Misterios y realidades de Yucatán

Francisco José Paoli Bolio*

Misterios y realidades de Yucatán

¿QUÉ ES Y CUÁNDO SE FORMA LA PENÍNSULA DE YUCATÁN?

Muchas personas que han vivido o viajado largamente por la península de Yucatán dicen que es una región en la que se siente y respira el misterio. Se toca allí lo físico con lo metafísico. Conviven los seres humanos y divinos de distintas formas y dimensiones. Hay creencias arcanas, mitos y leyendas que tanto la ciencia antigua como la contemporánea han tratado de aclarar, aunque por más que se esfuerzan los visionarios tradicionales y los científicos duros, sus nociones sobre Yucatán permanecen envueltas en el misterio. Al contacto con esa región de México y sus pobladores, algo nos deja ver y sentir que se trata de un ámbito distinto, místico, que nos llena de inquietudes e interrogantes sobre la vida material y espiritual de nuestro planeta y el universo.

Los científicos de nuestro tiempo sostienen la teoría del impacto de un gigantesco meteorito, hace 65 millones de años, en la parte norte de la península de Yucatán. Sitúan la colisión en lo que se ha llamado el cráter de Chicxulub, nombre de un pequeño puerto de pescadores. Nos dicen que ese brutal golpe causó la extinción masiva de un buen número de especies y organismos que habitaban nuestro planeta azul, entre ellos los dinosaurios.[1]

Algunos estudios geológicos y especulaciones en torno de ellos nos dicen que Yucatán es una plataforma de piedra caliza que salió del mar hace miles de millones de años y se adosó al continente americano formando una península. No sabemos si esta formación peninsular es producto del impacto del gigantesco asteroide, que habría hecho salir esa enorme capa tectónica a la superficie e incrustarse en la tierra continental. Pero sí sabemos que lo que hoy es la península de Yucatán viene del mar, donde estuvo sumergida millones de años. En muchas partes de la zona se pueden encontrar conchas o caparazones de organismos que probablemente desaparecieron con el impacto. En las tierras que se remueven con distintos propósitos agrícolas (arado, siembra, barbecho, etcétera) y en los solares de distintas poblaciones donde se construyen casas y edificios, hay muchos vestigios de vida marina. En mis especulaciones he pensado que Yucatán es una especie de Atlántida al revés, que en lugar de sumergirse y perderse en el mar, como nos contó Platón, surge de él, tal vez por efecto del impacto del asteroide que formó el cráter de Chicxulub.

Pero dejemos ahora el ámbito de lo físico, lo marino, lo terrestre y lo astronómico para ir al de la vida humana. Con la ayuda de estudios genéticos, se ha formulado, ya en pleno siglo XXI (2012), una hipótesis que añade precisión a la que nos enseñaron en la secundaria sobre el origen de los primeros habitantes del continente, según la cual, en un solo movimiento migratorio, esos hombres y mujeres atravesaron el estrecho de Bering para diseminarse luego, durante milenios, por los muchos territorios del bloque que los europeos, en el siglo XVI, bautizaron como América.[2]Según la nueva hipótesis, los análisis de ADN de diversas poblaciones americanas permiten afirmar que no se trató de una sola migración, sino de tres grandes corrientes migratorias que alcanzaron el continente procedentes de Asia hace más de 15 mil años.[3]La mayoría de las tribus descienden de la primera de ellas, a la que han denominado los Primeros Americanos, ya que las otras dos se limitaron a Norteamérica. “Nuestra investigación pone fin a este dilema: los nativos americanos no proceden de una sola migración”, señaló el científico colombiano Andrés Ruiz-Linares, del University College de Londres y autor principal del estudio. Se trata, según Nature, de la mayor investigación genética de nativos americanos hasta el momento: los expertos analizaron más de 364 mil variaciones genéticas presentes en el ADN de 52 tribus indígenas americanas y 17 grupos siberianos. Muchos milenios después de los asiáticos primigenios, llegaron a nuestro continente migrantes europeos y africanos que se mezclaron con los moradores del continente, lo que produjo mestizajes de muy distintas gens o etnias. Este mestizaje múltiple dificulta la investigación genética, por lo que los investigadores se centraron solamente en las secciones del genoma que procedían totalmente de los nativos americanos.

