¿Cuál es la relevancia de las exportaciones?

Ricardo Hausmann

¿Cuál es la relevancia de las exportaciones?
Aunque es algo que a pequeña escala no resulta tan evidente, todo lo que implica un sector exportador robusto también reporta beneficios en el ámbito local. Las empresas exportadoras son como la selección nacional de futbol, nos  representan como país y todos deberíamos organizarnos para asegurarles el éxito.

¿Por qué las exportaciones deben ocupar un lugar relevante en la estrategia de desarrollo de los países? A fin de cuentas, no tienen que ver con las necesidades básicas de la población: educación, atención a la salud, vivienda,  energía eléctrica, agua potable, telecomunicaciones, seguridad, recreación y el estado de derecho. Entonces… ¿por qué darle prioridad a la producción de bienes y servicios destinados a satisfacer las necesidades de consumidores  foráneos?

Muchos opositores a la globalización suelen plantear este tipo de objeciones nacionalistas para demeritar al libre comercio. También lo hacen, muchos intelectuales de derecha que creen que todas las actividades económicas  deben ser tratadas por igual. Sin embargo, no hay respuestas correctas a preguntas equivocadas. Los gobiernos deben ocuparse prioritariamente de las exportaciones, precisamente, porque les interesa el bienestar de su población.

Empecemos por considerar en qué consiste la economía de mercado. Hay quienes sostienen —entre ellos, el papa Francisco— que es un sistema guiado por la codicia, en el que cada uno se preocupa solamente por sí mismo. No obstante, la economía de mercado es un sistema en el que cada uno se gana la vida haciendo cosas por los demás. Lo que ganamos depende de la forma en que los otros valoran lo que hacemos. La economía de mercado nos  obliga a preocuparnos por las necesidades de los demás, puesto que estas constituyen la fuente de nuestra subsistencia. En cierto sentido, una economía de mercado es un sistema de intercambio de bienes, donde el dinero  simplemente refleja el valor del trabajo que nos hacemos unos por otros.

El intercambio característico de la economía de mercado favorece la especialización. Logramos ser muy buenos en un conjunto limitado de habilidades o productos que intercambiamos por miles de cosas que no sabemos hacer.  Por lo tanto, terminamos haciendo muy pocas cosas y comprando todo lo demás.

Esta dinámica aplica tanto a los individuos como a las ciudades, a las provincias y a los países. En una ciudad podemos encontrar supermercados, salones de belleza, gasolineras y cines que ofrecen sus bienes y servicios a sus  habitantes. Para los economistas, estas son actividades no transables porque se realizan teniendo en mente al consumidor local.

No obstante, los habitantes de la ciudad también se interesan por bienes que ninguno de ellos sabe hacer. Por ejemplo, casi ningún pueblo o ciudad produce alimentos, automóviles, gasolina, medicinas, televisiones o películas.  Por eso, es preciso “importar” estos bienes de otros lugares. Para pagar lo que se pretende traer de lugares distantes, los lugareños deben vender a los extranjeros “algunas cosas” que no saben hacer.

Por supuesto, los forasteros tienen la opción de comprar “esas cosas” en otras localidades. De ahí que los bienes y servicios que un lugar puede vender a quienes no residen allí, tienen gran relevancia para la calidad de vida de su  población. Incluso están directamente relacionadas con su viabilidad: un pueblo minero se convierte en un pueblo fantasma cuando la mina cierra, ya que el supermercado, la farmacia y el cine dejan de tener la capacidad de  comprar las películas, los medicamentos y los alimentos “importados” que necesitan. A diferencia de los bienes no transables, los destinados a la exportación deben ser muy buenos para convencer a los clientes foráneos  —quienes como se señaló pueden adquirirlos en muchos otros lugares—. Esto significa que la relación precio-calidad de los productos destinados a la exportación debe ser especialmente atractiva.

La relación calidad-precio puede elevarse mediante la innovación y la productividad o bien, mediante la reducción salarial. Mientras mayor sea la productividad y la calidad de las actividades de exportación, mayores podrán ser las  remuneraciones de quienes las realizan sin que los productores pierdan competitividad. Si la tasa de empleo en el sector de las exportaciones es significativa, como lo es en la mayoría de los lugares cuyos ingresos no dependen del  petróleo, la remuneración promedio de ese sector repercutirá en la remuneración del resto de trabajadores. En consecuencia, la fortaleza del sector exportador debería ser un tema de interés general.

Debido a que las actividades de exportación son objeto de mayor competencia, los incentivos para innovación y el fortalecimiento de la productividad suelen ser mayores que los de los sectores orientados al mercado interno. Los  modelos de negocio de los bienes transables siempre están amenazados por el surgimiento de nuevos o más eficientes competidores. Consideremos el devastador impacto que tuvo el iPhone sobre Nokia, otrora orgullo de  Finlandia y reina de los teléfonos móviles, o las consecuencias de la revolución del esquisto sobre los países productores de petróleo convencional.

Los lugares exitosos suelen iniciar con unas cuantas industrias tecnológicamente simples que son lo suficientemente competitivas como para exportar sus productos y, con el paso del tiempo, integrar una canasta amplia de  productos exportables complejos y fabricados con tecnologías avanzadas por un número cada vez mayor de empresas. Por ejemplo, en 1963 el 97% de la canasta de exportación de Tailandia estaba conformada por productos  agrícolas y mineros como arroz, caucho y yute. Para 2013, estos productos representaban menos del 20% del total, mientras que maquinaria y productos químicos contribuían con el 56% del total.

Una transformación semejante se advierte en cada uno de los países en desarrollo que han prosperado y que no pertenecen a la OPEP. El éxito de un lugar guarda un vínculo estrecho con la capacidad de su población para  producir bienes más complejos y competitivos, como lo muestran Singapur, Turquía e Israel.

Entonces, ¿qué deberían hacer los países, las provincias y las ciudades? Los escépticos tal vez recomendarán enfocarse solamente en arreglar las cosas que le importan a la población local, como la educación o la infraestructura, o  mejorar el “entorno empresarial” para todos. Las exportaciones se cuidarán solas, será su conclusión.

Sin embargo, la vida no es así de simple. Las actividades de exportación tienen una dinámica propia. La normatividad de los bienes transables, por ejemplo, suelen diferir de aquella que se aplica a los bienes no transables.  También hay diferencias puntuales en temas relacionados con infraestructura, conocimientos y dominio de la tecnología. El lanzamiento de nuevos productos o líneas de negocios siempre representa un desafío, pero es mayor para  las actividades transables que, desde sus primeros pasos, deben enfrentar a la competencia extranjera. Además, los exportadores necesitan conexiones particularmente sólidas para allegarse competencias técnicas de otras  regiones del planeta, de ahí su exposición a la inversión extranjera, la migración y los vínculos profesionales internacionales.

Para sobrevivir y prosperar, las sociedades deben prestar atención especial a las actividades productivas orientadas a los mercados externos. De hecho, el trabajo coordinado para ampliar las capacidades productivas y superar  obstáculos es una de las lecciones más importantes de los milagros de crecimiento de Asia Oriental e Irlanda.

Las actividades no transables son parecidas a las competencias deportivas. En una liga local cada equipo tiene su propio grupo de fanáticos. Las empresas exportadoras son como la selección nacional: nos representan como país y  todos deberíamos ser hinchas suyos y organizarnos para asegurarles el éxito.

 

Copyright: Project Syndicate (2015), traducción de Ana María Velasco.