La economía poscovid: oportunidades para una era de prosperidad compartida  

  Entrevista con Carlota Pérez, Profesora honorífica en el IIPP-UCL y del Centro de Investigaciones sobre Política Científica y Tecnológica de la Universidad de Sussex  

  Por: César Guerrero Arellano y Miguel Ángel Ramírez  

  La economía poscovid: oportunidades para una era de prosperidad compartida  
  En materia de revoluciones tecnológicas, la doctora Carlota Pérez es una de las investigadoras más innovadoras del mundo, refiere Manuel Castells. Ha identificado sus patrones históricos y analizado su impacto en la economía y la sociedad, complementa W. Brian Arthur. En este, su regreso a las páginas de Comercio Exterior, la profesora nos comparte un análisis riguroso de la coyuntura mundial, de las secuelas económicas y sociales de la emergencia sanitaria y de la oportunidad de encauzar la revolución tecnológica en marcha, hacia un modelo de crecimiento verde, inteligente, global y de prosperidad compartida.  

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¿Considera válido que la crisis actual se equipare a la de la Gran Depresión de 1929 o a la financiera de 2008?

La comparación es compleja, pero considerando su probable profundidad son válidos los paralelismos con el colapso del 29 y la depresión de los 30. Sin embargo, la respuesta a la crisis poscovid tendrá que ser muy distinta a las del crac del NASDAQ o al de 2007-2008, cuando se imprimieron cuantiosas sumas de dinero para proporcionar liquidez a los bancos sin ocuparse de los deudores, de la economía real ni de la sociedad. El colapso actual es multiforme, de consecuencias amplias y profundas. Para superarlo es preciso reformar las instituciones y replantear sus políticas, e ir más allá de meras medidas monetarias o fiscales.

 

Por suerte estamos en el proceso de difusión de la revolución tecnológica actual: un momento clave. La “destrucción creadora” ya ocurrió y hay un enorme potencial transformador disponible para retomar la senda de la prosperidad compartida. En ese sentido, el paralelismo más adecuado es la posguerra, cuando se enrumbó la revolución de la producción en masa hacia el consumo de masas. Las medidas necesarias serán tan significativas como las que en ese entonces crearon las instituciones de Bretton Woods —el Banco Mundial, el FMI, el patrón oro-dólar—, las Naciones Unidas y el Estado de bienestar.

 

 

Toda crisis es una suerte de auditoría al modelo económico en turno. ¿Cuáles considera las principales fortalezas y debilidades del modelo actual?

La mayor fortaleza es el enorme potencial tecnológico disponible para ser orientado hacia la prosperidad compartida. La debilidad mayor es la crispación social: de un lado, los partidarios de una teoría económica inadecuada que se afinca en el fundamentalismo de mercado, la austeridad y el Estado pequeño y pasivo; del otro, las víctimas de la tecnología, del “libre mercado” y de la globalización cuyo justificado resentimiento es el germen de líderes populistas, de izquierda y derecha, que ofrecen el cielo. Ninguno de estos bandos sabe cómo utilizar la fortaleza tecnológica y esa es la principal debilidad del modelo actual.

 

 

¿Debemos volver a la normalidad o impulsar la transición hacia un modelo de desarrollo más incluyente y un patrón de consumo más racional y sustentable?

Sería un gran error regresar al patrón anterior —que de normal no tenía mucho— y desperdiciar la oportunidad de cambiar el rumbo hacia un modelo social y ambientalmente sustentable. Hace falta un conjunto sistémico de medidas que orienten la inversión y la innovación hacia un modelo de crecimiento verde, inteligente, justo y global. La legitimidad del capitalismo reposa en que las ganancias de unos redunden en beneficio de todos. Cuando el sistema se mueve hacia la desigualdad extrema, como en estos tiempos, se vuelve inestable e ilegítimo. Aunque en el otro extremo, la estabilidad tampoco es viable, como se ha visto claramente en la completa destrucción de la economía venezolana.

 

 
CARLOTA PÉREZ

 

Usted expresó en varias ocasiones su desacuerdo con las medidas aplicadas por los gobiernos occidentales para rescatar al mundo financiero tras la debacle de 2008-2009. ¿Aprendimos la lección? ¿Qué características deberían tener el plan de rescate y la ayuda gubernamental a las empresas en esta nueva coyuntura?

