El modelo coreano, un estudio de caso

Entrevista con Julen Berasaluce, asesor en estrategia latinoamericana.

Gabriela Gándara

El desarrollo económico de Corea del Sur ha sido objeto de estudio, no solo para entenderlo en sí mismo, sino también para hacer comparaciones y sacar lecciones. México, como aquel país, se ha inscrito de lleno en la dinámica del comercio internacional, pero mediante fórmulas y con alcances distintos. En Corea y México: Dos estrategias de crecimiento con resultados dispares, Julen Berasaluce y José Antonio Romero, investigadores de El Colegio de México, explican las diferencias. Aquí la entrevista con el primero de ellos.

¿Por qué escribir en México un libro sobre Corea del Sur?

La idea de este libro surge de la búsqueda de modelos de crecimiento para México. Más allá de discutir marcos teóricos concretos, que en muchos casos esconden planteamientos ideológicos, queríamos encontrar un caso de éxito, describirlo en toda su complejidad y, después, compararlo con nuestro país.

Corea del Sur tiene características que lo hacen idóneo como modelo. En primer lugar, es un caso de éxito. Aún en la década de los ochenta, tenía un PIB per cápita inferior al mexicano. Hoy, los coreanos no solo están mejor que nosotros, sino que alcanzan ya el parámetro que los ubica como parte del grupo de países desarrollados. Además, este cambio es relativamente reciente, y siempre es preferible comparar con modelos cercanos en el tiempo. Por último, es un país de tamaño medio en el que tanto el mercado interno como el sector exterior juegan papeles relevantes. Países con un gran poder de negociación por su gran mercado interno, como China, u otros pequeños que dependen de una apertura completa por su incapacidad de provisión, como Singapur, no ofrecían el mejor marco para una comparación exitosa. En contraparte, se podría argumentar que Corea del Sur es un país alejado en lo geográfico y cultural, lo que, según algunos, puede dificultar las comparaciones.

¿Qué papel juegan las grandes empresas coreanas?

El caso de las chaebol, conglomerados empresariales que se desarrollaron en ese país, refleja las virtudes y los peligros de un modelo desarrollista como lo fue el coreano. La coordinación y la vigilancia de una transformación productiva a nivel nacional requiere la participación de grandes empresas. De lo contrario, los costos burocráticos se habrían disparado. Además, el proceso de industrialización del sector químico y de la industria propició una mayor eficiencia productiva. La participación de un mismo conglomerado en diferentes negocios permitía correr riesgos que eran cubiertos por las secciones más productivas y protegidas de la competencia.

Desde luego que esto también tiene un aspecto negativo, porque las empresas más pequeñas sufrieron un trato injusto y desigual. Si de por sí los costos fijos que han de asumirse a la hora de exportar son relativamente mayores para una empresa pequeña, el trato preferencial agravó la desigualdad en materia empresarial. Además, la participación de un conglomerado en diferentes negocios favoreció estructuras financieras demasiado dependientes y poco transparentes.

Corea del Sur y México siguieron modelos de desarrollo basados en la promoción de las exportaciones, pero los resultados han sido diferentes. ¿Cuál es la razón?

Simplificando mucho la respuesta —porque, al final, la combinación de políticas públicas a lo largo de varias décadas es muy compleja—, los modelos de apertura de los dos países fueron diferentes. El éxito de Corea del Sur en materia exportadora ha de ser visto como la consecuencia de una transformación productiva dentro del país. Corea del Sur no se iba a conformar con integrarse a las redes de comercio internacional bajo un esquema de provisión de bienes intensivos en trabajo, que es la situación en la que se encontraba a comienzos de los sesenta. Al contrario, se propusieron avanzar, incorporar tecnología, lograr encadenamientos productivos. Desde luego que diseñar una política de estas características no es sencillo y no son pocos los sacrificios que tuvo que hacer toda una generación. Fueron conscientes de que, para sobrevivir como país en un contexto de amenazas geopolíticas constantes, el éxito económico era una vía posible.

En el caso de México, las élites políticas no enfrentaron una amenaza tan clara a su propia supervivencia —a través, por ejemplo, de los recursos fiscales— y que exigiera una transformación productiva. La tranquilidad que daba la venta de crudo permitió cierta condescendencia a la hora de exigir resultados en competitividad a la clase empresarial, a cambio de las ayudas que se le otorgaban. Cuando el fracaso de esa política se hizo evidente, la búsqueda de un nuevo modelo propició una apertura sin el acompañamiento necesario para una transformación productiva gradual.

Así, México se inserta mediante la provisión de mano de obra barata y cercanía geográfica al mercado más importante. Desde luego que hay notorias excepciones y son de estas las que debemos tomar ejemplo. Finalmente, como bien saben los empresarios que trabajan día a día en temas de comercio internacional, el mercado no garantiza el desarrollo de capacidades. Esto es algo que cada empresa y cada Gobierno debe impulsar por su cuenta.

Un típico mercado coreano.

 

¿Qué políticas públicas implementó Corea del Sur para lograr esos resultados?


El conjunto de políticas es muy amplio y muchas de las medidas son incluso polémicas, puesto que pueden suponer riesgos e imponer duros sacrificios. Hubo un control muy fuerte del sistema financiero que se volvió una herramienta fundamental del Estado para incidir en el sistema productivo. No solo se promovió el ahorro, sino que se castigaba el consumo, en especial el de bienes de lujo y, en particular, si era de productos importados, puesto que implicaba malgastar divisas muy preciadas.

El tejido institucional fue importante. La voluntad industrializadora se materializó en la Junta de Planificación Económica. Un poder exacerbado de esta institución habría magnificado los excesos, que en cualquier caso ocurrieron. Los equilibrios de poder se dieron entre instituciones. Los funcionarios del Ministerio de Finanzas, que por su naturaleza eran más favorables a la liberalización, fueron desplazando poco a poco a la Junta. De hecho, esta misma gradualidad está presente en los cambios de gobierno coreanos en los años ochenta y noventa. Como es bien sabido, la gradualidad es fundamental para minimizar los costos y desequilibrios propios de una transformación institucional.

La propia economía está en continua transformación; aunque un país alcance cierto grado de desarrollo, los retos no desaparecen. Corea del Sur sigue identificando objetivos y herramientas para alcanzarlos. Mantener el liderazgo en industrias 4.0, fomentar la creatividad y obtener el máximo provecho de las zonas económicas libres son metas que muestran una visión moderna de la política industrial coreana.

¿Qué lecciones deja a México el caso de Corea del Sur?

En mi opinión, la lección principal no tiene que ver con ninguna política específica, sino con principios rectores. Un país, al igual que una persona o una empresa, no debe conformarse con lo que es o tiene en un momento dado, especialmente cuando no lo satisface. Y todos deben saber que las transformaciones integrales ni ocurren de la noche a la mañana, ni de manera mágica. Detrás de ellas está, primero, la voluntad de cambio, de ofrecer un mejor futuro a la siguiente generación, lo cual conlleva un sacrificio. Hay un esfuerzo de muchos años y un conjunto de políticas pragmáticas que están sujetas a cambio según sus resultados.

Es difícil identificar un actor clave. Lo cierto es que hace falta una colaboración entre el sector privado y el público. Ninguno puede sustituir al otro. El que finalmente sean las fuerzas del mercado las que determinen la conveniencia de un proceso productivo u organización empresarial no quita que haya margen de acción estatal.