Política industrial mexicana, ¿de la mano con una apertura económica?

Entrevista con José Luis de la Cruz, director general del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico

Por: Susana Sáenz Arelle

Política industrial mexicana, ¿de la mano con una apertura económica?
En entrevista con Comercio Exterior, José Luis de la Cruz presenta una panorámica de la industria mexicana, llama la atención sobre su heterogeneidad, la escasa incorporación de contenido nacional a las exportaciones y la falta de  encadenamientos productivos internos. Partimos de una dinámica de crecimiento tan baja, señala, que con una política industrial bien estructurada y apoyos puntuales bien dirigidos se configuraría un escenario favorable para crecer  entre 4 y 6 por ciento cada año. Para los propósitos de desarrollo del país, eso haría una gran diferencia.

¿Cuál es el panorama general de la industria del país a un año del confinamiento decretado por las autoridades sanitarias?
La industria mexicana enfrenta un panorama muy complejo, así lo evidencia el retroceso de poco más de 10% experimentado en 2020. Una caída de esa magnitud no se había observado en muchos años y puede atribuirse, en  esencia, al desempeño del sector exportador (sobre todo, manufacturas vinculadas con el intercambio comercial en América del Norte) y al de la construcción (muy afectada por el confinamiento y la cancelación de varios proyectos  relevantes).

Hay que destacar, sin embargo, que la crisis sanitaria y económica encontró a una industria ya debilitada. Su crecimiento promedio anual en las dos décadas que van del presente siglo fue de solo 0.8%, inferior incluso al  crecimiento demográfico. Hacia adelante, las manufacturas orientadas a la exportación ya muestran signos de reactivación, pero entre las empresas que atienden al mercado interno el escenario no es alentador, por lo menos en  estos primeros meses de 2021.

 

¿Cuál es el balance regional y sectorial de la crisis que vive el sector industrial?
Tanto en el ámbito regional como en el sectorial los descensos son generalizados. En todos los estados de la república, con la única excepción de Tabasco, la actividad industrial retrocedió en 2020. De los cuatro grandes  componentes de la industria nacional, la construcción registró el mayor retroceso con -17%, seguido por las manufacturas con -10%. La minería, y la producción de electricidad y de agua también reportan trayectorias descendentes.

En el caso específico de la construcción, las obras de ingeniería civil resintieron las dificultades de los tres órdenes de gobierno para mantener en marcha los proyectos ya autorizados. En este rubro en particular, se reportan caídas  superiores a 20%. También hay descensos en la edificación, sobre todo en el segmento de casas habitación, así como el correspondiente a la construcción de oficinas y otros inmuebles destinados a la actividad empresarial. No hay  que perder de vista que la construcción es un termómetro del ambiente que priva en los negocios del país. En última instancia, su comportamiento refleja la disposición del resto de los sectores a invertir en edificación o  rehabilitación de casas, oficinas, fábricas, bodegas o caminos.

En el caso de las manufacturas, vemos signos alentadores en la fabricación de equipos de cómputo, así como en las industrias eléctrica y electrónica, en buena medida  asociados a la evolución positivamente moderada de las exportaciones. También se percibe un repunte en la actividad de la industria automotriz, obstaculizada recientemente por la escasez mundial de circuitos integrados. La  producción de alimentos, bebidas y tabaco, también se está recuperando. En donde hay un signo de interrogación es en la generación de electricidad y gas, porque las inversiones no están fluyendo en la cuantía que se requiere para reactivar la actividad.

 

¿Cómo se perfila la recuperación de la actividad industrial del país? ¿Qué actividades productivas podrán hacerlo en un plazo menor y a cuáles les tomará más tiempo?
Buena parte de las actividades orientadas al mercado externo ya manifiestan signos de reactivación. Condición que se observa en la fabricación de maquinaria y equipo, en la industria aeronáutica y en la producción de  electrodomésticos, pantallas y otros bienes finales de exportación. En un segundo momento, veremos una reactivación de la construcción y de la manufactura orientada al mercado interno. Una recuperación que yo llamo contable,  porque la base de comparación será baja, le corresponderá la de los meses más críticos de 2020. A partir de abril, por lo tanto, empezaremos a ver datos positivos que seguramente se extenderán, por lo menos, hasta septiembre u octubre de este mismo año. La reactivación impulsará el consumo de electricidad, gas y agua, insumos fundamentales para la actividad industrial. Entonces veremos si el sector energético mexicano tiene la capacidad de satisfacer  adecuadamente la demanda. La parte que tiene quizá un poco más de rezago es la parte industrial vinculada a la extracción de petróleo. Por las características de sus inversiones, con horizontes más largos de maduración, sus  resultados muy probablemente empezarán a materializarse hacia 2022 o 2023.