En lugar de un sistema financiero que apoye decididamente a la economía productiva, tenemos un enorme casino que inventa instrumentos sintéticos y derivados para financiarse a sí mismo. Esto crea una inflación de activos que perjudica a quienes no los poseen y empobrece a las mayorías. Entretanto, los gobiernos se empeñan en celebrar una recuperación —frecuentemente débil y profundamente desigual—, con un supuesto pleno empleo plagado de precariedad, inseguridad, autoempleo forzado, “uberización” y, sobre todo, salarios bajos y estancados. La pandemia ha sacado a flote los magros resultados de un mercado puro y sin rumbo sinérgico de consenso. No sé si aprendimos la lección, pero los gobiernos deberían hacerlo.

 

Las empresas tampoco pueden ignorar estos hechos. Mientras les iba bien, aunque las perspectivas de crecimiento para la mayoría eran limitadas, pedían que el Estado se quitara del camino. Ahora que la pandemia los golpeó, corren a su encuentro en busca de ayuda. Es importante que esa ayuda a las empresas esté condicionada —como lo fue la otorgada por el FMI a los países endeudados— y se enmarque en una estrategia que favorezca la preservación del medioambiente, el cuidado de la salud, el empleo bien remunerado, la innovación en una dirección verde y así sucesivamente. Fijar esa estrategia en los ámbitos nacional e internacional es crucial y si se construye con el concurso de las mayorías el resultado será aún mejor.

 

 

¿La pandemia de la covid-19 será un catalizador de la economía circular y de servicios?

La pandemia aceleró algunas tendencias tecnológicas ya en marcha, pero que se propagaban muy lentamente. Hemos aprendido a trabajar desde cualquier parte, a comprar por internet, a viajar menos y muchas otras cosas. Pero solo con políticas que impacten directamente en los costos relativos y en la demanda, podremos orientar el rumbo de la inversión y la innovación. Una de las áreas más poderosas de direccionamiento es el sistema impositivo. Tributar lo ambiental y socialmente negativo y exentar lo positivo es una forma de encaminar la innovación y la inversión. El impuesto al valor agregado tributa lo que más queremos: los salarios y las ganancias. Claro que es fácil de administrar, pero las nuevas tecnologías dan la oportunidad de introducir esquemas más complejos. ¿Sería factible considerar impuestos sobre energía, materiales y transporte? Eso dirigiría la innovación hacia la reducción del consumo energético, la conversión de productos en servicios y la reubicación de la producción optimizando la relación valor-costo del transporte.

 

 

La pandemia mostró las carencias de un servicio público de salud sometido a décadas de austeridad presupuestal, así como la exclusión que entraña la provisión privada de servicios de salud. ¿Considera factible el resurgimiento del Estado de bienestar?

Lo considero necesario. Las primeras décadas de toda revolución tecnológica son impulsadas por la oferta de nuevos productos y nuevas tecnologías; sus épocas doradas, en cambio, son dinamizadas por la demanda. El Estado del bienestar no es más que la forma que toma un arreglo ganar-ganar entre el mundo de los negocios y las mayorías. Para tomar un ejemplo, el seguro al desempleo dio seguridad a los trabajadores, pero también era indispensable para que la sociedad de consumo, basada en el crédito, funcionara con fluidez. Otra historia se contaría si la gente se hubiese visto obligada a devolver las llaves de sus casas y automóviles en cada desaceleración económica.

 

La salud y educación gratuitas son también un juego de suma positiva. Mientras más educada y sana sea la población, más productiva será. Además, cuando el Estado cubre esos gastos esenciales, una parte creciente del salario se convierte en demanda de bienes y servicios. Lo que ocurre en Estados Unidos, el único país avanzado que no tiene un sistema de salud público, es que todo el aparato productivo subsidia a las industrias farmacéutica, de la salud y de seguros.

 

 

Ante una sociedad que envejece, ¿qué modelos de tributación serían compatibles con rentas básicas, coberturas universales de salud y otros mecanismos de inclusión social?

