Una plataforma regional de producción manufacturera1

Christopher Wilson

Una plataforma regional de producción manufacturera1
Medir el comercio de bienes finales entre México y Estados Unidos es vital pero no es suficiente. El autor recurre a bases de datos recientes sobre comercio intraindustrial e intraempresa, rutas de bienes intermedios y comercio en valor agregado para mostrar cuán profunda es la integración comercial de Norteamérica.  

El comercio entre Estados Unidos y México ha crecido enormemente desde la última década del siglo pasado. Entre 1993 —año previo a la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN)— y 2015, el intercambio bilateral de bienes y servicios se multiplicó por seis.2 En el último año del periodo, el comercio total alcanzó un valor de 584 mil MDD, lo que significa que Estados Unidos y México comercian más de un millón de dólares en bienes y servicios por cada minuto. Estados Unidos es el principal mercado de exportación para los productos mexicanos, mientras que México es el segundo mayor comprador de bienes de Estados Unidos a nivel mundial, solo superado por Canadá. La relación comercial bilateral es de tal magnitud que las economías de Estados Unidos y México dependen significativamente una de la otra.

Aunque el comercio impresione por su magnitud, este no es el rasgo más relevante de la relación económica entre Estados Unidos y México; lo es, en cambio, la creciente integración de sus procesos productivos y la forma como ha modificado la relación económica entre ambos países. Estados Unidos y México no se limitan a comerciar productos finales entre sí, sino que los producen en forma conjunta. Las redes de producción se extienden a ambos lados de la línea divisoria y, con frecuencia, las piezas y los materiales cruzan varias veces la frontera en el curso del proceso de fabricación.

El petróleo mexicano, por ejemplo, puede enviarse a Luisiana, Estados Unidos, donde se refina y se convierte en plástico; posteriormente arriba a la región estadounidense del Medio Oeste, donde una máquina de moldeado por inyección fabrica los componentes del tablero de instrumentos. Estas piezas regresan a la zona fronteriza de México para el armado del tablero y este, a su vez, viaja al Bajío mexicano para ser ensamblado en el producto final. La mayoría de los automóviles terminados pueden enviarse a Estados Unidos para su consumo final o bien para su comercialización en otras partes del mundo. Se calcula que, gracias a operaciones como estas, los principales componentes de un automóvil fabricado en América del Norte cruzan las fronteras de Estados Unidos con Canadá y de Estados Unidos con México ocho veces en promedio hasta obtener el producto final.3 Es tal el grado de integración que ya no es posible seguir hablando de un automóvil estadounidense, canadiense o mexicano. Solo existen autos norteamericanos que incorporan piezas y materiales provenientes de toda la región. Aunque la competencia entre los productores de ambos lados de la frontera puede y debe existir —y en efecto existe—, en este punto es más adecuado concebir a Estados Unidos y México como socios de negocios que trabajan para mejorar la competitividad de sus operaciones conjuntas más que competidores luchando por cuotas de mercado (ver la Gráfica 1).

 

 

Desde la puesta en marcha del tlcan en 1994, las cadenas de valor transfronterizas se han convertido en la característica definitoria de la relación económica entre Estados Unidos y México. Sin embargo, por muchos años resultó laborioso calcular y monitorear la profundidad de la integración económica que tenía lugar, ya que solo se contaba con estadísticas convencionales de comercio. Las cifras obtenidas a partir de este tipo de mediciones muestran que entre 1993 y 2015 el comercio bilateral se multiplicó por seis hasta alcanzar su valor actual de más de medio billón de dólares. Un crecimiento de gran magnitud que, sin embargo, hace poco para describir la naturaleza de la integración productiva que se ha venido gestando en las últimas décadas. En este breve ensayo se examinarán diversas bases de datos recientes para intentar conocer más a fondo la evolución y el estado actual de las redes de producción compartida que unen a Estados Unidos y México.

