El T-MEC y la apuesta por reforzar el libre comercio  

Entrevista con Christopher Wilson, director adjunto del Mexico Institute del Wilson Center  

Por: Guillermo Máynez Gil / Retrato: Cortesía  

El T-MEC y la apuesta por reforzar el libre comercio  
  Sin dejar de reconocer el crecimiento sustancial de los flujos de comercio e inversión, Christopher Wilson destaca el entrelazamiento de los sistemas productivos de México, Estados Unidos y Canadá como el principal legado del TLCAN. Con el T-MEC, considera, queda a salvo la cadena de suministros que alimenta esta plataforma de exportación regional, aunque con importantes desafíos en puerta. Entre otros, las tentaciones de utilizar la política comercial como instrumento de presión política; el nuevo papel de China y el reacomodo de fuerzas en los mercados internacionales, y la legitimación del libre comercio mediante una distribución más equitativa de sus beneficios.  

 

Desde el Wilson Center, usted ha realizado una importante labor de análisis y difusión del TLCAN. ¿Cuál es su balance ahora que se perfila su remplazo por un nuevo acuerdo trilateral?

El TLCAN es básicamente un acuerdo sobre comercio e inversión, y en estos dos rubros los resultados son muy satisfactorios para los tres países. Sin embargo, en un hecho destacado para la época en que se negoció, el TLCAN extendió su ámbito de acción a otros temas. Además de los aranceles, incorporó anexos con disposiciones de índole laboral y medioambiental. Temas muy sensibles que, al combinarse con las profundas transformaciones en marcha de la economía estadounidense, terminaron por enrarecer la discusión política sobre el libre comercio. El Tratado fue exitoso, pero suscitó fuertes polémicas, sobre todo en Estados Unidos donde las posiciones —a favor y en contra— se dividieron de manera paritaria durante buena parte de su vigencia.

 

Los aspectos cuantitativos son importantes: basta mencionar que durante los cerca de 30 años de la vigencia del TLCAN, el comercio se multiplicó por seis. Pero más allá de estas consideraciones, lo más relevante es que los sistemas de producción y abastecimiento de los tres países se entrelazaron de tal manera que, hoy en día, contamos con una sola plataforma de producción manufacturera en la que no solo intercambiamos bienes terminados, sino también partes e insumos que cruzan varias veces las fronteras intrarregionales antes de quedar integrados en un producto de consumo final. En esta dinámica productiva, cualquier disrupción en el flujo de suministros —mediante la imposición de aranceles, por ejemplo— afecta la competitividad de los tres países y tiene un impacto negativo en la economía regional.

 

Afortunadamente, con la aprobación del T-MEC este sistema de producción regional queda relativamente a salvo. Entre 90 y 95 por ciento del contenido original del TLCAN permanece en el nuevo acuerdo trilateral. Este es un punto crucial, pero destaco el carácter relativo de la protección porque la administración de Trump suele utilizar las amenazas arancelarias para perseguir objetivos en temas que no son comerciales: la migración, por ejemplo. El T-MEC da certidumbre, pero no al 100 por ciento.

 

¿Cuál es su valoración de las novedades que incorpora el T-MEC?

Son importantes y podemos agruparlas en dos grandes vertientes. La primera tiene que ver con la modernización del acuerdo. Aunque en el momento de su aprobación el TLCAN fue considerado un tratado de avanzada —y en efecto lo era— el vertiginoso progreso de la dinámica productiva y tecnológica mundial provocó que algunas de sus disposiciones quedaran rezagadas. El Tratado entró en vigor antes de que aparecieran los teléfonos inteligentes y se extendiera el comercio electrónico. Era importante, por tanto, incorporar reglas para proteger esta modalidad emergente de comercio, incluyendo restricciones al uso indiscriminado de datos personales y regulaciones al flujo de datos. También resultaba conveniente incorporar nuevas disposiciones con miras a promover, entre otros objetivos, la modernización de la administración aduanera y una mayor participación de empresas pequeñas en el comercio regional. De este paquete de medidas modernizadoras se desprenden los mayores beneficios económicos de la renegociación.