Los modelos de tributación tienen dos aspectos complementarios: sobre qué cosas recaen los impuestos y quién los paga. Son una herramienta para moldear el entorno en el que opera el mercado y, al mismo tiempo, un mecanismo para proveer ventajas financiadas socialmente. Estas últimas incluyen un ecosistema favorable para los negocios —redes de infraestructura, sistema judicial, educación, etcétera— y una política redistributiva que, al reducir la desigualdad y proteger a los débiles, promueve la paz social, condición indispensable para la estabilidad y la prosperidad.

 

En los años treinta el mundo de los negocios estadounidenses se oponía ferozmente a los programas del New Deal de Roosevelt, acusándolo de comunista o fascista; rechazaban aumentos impositivos y, al igual que en estos tiempos, querían al Estado fuera de la economía. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial fue decisiva: la demanda masiva del gobierno enriqueció a las empresas y les permitió descubrir el enorme potencial de las tecnologías de producción en masa. Llegaron a producir un avión cada dos días. Al terminar la guerra entendieron que necesitaban demanda masiva. La Guerra Fría generaba una parte, pero el consumo de masas fue el complemento decisivo. Estaba claro que el Estado del bienestar era el Estado de la demanda dinámica. El mundo de los negocios terminó aceptando todos los programas de redistribución del ingreso y creación de empleo estatal, así como altos impuestos. Durante los años de gobierno del republicano Eisenhower, la tasa impositiva sobre los ingresos más altos se mantuvo por encima de 90%. El dinero pasaba a manos del Estado; de ahí a las de la población o a contratos de procura, y de vuelta al mundo productivo y a sus ganancias. Un modelo ganar-ganar que es necesario restablecer, pero adecuándolo a las características del paradigma actual.

 

Un ejemplo es la renta básica universal. A diferencia del seguro al desempleo, con su enorme burocracia y la indignidad que lo acompaña, sería un derecho ciudadano administrado con inteligencia artificial y cajeros automáticos. Quienes ganen más de cierto monto, devolverían el excedente en forma de impuestos, así que buena parte de los recursos (que se puede generar la primera vez mediante una expansión cuantitativa) regresaría al fisco. Con el ahorro en burocracia, la disminución de la criminalidad y de las enfermedades, etcétera, se recuperaría otra porción. La religión del balance presupuestario olvida siempre que la prosperidad es la mejor vía para dinamizar el crecimiento. La austeridad lo reduce. Y aprovecho para manifestar mi discrepancia con quienes se oponen al crecimiento por consideraciones de orden ambiental. Con los niveles de pobreza actuales sería insensato dejar de crecer. Es posible hacerlo mientras se reduce el contenido material de la producción y se alarga la vida útil de los productos, sometiéndolos a mantenimiento y actualizaciones para que puedan ser usados durante muchos años y por muchas personas.

 

 

La innovación es el centro de su propuesta para que, en dos generaciones, América Latina transite a un estadio superior de desarrollo. ¿Sigue abierta la ventana de oportunidad para esta añeja reivindicación latinoamericana?

Las ventanas de oportunidad son como un blanco móvil: siempre existen, solo que las hay anchas y angostas, accesibles e inaccesibles. Con la sustitución de importaciones, América Latina aprovechó la ventana provista por la madurez de las tecnologías y por los mercados de la producción en masa de las décadas sesenta y setenta del siglo pasado. Fue un modelo muy inteligente y peculiar, basado en alta protección arancelaria y baja productividad, así como en la importación de piezas para su ensamblaje. Su despliegue, permitió consolidar una amplia clase media educada, así como la infraestructura y los servicios requeridos para una economía dinámica de mercado.

 

También dejó un cierto nivel de experiencia en las industrias de procesos. A diferencia de las de fabricación —donde generalmente solo ensamblamos piezas importadas—, las industrias de proceso exigían realizar el ciclo completo y adaptarlo a las condiciones locales, conectando con la producción local de los sectores agrícola, forestal o minero. Eso permitió acumular capacidades tecnológicas y, en muchas ocasiones, innovar. Un ejemplo clásico, entre muchos, es la cerveza, con muchas décadas de innovación. O la salsa de jitomate de marca extranjera, que tuvo que adaptar su proceso a la forma, tamaño y sabor del fruto local.