La primera oleada de migrantes originales se encontró con un continente virgen y deshabitado, y se extendió hacia el sur, siguiendo la costa del Pacífico, en un proceso que duró alrededor de mil años y cuyos linajes se pueden rastrear desde el presente. La segunda oleada recorrió la costa del Ártico hasta Groenlandia, y la tercera se dirigió hacia las montañas Rocosas. Estas dos migraciones estaban compuestas por individuos más cercanos a la etnia han, predominante en China. Al evaluar el material genético de las tribus de los aleutianos y los inuit, habitantes del este y oeste de Groenlandia, los investigadores hallaron que la mitad del ADN correspondía a la segunda migración. También descubrieron que la tribu canadiense de los chipewyan tenía 10% de material genético en común con los integrantes de la tercera migración. El ADN de estas cuatro tribus norteñas —aleutianos, inuits del este y del oeste, y chipewyan— contiene material de las tres migraciones, aunque la mayor parte corresponde a la primera. Eso significa que los pobladores asiáticos de la segunda y tercera oleadas se relacionaron con los primeros que llegaron a América. De acuerdo con Ruiz-Linares, esto queda demostrado por la menor diversidad genética de los nativos de Sudamérica, cuyo ADN es más cercano al de los Primeros Americanos. Lo que aparentemente se mantiene es que los primeros pobladores de América provienen de distintas regiones de Asia y llegaron en momentos diversos.

Los grupos humanos desarrollan culturas y se desenvuelven en ellas y con ellas. Las culturas mesoamericanas surgieron entre la parte media de lo que hoy es México y Centroamérica. Destaca la maya, propia de toda una región que va desde los actuales estados de Tabasco en el Golfo de México y Chiapas en el Pacífico hasta la Península de Yucatán y, al sur, hasta El Salvador y Honduras.[4]

De lo dicho arriba se sigue que las migraciones humanas que llegan a Mesoamérica y, particularmente, a Yucatán provienen de Asia. Los rasgos faciales y, en general, somáticos de sus moradores (ojos rasgados, color de piel, características y color nigérrimo del pelo, y otros muchos como la “mancha mongólica”[5]) muestran claras evidencias de esa procedencia.

Como parte de diversos mestizajes ocurridos durante miles de años, esas marcas asiáticas en nuestra piel, en nuestros rasgos fenotípicos y conductuales, y aun en nuestra manera de concebir el mundo se han ido transformando y han tenido un desarrollo propio que ha dado lugar a explicaciones, leyendas, mitos y símbolos distintivos, que concuerdan sólo en parte con los de las culturas asiáticas.

HUELLAS ASIÁTICAS EN LOS PUEBLOS MAYAS DE LA PENÍNSULA DE YUCATÁN

Las pirámides son tal vez la huella magnificente de Asia en Mesoamérica —particular- mente en la península de Yucatán— y en otras regiones del continente, como la incaica. En efecto, en lugares como Sudán, Egipto y la India, se encuentran grandes y altas pirámides que llevan en pie más de cinco mil años. Y nos preguntamos: los primeros pobladores de América ¿trajeron de Asia la idea de hacer pirámides? De lo que no hay duda es que hay parecidos notables entre las que se encuentran en ese continente y las del nuestro. Unas y otras, con su altura, quieren dejar testimonio de la elevación humana. De las muchas que encontramos en la península de Yucatán, varias tienen indudables huellas asiáticas. Pienso en las edificaciones posclásicas cercanas al reino maya de Sakí[6](hoy Valladolid), conocidas con el nombre de Ek Balam, que incorporan figuras de divinidades, modeladas y estucadas, con semblantes asiáticos.

Las pirámides se relacionan siempre con creencias religiosas. Con frecuencia son monumentos mortuorios dedicados a los grandes dirigentes políticos, como los faraones de Egipto, considerados dioses o hijos de Dios. Lo mismo puede decirse de muchas pirámides mayas, como la de Palenque, Chiapas, en la que se encontró la tumba del halach uinik o jefe máximo político y religioso de esa región. Otras pirámides de la zona yucateca también son mausoleos de las autoridades superiores, conectadas con la divinidad.

Aunque menos notoria, otra semejanza entre las culturas asiáticas y las mesoamericanas la encontramos en las creencias religiosas. Destaca el culto a la que se considera la máxima deidad, el sol. En el lenguaje de los egipcios, este astro en torno al cual giramos tenía el nombre de Ra. En maya —o, mejor dicho, en las diversas lenguas mayas o mayenses— el sol se llama Kin, palabra que también significa “el día” y sirve para contabilizar el paso del tiempo en el calendario. El sol es la fuente de la vida, la energía primordial que nos es dispensada a los mortales, la huella clara, iluminadora, de la divinidad en el universo.

Tanto en Asia como en Mesoamérica, las pirámides y las creencias religiosas fundamentales responden a patrones astronómicos y procedimientos de cálculo matemático nítidamente plasmados en códices, estelas simbólicas y leyendas. Los mayas conocían las matemáticas como ninguna otra etnia mesoamericana, utilizaban el cero para realizar cálculos exactos e identificaban los equinoccios y las estaciones a partir de observaciones y registros solares.

