment Initiative.