 

La oportunidad que nos brindó la sustitución de importaciones pasó y la que tenemos ahora es distinta. Asia ya se especializó en la fabricación por ensamblaje y no podremos alcanzarlos en esa experiencia, en ese conocimiento ni competir con sus bajísimos salarios. Pero con una elevada dotación de recursos naturales y una población relativamente escasa, América Latina puede especializarse en las industrias de procesamiento —agroindustria, química, metalurgia, farmacia, biotecnología, nanotecnología, etcétera— cubriendo todo el espectro, desde las materias primas hasta los nichos de especialización de punta, apoyándose en una capa creciente de pequeñas empresas de alta tecnología.

 

Claro que esa especialización no significa negarse a participar en las industrias de ensamblaje, especialmente en el caso de México por su cercanía a Estados Unidos y de Brasil por su tamaño. Todos los países tendrían una variedad de industrias y servicios, pero con sectores de punta y de altos niveles de innovación, contribuyendo al fisco y a la generación de divisas. Es lo que llamo indicar un rumbo de consenso.

 

 

¿Qué se requiere para que América Latina transite de un modelo de empleados para la producción en masa a otro de micro-emprendedores innovadores?

No hay que exagerar esa dicotomía. La sociedad requiere empresas grandes, medianas y pequeñas, dependiendo de los productos, los servicios y las tecnologías. El sueño de los microemprendedores es convertirse en una empresa muy grande y con muchos empleados. Lo que sí se requiere es que las empresas de cualquier tamaño estimulen la creatividad y que todos —sean jefes, empleados o emprendedores— tengan una actitud innovadora.

 

Para lograrlo, lo primero que tenemos que cambiar es el sistema educativo. Si desde niños hasta la universidad se enseña que las preguntas tienen una sola respuesta —la que da el profesor y se responde en el examen— entonces se mata el espíritu de pensamiento independiente e innovador. Necesitamos educar en la capacidad de pregunta y no solo de respuesta. Aparte del dos más dos son cuatro, hay multitud de interrogantes con posibilidades infinitas y hay que aprender a encontrarlas y evaluarlas. Ya no tenemos que almacenar toda la información en la cabeza porque está disponible en internet; más bien, hay que saber buscarla y discernir entre lo que vale y lo que no. Es otra forma de aprender y es importante que el estudiante gestione su propio aprendizaje, con el profesor como estimulador y facilitador. Además, hay que aprender a trabajar e investigar en grupo. La educación tiene que ser una constante, lo que implica entradas y salidas de la universidad o de la escuela técnica a lo largo de toda la trayectoria profesional.

 

Claro que todo eso parece imposible, pero la experiencia de la covid-19 nos ha enseñado que hay otras herramientas para el aprendizaje y que podemos intensificar su uso. Solo que, si no se toma conciencia de la necesidad del cambio ni se toman acciones decididas, nunca lo haremos realidad.

 

 

¿Por qué este salto al desarrollo requiere una alianza entre el mundo de los negocios, los gobiernos y la sociedad?

Lo primero que hay que entender es que la desigualdad creciente genera violencia, desestabiliza el sistema político y termina por romper la paz social. La policía puede mantener el orden cuando se trata de unos cuantos criminales, no del descontento y la protesta masiva. El sistema político empieza a quebrarse y aparecen populistas recogiendo el resentimiento y la rabia. La justicia que prometen deriva, en no pocas ocasiones, en fracasos económicos, autocracia política y, casi siempre, en cleptocracia. En condiciones como esta, ni siquiera es posible la prosperidad de unos pocos.

 

El capitalismo es un sistema muy peculiar, casi increíble. Se sustenta en la idea de que, si millares de personas deciden libremente producir, fijar precios, comprar, educarse, invertir e innovar, el resultado permitirá una sociedad próspera y en constante crecimiento. De lo que no estamos conscientes es de la lógica común que hace que el sistema funcione, cuando funciona. Cada revolución tecnológica es un conjunto de herramientas y posibilidades que comparten una especie de lógica común, lo que yo he llamado un paradigma tecnoeconómico, un “sentido común” que guía nuestra participación en el mercado, sea como productores, inversionistas o consumidores.