 

Comercio intraindustrial e intraempresa

 

Tradicionalmente, cuando dos países comercian, se espera que cada uno de ellos se especialice en el tipo de bienes que mejor produce. En el caso que nos ocupa, esto significaría que México se especializaría en la producción intensiva en mano de obra, mientras que Estados Unidos lo haría en las industrias intensivas en capital. Aunque en cierta medida una especialización de este tipo ha tenido lugar, es mayor el intercambio de productos pertenecientes a aquellas categorías en las que ambos países tienen grandes industrias especializadas. De hecho, las principales exportaciones de Estados Unidos a México, así como las de México a Estados Unidos, se agrupan en las mismas cuatro grandes categorías: maquinaria, vehículos, maquinaria eléctrica y combustibles minerales.4 Esto apunta a un alto grado de comercio intraindustrial. Las mediciones realizadas a cada uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos apoyan esta interpretación. Como se aprecia en el Cuadro, solo el intercambio entre Estados Unidos y Canadá supera el valor del comercio intraindustrial que se registra entre Estados Unidos y México. Ahora bien, el nivel registrado por el índice no demuestra necesariamente la integración vertical (producción conjunta), pero sí revela que el comercio bilateral va más allá del intercambio de vinos por telas —para citar el famoso caso de Ricardo— o de aguacates por granos.

 

 

Más aún, gran parte del comercio entre Estados Unidos y México no solo se realiza entre las mismas industrias, sino también entre las mismas empresas. Desde 1993, el saldo total de la inversión extranjera directa bilateral pasó de 16 mil MDD a 109 mil MDD. Cuando las empresas estadounidenses y mexicanas abren filiales en el país vecino, tienden a desarrollar redes de comercio transfronterizo con el propósito de abastecer sus operaciones. En 2012 (el año más reciente con cifras disponibles), el comercio entre las empresas matrices estadounidenses y mexicanas con sus filiales de propiedad mayoritaria al otro lado de la frontera ascendió a 97.9 mil MDD, lo que equivaldría a 19% del comercio bilateral de mercancías.5 Una porción de este intercambio intraempresa se realiza en las redes mayorista y minorista de comercio, pero la más cuantiosa se da en el sector manufacturero.6 Esto sugiere que una parte considerable del comercio intraempresa de la región se realiza al amparo de una sólida plataforma de producción compartida de bienes manufactureros en toda Norteamérica. Las empresas de la región han creado cadenas regionales de valor altamente competitivas que se extienden por todo su territorio y que aprovechan las economías de escala y las ventajas comparativas de cada país.

 

Cadenas transfronterizas de suministro

 

Evidentemente, la mayoría de las cadenas regionales de valor no solo están conformadas por una misma empresa con múltiples emplazamientos a ambos lados de la frontera, sino por una compleja red de proveedores, fabricantes de materiales y plantas armadoras que involucran a un elevado número de empresas distintas. La base de datos de World Input-Output Database permite monitorear la ruta de los bienes intermedios producidos en un país que luego se comercian y utilizan como insumos para la fabricación en otro país.7 En 2011, el año más reciente para el que estos datos están disponibles, la industria mexicana consumió 140 mil MDD de bienes intermedios estadounidenses, en tanto que las industrias de Estados Unidos consumieron el equivalente a 111 mil MDD de insumos de México, evidencia directa de que la producción compartida entre ambos países tiene lugar a gran escala.

Aunque no son directamente comparables —y cualquier intento en este sentido debe de hacerse con cautela— la relación entre estas cifras y las de las estadísticas convencionales del comercio exterior entre Estados Unidos y México resulta reveladora. Si todos los insumos mexicanos utilizados en la producción estadounidense en 2011 fuesen importados por Estados Unidos de manera independiente en ese mismo año, su valor equivaldría a 42% de todas las importaciones de Estados Unidos provenientes de México. En ese mismo sentido, si todos los insumos estadounidenses utilizados en la producción mexicana en 2011 fuesen importados en ese mismo año, el monto total de sus operaciones correspondería a 53% de las exportaciones de Estados Unidos destinadas a México. La Gráfica 2 muestra la creciente utilización de bienes intermedios mexicanos y estadounidenses en los procesos productivos de ambos países desde 1995. En 2011, el valor de los insumos provenientes de estos países que se incorporaron a la producción de ambos lados de la frontera ascendió a 251 mil MDD, casi cuatro veces más que los 65 mil MDD registrados en 1995. Por su vecindad, y con el apoyo del tlcan, Estados Unidos y México han desarrollado estrechos vínculos comerciales y ampliado su contribución a sus respectivos procesos productivos.