 

Con una recuperación en los términos que describe, ¿hay riesgo de que se acentúe la heterogeneidad característica del tejido industrial del país?
Acabas de tocar un elemento central. Las crisis ponen a prueba la capacidad de adaptación de los negocios. La fabricación digital, el trabajo en la nube, la inteligencia artificial y el comercio electrónico son tecnologías que ofrecen  soluciones empresariales para enfrentar los desafíos de la actual crisis económica. Vemos en el mundo que grandes empresas, y otras de menor tamaño, están acelerando su transición al mundo digital para defender y ampliar sus  cuotas de mercado. Para darnos una idea, entre enero y febrero de este año, la actividad industrial de China creció 35% a tasa anual, y la de manufacturas lo hizo a casi 40%. Muchas de esas grandes empresas trasnacionales  operan en México y lo hacen con parámetros semejantes de eficacia, innovación tecnológica e impulso al capital humano, por lo que seguramente se recuperarán en un tiempo más corto. El gran desafío de la crisis económica en  marcha es evitar que las medianas y pequeñas empresas mexicanas se rezaguen, debemos buscar los apoyos más adecuados para acompañar su recuperación y democratizar el salto digital.

 

¿Qué medidas concretas recomendaría para integrar a un mayor número de empresas mexicanas a la dinámica de los mercados de exportación?
El primer elemento —y que no le cuesta nada al gobierno— es garantizar un piso parejo; es decir, que las importaciones que llegan al país lo hagan cumpliendo los mismos requisitos que se le exigen a la empresa mexicana. Aquí  incluyo desde los derechos laborales, la emisión de contaminantes, vigilar que sus precios reflejen los costos de mercado —sin subsidios ni manipulaciones cambiarias—. Son prácticas habituales de supervisión y regulación  que garantizarían una competencia justa y benéfica para las empresas del país, y sin costo para el erario.

El segundo elemento, emulando una de las medidas instrumentadas en Estados Unidos y en otros países para impulsar la reactivación de sus economías, es fijar mínimos de contenido nacional a los insumos requeridos para los  programas emergentes de construcción de infraestructura, favoreciendo así a los proveedores nacionales. Este incentivo tampoco implica un costo para el erario porque, al final del día, la compra de estos insumos ya está  presupuestada y se tiene que hacer de cualquier manera.

Tercero. Promover la sustitución competitiva de insumos importados. Garantizar precios de energía adecuados, seguridad, Estado derecho y mejor logística para que los bienes producidos en el país compitan en precio y calidad  con los que hoy importamos. El financiamiento también es muy importante, particularmente el que suministra la banca de desarrollo para impulsar sectores estratégicos. Con la suma de estos elementos, México daría pasos firmes para construir un sector industrial más robusto y dinámico. La política industrial ocupa un lugar destacado entre las acciones puestas en marcha por los gobiernos de todo el mundo para reactivar sus economías. Desde tiempo  atrás, cosecha éxitos en China, Corea y Vietnam, y ahora la promueven abiertamente los gobiernos de Estados Unidos, Francia, Alemania y de otros países de la Unión Europea. Se trata de una política industrial moderna que, sin  renunciar al comercio internacional ni a la apertura económica, busca generar mejores condiciones y suministrar apoyos directos para promover la competitividad internacional de las empresas.

 

Aumentar el contenido nacional de las exportaciones es uno de los grandes retos de México, ¿hay avances en este rubro o somos aún un país predominantemente maquilador?
Únicamente entre el 25 y el 27 por ciento del valor de las exportaciones mexicanas de manufacturas corresponde a contenido nacional. Tres cuartas partes de su valor se incorpora fuera de nuestras fronteras. Nos especializamos  como país en fases del proceso productivo de bajo valor agregado, de ensamble simple de componentes y esa realidad no ha variado sustancialmente en las últimas décadas. Pero es ahí donde existe una gran área de oportunidad.  Uno de los paradigmas que se extienden rápidamente por el mundo es, precisamente, el promover la construcción de capacidades productivas que amplíen la creación y captura de valor al interior de las cadenas  globales. Ese es el tipo de transición a la que México debe aspirar. Lleva tiempo, pero evidentemente, el mensaje de la crisis de 2020 es que necesitamos trabajar rápidamente para buscar aumentar la capacidad transformadora de  las empresas mexicanas, sobre todo las pequeñas y medianas, y transformar su realidad con procesos más eficientes, mejor maquinaria y capital humano más competente.