 

La otra vertiente de modificaciones incorporadas al T-MEC responde al interés, expresado repetidamente por el presidente Trump, de equilibrar la relación comercial. Cuando asumió la presidencia, el mandatario estadounidense se refería al acuerdo comercial como “el peor de la historia” y amenazaba con retirar a su país del mismo si no se le realizaban cambios radicales. Su principal objetivo, declaraba, era preservar e incrementar los empleos manufactureros en Estados Unidos. El problema es que la mayor parte de los puestos de trabajo en Estados Unidos no se pierden por el comercio internacional ni, ciertamente, por el comercio con México; responden principalmente a consideraciones de índole tecnológica. Cambiar las reglas del acuerdo no va a salvar esos empleos, pero por razones de corte político había que reflejar parte de estas preocupaciones en el tratado. La cláusula de revisión periódica del tratado responde a estas mismas consideraciones y, en los hechos, puede generar cierta incertidumbre para la inversión, sobre todo en México.

 


CHRISTOPHER WILSON

 

Además del comercio electrónico y las tecnologías de información, temas como los derechos humanos y el medioambiente también han cobrado relevancia en las últimas décadas. ¿Cómo se abordan en el T-MEC?

La naturaleza de la política comercial la hace cambiar. Después de décadas de concentrarse en la reducción de los aranceles, era necesario ampliar la agenda de los acuerdos comerciales. En primer término, porque la carga arancelaria entre los países de Norteamerica es muy baja y las verdaderas áreas de oportunidad están ahora en la protección de las inversiones, la seguridad sanitaria y fitosanitaria, los cruces transfronterizos, la administración de las aduanas y otros temas similares que requieren un marco regulatorio apropiado para facilitar el comercio.

 

Tampoco debe perderse de vista que el TLCAN fue el primer tratado de libre comercio entre países desarrollados y uno en vías de desarrollo, hecho que alimentó la preocupación de que las empresas se mudaran a México, atraídas por reglas medioambientales más laxas. No es que esto haya ocurrido de manera importante, pero el caso es que los criterios ambientales se fortalecen en el T-MEC. Lo mismo ocurre con los derechos laborales, más limitados en México que los otros dos países de la región. La creciente importancia de ambos temas obligó a abordarlos con mayor profundidad, y no solo en anexos como ocurría en el TLCAN, sino en capítulos del cuerpo principal como ocurre ahora en el T-MEC. Esta determinación les da acceso a paneles de solución de controversias.

 

¿Qué opinión le merecen las nuevas reglas de origen para el sector automotriz? ¿Cómo se modificará la dinámica productiva de la industria con las nuevas disposiciones?

Las reglas de origen para la industria automotriz subieron el contenido regional de 62.5% en el TLCAN a 75% en el T-MEC. Esto significa que más partes y materiales tendrán que provenir de Norteamérica. Adicionalmente, en la fabricación del 40% de los vehículos ligeros y del 45% de los vehículos pesados tienen que intervenir trabajadores que en promedio ganan al menos 16 dólares estadounidenses por hora. Por las brechas salariales, esto quiere decir “hecho en Estados Unidos” o “hecho en Canadá”. De manera que se reduce el margen de acción para la industria establecida en México; pero, al mismo tiempo, este país conserva los beneficios del tratado para una parte significativa de su producción. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de esta modificación? No tanto un desplazamiento inmediato, pero sí un tope en el crecimiento de la industria en México. La International Trade Commission (ITC) estima que aumentará la producción y el empleo en el sector automotor estadounidense, pero con un costo: el incremento en los precios al consumidor. Esta misma entidad también prevé que el aumento en el costo de producción de automóviles en Estados Unidos, provocará una pérdida de empleos y de PIB en el resto de su economía. De ahí que el efecto neto será una ganancia concentrada y una pérdida dispersa.

 

El T-MEC nace en medio de una ríspida guerra comercial entre Estados Unidos y China. Al mismo tiempo, México se ha convertido en el principal socio comercial de Estados Unidos. ¿Cuál puede ser el resultado de este reacomodo de fuerzas en el comercio mundial?

