The Public Wealth of Nations, de Dag Detter y Stefan Fölster

Pablo Boullosa

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Dag Detter y Stefan Fölster,

The Public Wealth of Nations,

Palgrave/Macmillan, 2015.

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De un lado, muchos cavan una trinchera en contra de las privatizaciones; del otro, algunos cavan la suya en favor de ellas. Ninguno de los dos bandos avanza demasiado. En gran medida, esta ha sido la oposición central en las discusiones sobre política económica en los últimos cincuenta años. Pero, ¿y si hemos errado del todo en nuestro enfoque, y en lugar de hablar acerca de quién debe poseer o administrar los bienes, dirigiéramos nuestra atención hacia la calidad con que son gestionados?

Supongamos que, con independencia de las grandes corporaciones públicas conocidas por todos (como las empresas nacionales de petróleo, electricidad o correos), existen bienes públicos que pueden ser incluso más cuantiosos, acerca de los cuales nunca hablamos, menos aún discutimos, simplemente porque no tenemos conocimiento de su existencia.

“La riqueza pública es como un iceberg, del que solo es visible la punta arriba de la superficie”, dicen los autores de The Public Wealth of Nations: How Management of Public Assets Can Boost or Bust Economic Growth. Según sus cálculos, la riqueza oculta en manos de los Gobiernos centrales del mundo es de cerca de 75 billones (en inglés, trillones) de dólares, a valor de libro. Se dice fácil, pero la cifra equivale más o menos a la suma total de los productos internos brutos de todos los países del mundo.

El patrimonio invisible en manos de los Gobiernos locales al parecer es todavía más grande. Y no se trata ni del Palacio de Buckingham, ni de Teotihuacan, ni de los parques públicos, sino de empresas, instalaciones y sobre todo bienes raíces con valor comercial, mal aprovechados, cuyo mantenimiento suele costar dinero a los contribuyentes.

¿Qué pasaría si todos esos bienes, esa riqueza pública, fuese administrada de tal manera que, en lugar de ser una carga para el erario, ofreciera mejores beneficios económicos y sociales? Si pudiésemos lograr que esos activos invisibles pasaran a tener rendimientos positivos del 3.5% anual, que no es un porcentaje descabellado, se añadirían a la economía mundial 2.7 billones de dólares de riqueza adicionales, cifra superior al total de lo que el mundo invierte en infraestructura para energía, agua, transporte y comunicaciones.

Los Gobiernos tienen la responsabilidad de hacer transparentes sus activos, y de gestionarlos con eficacia, en beneficio de sus ciudadanos. En este libro se discuten los posibles caminos y modelos a seguir para sacarles el mayor provecho.

Cuando Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, logró que mucha gente comprendiera mejor la verdadera naturaleza de la riqueza, que no puede reducirse a la posesión de oro, plata o petróleo, y que debe contemplar factores como la división del trabajo, la productividad, los mercados libres y el interés de los consumidores. El libro de Dag Detter y Stefan Fölster sigue sus pasos, pues contribuye a ampliar nuestra visión y nuestro entendimiento de la inmensa, pero casi invisible, riqueza pública de las naciones.