El tercer paralelismo entre las culturas asiáticas y la maya está en el lenguaje. Aunque no soy especialista, he advertido semejanzas o conformidad entre palabras, expresiones y nombres o apellidos de lenguas asiáticas como el chino (mandarín), el japonés y el coreano, y términos mayenses, específicamente del maya yucateco, como lo denominan los lingüistas. Propongo esto como una pista para seguir explorando la identificación —siempre parcial— entre estas culturas. Ha habido diversas migraciones de asiáticos (chinos, coreanos y libaneses) a Yucatán. He conocido apellidos mayas que suenan o son prosódicamente muy parecidos a otros chinos o coreanos. A principios del siglo XX, aún en el porfiriato (1905), llegaron a los plantíos henequeneros de Yucatán mil 133 coreanos en calidad de jornaleros agrícolas; trabajaron en las prósperas haciendas del estado, que requerían mano de obra para cortar y desfibrar la planta. Hubo después otras dos migraciones coreanas. La agencia Notimex escribió sobre la primera: “La Guerra de Castas había diezmado la población maya y por tanto se necesitaba mano de obra para trabajar en las haciendas henequeneras, [...] la invasión japonesa a Corea, más las mentiras de un mejor futuro para sus familias, motivó a muchos coreanos a viajar a México”.[7]

 

“Al contacto con esa región de México y sus pobladores, algo nos deja ver y sentir que se trata de un ámbito distinto, místico, que nos llena de inquietudes e interrogantes sobre la vida material y espiritual de nuestro planeta y el universo.”

 

Para recordar las migraciones coreanas del siglo XX (1930- 1960), se creó en Mérida un museo conmemorativo. En él se recogen y exhiben documentos, fotografías y objetos coreanos. El artículo citado de Notimex nos habla con amplitud del edificio que lo aloja y de algunos elementos de la cultura coreana que pueden conocerse ahí.

En mi niñez, supe de los coreanos que trabajaron en Yucatán cuando las plantaciones de henequén estaban en su última etapa próspera. Me refiero a la migración final. En la población de Izamal, había algunos coreanos que se habían avecindado. Uno se apellidaba Mapen y era el exitoso dueño de una enorme tienda en la que vendía, fundamentalmente, implementos de labranza, aunque también se encontraban alimentos enlatados, cerveza, refrescos, barras de “pan francés” (así llamamos a las baguettes en Yucatán) y tortillas. La gente acudía al tendejón del “chino Mapén” a socializar, además de comprar utensilios agrícolas. A mí me llevaba mi madre, que administraba una hacienda henequenera (Chuyché) a dos kilómetros de Izamal. Me quedaba sentado en el mostrador-barra del establecimiento, comiéndome una torta con su refresco, o dulces, mientras ella compraba las herramientas que se requerían en la hacienda. Y recuerdo que en alguna ocasión se comentaba que los jornaleros coreanos, que trabajaban al lado de los indios mayas en los henequenales, podían comunicarse muy bien en el idioma de éstos apenas dos o tres meses después de su arribo a Yucatán. Por eso pienso que las lenguas orientales y el maya yucateco están emparentados. Pero es algo que deberán determinar los lingüistas.

 

* Fue director del departamento de sociología y política de la UIA, rector de la UNAM-X e investigador en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Exdiputado en el Congreso de Yucatán, colabora en el programa de análisis político Primer Plano. Ha publicado más de 20 libros y 80 ensayos de ciencias sociales.

 

[1]Se afirma que el impacto del meteorito destruyó 75% de la vida en sus diversas formas y marcó el tránsito del tiempo de los dinosaurios al de los mamíferos, entre los que están los seres humanos.

[2]Como sabemos, este continente fue bautizado en honor del viajero Américo Vespucio, quien tras sus viajes de principios del siglo XVI publicó libros en los que narra sus experiencias en el mundo que encontró, o con el que se tropezó, Colón cuando iba a busca de una nueva ruta a la India para la obtención de especias.

[3]Según un equipo internacional que incluía científicos españoles y cuyo estudio publicó la revista Nature en abril de 2012.

[4]Los mayas crean comunidades no sólo en la península de Yucatán sino también en Belice, Guatemala y Honduras, donde encontramos edificios, pirámides, estelas llenas de símbolos y vestigios de su cultura. Su herencia incluye las lenguas mayenses que se hablan en esas regiones.

[5]Esta huella dérmica, muy notoria en la espalda baja, arriba de los glúteos, donde la pigmentación es más intensa, de color azul-morado, se observa en diversas regiones de Asia y en Mesoamérica.

[6]Sakí, que frecuentemente se escribe Sací, está en el oriente de la península de Yucatán y hoy en día puede ser visitado para constatar la huella claramente asiática en nuestras pirámides. Las pirámides de Ek Balam son mucho menos conocidas que otras peninsulares como las de Uxmal, Chichén Itzá y Edzná, pero valen la pena por diversas razones.

[7]“Cultura de Migración Coreana, 110 años de historia en Mérida”, 20 Minutos, 19 de julio de 2015. https://www.20minutos.com.mx/noticia/b303543/cultura- de-migracion-coreana-110-anos-de-historia-en-merida/#xtor=AD-1&xts=513356