Esta pregunta es realmente importante, aunque en este momento no tenemos una respuesta definitiva. Está claro que Estados Unidos ha entrado en una fase de profunda redefinición de su política hacia China. La administración de Trump ha tomado medidas muy drásticas que tensan la relación comercial con el gigante asiático; entre estas, las restricciones a la importación y uso de tecnologías chinas en industrias sensibles como las telecomunicaciones o la electrónica. Este tipo de restricciones muy probablemente trascenderán el mandato de Trump y terminarán por repercutir en el comercio bilateral con México. Ante las dificultades para comerciar directamente con Estados Unidos, las empresas chinas podrían tener incentivos para producir y exportar desde México y así sortear las barreras arancelarias. Eso es una oportunidad para México de la que ya se ven señales. Pero habrá que ser cuidadosos. Si México incorpora cada vez más tecnología china en sus procesos productivos, pronto tendrá las mismas preocupaciones que su vecino del norte. En esta dinámica, las actuales preocupaciones estadounidenses sobre China, podrían extenderse a la importación de productos de origen chino hechos en México. La solución está en una mejor coordinación regional para enfrentar el desafío que plantea China. Ciertamente Estados Unidos ha actuado de manera unilateral, sin buscar aliados. Ojalá que en el futuro podamos ver una estrategia más coordinada para administrar el ascenso de China y asegurar que este proceso ocurra dentro de un sistema de reglas globales que no amenace la seguridad de América del Norte.

 

¿Dentro de estas mismas preocupaciones se podría incluir la disposición del T-MEC que obliga a pedir anuencia a los socios antes de negociar un tratado de libre comercio con economías de no mercado?

Desde luego esto alude directamente a China, como también lo hacen las disposiciones de política monetaria incluidas en el T-MEC que manifiestan un rechazo a la manipulación de las paridades cambiarias con el propósito de obtener ventajas comerciales. Es curioso. Tiempo atrás, Estados Unidos solía reconocer a China como una economía de mercado sin dificultad, al punto de promover su ingreso a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esta percepción está cambiando. Quizá lo que ocurre es que en Estados Unidos se esperaba que a ese respaldo lo siguiera una liberalización progresiva —tanto económica como política— de China, cosa que no ocurrió o por lo menos no se percibe. En ocasiones se piensa que se cedieron demasiados espacios a cambio de una posibilidad que no llegó a materializarse; por ejemplo, en cuanto a la democratización. Esta insatisfacción por el curso de los acontecimientos y la preocupación de que China amplíe su presencia en América del Norte mediante la firma de tratados bilaterales con Canadá o México, explican en buena medida la inclusión de esta cláusula restrictiva.

 


SEDE DEL WILSON CENTER, EN WASHINGTON D.C.

 

¿Qué ocurre con Canadá? ¿Cómo afecta el T-MEC sus relaciones comerciales con Estados Unidos y México?

Poco. Canadá hizo algunas concesiones, como ampliar el acceso de productos de Estados Unidos a su mercado de lácteos; también hizo más flexible el comercio electrónico, pero en general el T-MEC protege la relación entre Canadá y Estados Unidos.

 

¿Qué expectativas tiene sobre la evolución futura del comercio global y del impacto que esta tendrá en el T-MEC?

Es una pregunta difícil. En los últimos años hemos visto un fuerte cuestionamiento del sistema mundial del comercio. La OMC está bajo una presión inmensa. Las instancias de resolución de controversias no están funcionando ya que los funcionarios responsables de las mismas no han sido designados. El crecimiento del comercio, como proporción del PIB global, se ha desacelerado durante varios años. Se duda, incluso, de la pertinencia del orden institucional global, de su futuro mismo. Creo que, a final de cuentas, sus fundamentos económicos siguen siendo sólidos. El comercio sí crea crecimiento, pero las críticas que recibe tienen alguna justificación. Por mucho tiempo, la mayoría de los economistas se ha limitado a pregonar sus beneficios, sin reconocer que también hay grandes impactos redistributivos que perjudican a segmentos específicos de la población. Debemos poner mayor atención en políticas internas que acompañen la apertura de las economías para asegurar que los beneficios del libre comercio se distribuyan de manera más equitativa. Esto tiene mucho que ver con los fenómenos que llevaron, precisamente, a renegociar el TLCAN. Existe la percepción de que dimos el salto sin tener un plan para garantizar una distribución más equitativa de los beneficios del libre comercio y esa es una crítica válida. Tanto a nivel nacional como global, debemos administrar estos procesos de mejor manera. Esto me lleva a un aspecto que, en mi opinión, es positivo para el futuro del T-MEC. Hoy en día, por lo menos en Estados Unidos, contamos con una base más amplia de respaldo político al tratado. Fue ratificado con el apoyo abrumador de demócratas y de republicanos en ambas cámaras. Eso no había sucedido en muchos años y, en medio del caos y los desafíos al sistema global, genera oportunidades para seguir adelante con el libre comercio. Sin embargo, es indispensable que todos los involucrados actúen de manera responsable para asegurar que los beneficios asociados al libre comercio lleguen a toda la población.