 

¿Hay condiciones en México para poner en marcha una política industrial? ¿Cuáles serían los elementos más relevantes de su propuesta?
Sí las hay. El presidente López Obrador ha dicho que está de acuerdo en tener una política industrial más activa. De momento lo que falta es que se genere desde el Estado. La propia secretaria de Economía, Tatiana Clouthier, ha  expresado la conveniencia de instrumentar una política industrial en el país y lo mismo ha hecho el nuevo subsecretario de Comercio Héctor Guerrero. De manera que hay un entorno favorable y la intención, al menos, de dejar  atrás la lamentable época donde se decía que la mejor política industrial es aquella que no existe. El entorno internacional también es favorable. En muchos países del mundo se pone en práctica una serie de medidas para  fortalecer su tejido industrial y se hace de forma abierta.

Desde nuestro punto de vista, lo que debe impulsarse es una política industrial con visión social; es decir, su objetivo último debe ser un desarrollo económico y social  equilibrado que cierre brechas. Promover un crecimiento armónico que dinamice todos los sectores, pero que ponga especial atención en aquellas actividades y regiones del país que exhiben mayor rezago. Segundo. Esta política industrial debe centrarse en el ser humano e impulsar un modelo económico que promueva la inclusión y el bienestar social. Sobre esto hay que tener tres conceptos muy claros: debemos ir hacia un mayor contenido nacional,  hacia un mayor valor agregado y hacia un mayor encadenamiento de las empresas mexicanas. Para que sea sostenible debemos robustecer la productividad, la competitividad y la calidad de nuestros procesos productivos. Es ahí  en donde entran elementos como la banca desarrollo para financiar a sectores estratégicos y las asociaciones público-privada para impulsar sectores en los que hay coincidencia. Buscar que la inversión y el gasto públicos impulsen lo hecho en México y, finalmente, un sistema educativo sólido, promotor del conocimiento y generador de nuevas tecnologías.

 

¿Qué medidas novedosas se están tomando alrededor del mundo para fortalecer el tejido industrial y cómo podrían aplicarse adecuadamente en el país?
El actual gobierno de Estados Unidos, nuestro principal socio económico y miembro del T-MEC, considera a la política industrial como un elemento relevante de su propuesta económica. El presidente Biden pretende que la   manufactura ocupe un papel relevante en la dinámica económica y contribuya a la recuperación como ya lo hizo en otros momentos críticos del país: durante la segunda posguerra mundial, por ejemplo. No debe perderse de vista,  además, que uno de los objetivos de la renegociación del acuerdo de libre comercio de América del Norte fue precisamente el de elevar el contenido regional de la producción manufacturera. Si Estados Unidos está tomando  medidas para aprovechar esta nueva coyuntura, México también debería hacerlo.

Otro socio importante, China, lleva años aplicando diversas estrategias para impulsar su sector industrial, su política actual de fomento se ocupa, especialmente, de las actividades vinculadas a la economía digital. Alemania y  Francia, que también han realizado importantes inversiones productivas en México, aplican una política industrial en la que su banca pública desempeña un papel relevante en el desarrollo de sectores estratégicos. Finalmente,  toda la plataforma del Este asiático —donde podemos englobar a Vietnam, Indonesia, Malasia, Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Japón—, está aplicando, como China, políticas para promover el salto digital, mediante el desarrollo de la industria 4.0, la tecnología 5G y la inteligencia artificial.

 

Horizontales o verticales, ¿qué tipo de estímulos debe utilizar el Estado para asegurarse de que el país se especialice en los bienes y servicios y las fases del proceso productivo que más aporten al crecimiento económico?
En un país de contrastes tan marcados como lo es México se precisa un conjunto amplio de medidas. Hay regiones como las del sur-sureste del país —Chiapas, Guerrero, Oaxaca—, donde la industria no está lo suficientemente madura y las políticas de corte horizontal destinadas a asegurar un piso parejo resultan insuficientes. En estos casos, se requieren apoyos directos para impulsar sectores y regiones estratégicos, acompañados con medidas que  fomenten el desarrollo de ecosistema de innovación y de desarrollo tecnológico. Tiene que ser una política integral, donde las medidas de corte horizontal se complementen con las verticales para atender adecuadamente las  necesidades específicas de cada región, con el propósito final de cerrar brechas. Hay sectores que solo van a reclamar apoyos muy puntuales y otros que precisan actuaciones más amplias. Del lado de la oferta, tenemos que apoyar  la innovación, el progreso tecnológico, la educación y el desarrollo industrial. Del de la regulación y de otros elementos propios de la demanda, debemos generar las condiciones para que el mercado incorpore más productos hechos en México.