 

Pero cada paradigma abre múltiples opciones. El de producción en masa fue usado por Hitler, Stalin y las democracias occidentales de modos muy distintos. Cuando Mao vistió todo el mundo con el mismo uniforme azul, estaba siguiendo la misma lógica de Henry Ford cuando dijo que usted podía tener un auto de cualquier color con tal de que fuera negro. Ahora tenemos un paradigma muy distinto. Además de su tendencia a lo intangible y a la innovación constante, ofrece posibilidades de variedad y adaptación casi infinitas. Eso hipersegmenta los mercados y cambia las condiciones de competencia, abriendo un amplísimo abanico de posibilidades. Significa, además, que en este paradigma es aún más importante fijar el rumbo y promover sinergias. Si cada uno toma su propio camino —los hay más variados que nunca— será muy difícil que se compartan proveedores, apoyo tecnológico, personal calificado, infraestructura técnica y tantas otras cosas que conforman los sistemas nacionales, regionales y sectoriales de innovación.

 

La sinergia innovadora consolidó a Silicon Valley como un poderoso competidor en el campo de la informática, así como Chicago y Detroit lo fueron en el pasado en otras ramas productivas. También explica por qué Nueva York y Londres son los indiscutidos centros financieros globales o, más recientemente, por qué Asia es hoy la fábrica mundial de artefactos eléctricos y electrónicos de consumo masivo.

 

En casos aislados, puede ser que el mercado por sí solo logre construir este tipo de arreglos; pero la historia indica que, casi sin excepción, el sector público juega un rol determinante en este empeño. En muchos casos dependió de líderes preclaros o de una combinación de coincidencias, pero ahora que entendemos la lógica del proceso no podemos dejarlo al azar.

 

 

¿Existen condiciones para promover una iniciativa mundial que, al estilo del Plan Marshall, promueva el desarrollo de los países con mayor atraso relativo?

Todavía no, pero vamos en camino. Los países tradicionalmente avanzados tienen un severo problema de demanda: sus consumidores se han convertido en parte sustancial de la demanda de las economías de los países emergentes y no de la de los suyos. Precisamente una de las razones por las que han podido restringir el aumento de salarios son los bajos precios relativos de la producción globalizada. Aunque sus gobiernos quieran, la producción de bienes de consumo masivo no va a regresar a las naciones avanzadas y, si lo hace, será con base en la robótica. Hay por lo tanto dos fuentes disponibles para el crecimiento del empleo en los países desarrollados: el crecimiento “verde” y la prosperidad de las naciones en vías de desarrollo.

 

El crecimiento “verde”, la primera de estas fuentes, supone un cambio en los estilos de vida orientado a sustituir productos por servicios y, en el caso de productos no reemplazables —de refrigeradores a muebles—, alargar su vida útil promoviendo su mantenimiento; el alquiler y no la compra, y el reciclaje al final de su vida. En este caso, habría que elevar el ingreso del personal que realiza estos servicios, así como el Estado de bienestar lo hizo en el pasado con los salarios de los trabajadores de la línea de ensamblaje para que pudieran comprar viviendas suburbanas, autos y mil cosas más.

 

La segunda fuente, un nuevo Plan Marshall con decenas de países de mayor atraso relativo incorporándose a la senda del desarrollo, ampliaría sustancialmente el mercado para los bienes de capital, los proyectos de ingeniería, la educación de alto nivel y los artículos de lujo, inclusive. Ese desarrollo pleno, si va a ser sustentable, depende a su vez de bienes de capital e infraestructuras adecuados a las condiciones climáticas y de escala de cada país. Un fondo para el desarrollo, alimentado por un impuesto a las transacciones financieras, tendría el potencial para crear oportunidades de inversión en múltiples países y desarrollar mercados para los proveedores de equipos e ingeniería.

 

El mundo está a las puertas de una época dorada de crecimiento verde, digital, saludable y global. Sería un arreglo ganar-ganar en el que, además de reactivar el empleo en los países avanzados, se promovería el desarrollo y el trabajo de los países en desarrollo, reduciendo significativamente las migraciones, la violencia y el drenaje de cerebros que los afecta y empobrece. Esperemos que la pandemia logre sensibilizar, a líderes y ciudadanos por igual, de la oportunidad de prosperidad compartida que se nos brinda. La historia no perdonará que la desperdiciemos.

 

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