 

 

Tendencias de la producción compartida

 

Al tiempo que la participación de México y Estados Unidos en el valor de las cadenas bilaterales de suministro muestra un incremento consistente, mediante el análisis de la información de la Trade in Value Added Database (TIVA), recientemente creada por la OCDE y la OMC, es posible identificar cómo se ha modificado su contribución relativa a lo largo del tiempo. La TIVA permite distinguir entre comercio bruto (es decir, la estadística convencional de importaciones y exportaciones que contabiliza el valor total de un producto cada vez que cruza una frontera) y comercio en valor agregado (el cual separa los contenidos, extranjero y doméstico, de los bienes y servicios comerciados). A partir de este último, es posible apreciar la medida en que los insumos intercambiados entre Estados Unidos y México se incorporan a las exportaciones brutas de cada país. De manera interesante —y lógica—, las gráficas 3 y 4 muestran la estrecha relación que existe entre la participación de los insumos de un país en la producción del otro y la proporción del valor agregado de un país en las exportaciones del otro.

 

 

Para el caso de México y su contribución a la producción estadounidense, la historia es simple: el crecimiento es continuo. Del mismo modo que los bienes intermedios mexicanos incorporados como insumos en la producción estadounidense han crecido de manera ininterrumpida desde la década de los noventa en términos absolutos, también lo ha hecho su participación relativa, así como el porcentaje del valor agregado mexicano incorporado en las exportaciones estadounidenses (ver la Gráfica 3). Las industrias estadounidenses están descubriendo que al confiar en los proveedores mexicanos, pueden mejorar la productividad y la competitividad de sus negocios. Los porcentajes de participación de México en las exportaciones estadounidenses y el consumo de bienes intermedios siguen siendo en general relativamente bajos, lo que refleja la magnitud de la economía de Estados Unidos y sus robustas cadenas internas de suministro (que aportan el 85% del valor de las exportaciones de ese país), pero el crecimiento continuo de la participación mexicana pone de relieve el valor que los productores están descubriendo en la regionalización de sus cadenas de suministro.

Como se muestra en la Gráfica 2, el valor de los insumos estadounidenses vendidos a México excede al de los insumos mexicanos enviados a Estados Unidos. Dado que México envía aproximadamente 80% de sus exportaciones brutas a Estados Unidos, no debe ser ninguna sorpresa que muchos de los insumos estadounidenses exportados a México terminen en manos de consumidores estadounidenses en forma de productos terminados. Un estudio con cifras de 2004 encontró que las importaciones estadounidenses de bienes finales provenientes de México contenían 40% de valor agregado en Estados Unidos, un porcentaje significativamente más elevado que el contenido en las importaciones estadounidenses provenientes de otros países incluidos en el estudio (por ejemplo, 25% para Canadá y solo 4% para China).8

En lo que se refiere a Estados Unidos, se observan algunos altibajos tanto en la participación relativa de sus insumos totales en la producción mexicana como en el valor agregado en ese país e incorporado a las exportaciones mexicanas (ver la Gráfica 4). Después de la aprobación del tlcan, en los noventa, ambos porcentajes aumentaron, pero a medida que las cadenas de valor se volvieron más globales y China, en particular, aumentó su participación en estos sistemas globales de producción, la cuota estadounidense se redujo.9