 

La industria automotriz a nivel mundial transita hacia un nuevo paradigma tecnoeconómico, ¿se están tomando las medidas adecuadas para defender y ampliar la competitividad internacional de la manufactura automotriz establecida en México?
El sector automotor tiene una dinámica propia. En México están establecidos los fabricantes de automotores y de autopartes más importantes del mundo y operan, mayoritariamente, con procesos y estándares de vanguardia. Sin  embargo, para mantener esta trayectoria en el nuevo entorno global y, sobre todo, elevar el contenido nacional de las manufacturas automotrices se necesita articular una cadena de proveeduría nacional, en la que participen  empresas pequeñas y medianas. Me parece que todavía no se están tomando las acciones necesarias para incubar y desarrollar a este tipo de empresas. La inercia nos ayuda, pero evidentemente tienen que generarse condiciones para elevar su grado de atracción y no perder presencia en el mercado, como ocurrió en el último año.

 

Dentro de los sectores y actividades productivas con mayor proyección futura, ¿cuáles deberían ser objeto de una atención prioritaria en la construcción de una política industrial para el  México del siglo XXI?
Lo dividiría en tres grandes grupos. Evidentemente tenemos que pensar en la industria del futuro, donde sobresalen la aeronáutica, la computación, la electrónica, la robótica, la nanotecnología, la biotecnología y sus respectivas  cadenas de proveeduría. Son actividades estratégicas en la construcción de una economía más dinámica, incluyente, competitiva e innovadora.

También están las industrias tradicionales. El desarrollo del país precisa la construcción de más y mejor infraestructura. El país cuenta con una base muy competitiva de productores nacionales de insumos para la industria de la  construcción. Estamos hablando de fabricantes de cemento, vidrio, aluminio, acero y que podrían beneficiarse de programas que promuevan el consumo de productos nacionales. Un tercer elemento es modernizar actividades  tradicionales que contribuyen destacadamente a la generación del empleo en el país. Industrias como la textil y del calzado que pueden ser altamente rentables mediante la incorporación de tecnología de vanguardia como la de  impresión 3D y las vinculadas con la industria 4.0.

Agregaría un bloque más que llamaría como el de la seguridad nacional. Incluyo aquí a la industria farmacéutica que resulta esencial para enfrentar situaciones críticas como la que actualmente vivimos debido a la pandemia de la  covid-19. Asegurar el abasto regular de medicamentos y de dispositivos médicos, mediante el desarrollo de una industria nacional que no solo manufacture y maquile, sino que cuente con las capacidades necesarias para innovar,  registrar patentes, atender las necesidades del país y competir con éxito en los mercados internacionales.

 

La digitalización del sector manufacturero es otro de los grandes desafíos que enfrenta el país. ¿Qué medidas recomendaría para democratizar el salto digital de las empresas mexicanas?
Lo primero, sin lugar a duda, la formación de capital humano. Una fuerza laboral capaz de manejar las distintas herramientas digitales y aplicarlas al mejoramiento continuo de los distintos procesos productivos. De igual relevancia  son los programas de apoyo para fomentar la adopción de la tecnología digital entre las empresas, sobre todo, las de menor tamaño. Que se entienda cuál es el alcance de estas tecnologías y los beneficios que pueden obtener las  empresas con su incorporación. Darle prioridad a la digitalización de las empresas con mayor proyección, aquellas que generen más encadenamientos productivos y más aporten el empleo y al crecimiento de la economía del país.  Finalmente, el financiamiento. Nada de esto funciona si no se cuenta con los recursos para promover el salto digital.

 

¿Qué medidas específicas recomienda para incrementar las capacidades productivas y tecnológicas de las pequeñas industrias?
Primero, financiamiento y después, garantizar esquemas de vinculación. La inversión y el gasto públicos son un mecanismo adecuado para apoyar a las empresas de menor tamaño. Dentro de la política del gobierno, es importante  que exista un requerimiento mínimo de contenido nacional para ciertos sectores estratégicos y que ahí las empresas pequeñas y medianas sean las proveedoras de muchos de estos servicios; además, garantizar una transición  hacia mayor contenido nacional de exportación bajo el mismo esquema. Esto implicaría generar encuentros de negocios donde se facilite el conocer cuáles son las demandas de la economía mexicana respecto a ciertos productos.

 

¿Qué escenarios avizora para la actividad industrial del país? ¿Se siente optimista o pesimista respecto a la evolución futura de la industria en el país?
Todo depende. Con una política industrial bien estructurada se configuraría un escenario propicio para aumentar las capacidades productivas del país, promover la inversión y el desarrollo de empresas nacionales, sobre todo las  de menor tamaño. Partimos de un nivel tan bajo de crecimiento en la industria mexicana que, con ciertas medidas muy puntuales, debería ser relativamente fácil mejorar su desempeño. Pasar de un ritmo de crecimiento de 0.8%,  como el que prevaleció en las dos décadas transcurridas del presente siglo, a otro de 4 o 6 por ciento, eso es una gran diferencia. Sin política industrial, vamos a quedar a expensas de la competencia internacional, con un  crecimiento inercial que reduce significativamente nuestras perspectivas de desarrollo industrial y económico.