Esta creciente integración de América del Norte, evidenciada en todos los indicadores de comercio e interdependencia de los noventa, y su cambio de tendencia en la década posterior, han sido objeto de cierto debate entre académicos.10 Algunos interpretan este último como una señal de desintegración regional y otros lo consideran una consecuencia natural del crecimiento de las economías emergentes. Encuentro más convincente la segunda postura, sobre todo si se considera el incremento consistente de la participación absoluta de Estados Unidos en las cadenas de valor mexicanas y la fortaleza general de la economía de América del Norte. Sin embargo, no hay espacio para la complacencia. Existen múltiples razones para creer que el endurecimiento de las medidas de seguridad fronterizas tras los ataques terroristas del 9/11 elevó los costos para aquellos que participan en las cadenas regionales de producción.11 Existe, además, un amplia gama de iniciativas de políticas nacionales y binacionales que deben instrumentarse para reforzar la competitividad regional, las cuales van desde la planeación e inversión en infraestructura hasta la reforma educativa, pasando por el fortalecimiento de los programas de capacitación laboral, así como el mejoramiento de la movilidad de la mano de obra, por citar unas cuantas.

 

Conclusiones

 

Estados Unidos y México están estrechamente vinculados mediante cadenas regionales de valor que se extienden y entrelazan a ambos lados de la frontera. Este profundo nivel de integración conlleva importantes implicaciones para la economía regional y para los políticos responsables de su gestión. En primer lugar, los ciclos económicos de Estados Unidos y México están ahora estrechamente vinculados. Los dos países siguen cursos similares en épocas de crecimiento y de recesión, lo cual exige una mayor coordinación y comunicación en temas de gestión macroeconómica. En segundo lugar, Estados Unidos y México están ahora vinculados en términos de productividad y competitividad. Las reformas encaminadas a mejorar la productividad y las inversiones productivas tienden a fortalecer la competitividad del país que las realiza, pero también contribuyen a la competitividad regional. Por último, la plataforma regional de producción compartida, por su naturaleza de integración, deviene en un efecto multiplicador para la importancia del comercio bilateral y la gestión fronteriza. Cada vez que un cargamento pasa de un país a otro se generan gastos, ya sean tarifas, costos de transportación y costos adicionales asociados al congestionamiento de los cruces fronterizos o a correcciones en el llenado de formularios para la importación y la exportación, entre otros. Pero en el caso de Estados Unidos y México, donde las partes y componentes cruzan varias veces de un país a otro durante el proceso de producción, estos gastos fronterizos se pagan varias veces. El lado negativo de esto es que la suma de las pequeñas ineficiencias en la gestión fronteriza puede tener un impacto significativo en la competitividad regional. El lado positivo, sin embargo, es que las inversiones en infraestructura y en programas logísticos regionales o fronterizos para hacer más eficiente el tránsito en la frontera suelen dar altos dividendos.

La plataforma de producción compartida de América del Norte ya se encuentra entre las más competitivas del mundo. Las acciones y activos que cada país ponga sobre la mesa para mejorar la gestión de las cadenas regionales de valor serán determinantes para asegurar que el liderazgo de la región perdure. 

 

Traducido con la colaboración de Emilio García Acevedo

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Christopher Wilson es director del Mexico Institute en el Woodrow Wilson International Center for Scholars.

 

 

English version here

 

[1] Este artículo se base en el capítulo sobre producción compartida de Christopher E. Wilson, Working Together: Economic Ties between the United States and Mexico, publicación del Woodrow Wilson International Center for Scholars, de la que próximamente aparecerá la segunda edición. El autor agradece a Miguel Toro y Andrea Conde por su invaluable apoyo en la investigación y preparación de este material.

[2] Cálculos propios con base en U.S. Census Bureau, Bureau of Economic Analysis (BEA) y Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Cabe destacar un cambio en las definiciones para recopilar la información del comercio de servicio, de modo que las cifras de 1993 a 1998 de la OCDE y aquellas de 1999 a 2015 no son directamente comparables.

[3] Robert Pastor, “The Future of North America”, Foreign Affairs, julio-agosto de 2008, p. 89.

[4] A nivel de dos dígitos del Sistema Armonizado, estas son las cuatro categorías de exportación más importantes para México y Estados Unidos, aunque el orden en cada país no es el mismo. Office of the United States Trade Representative, 2016.

[5] Cálculos propios con base en datos preliminares de 2013 del US Bureau of Economic Analysis sobre la inversión extranjera directa en Estados Unidos y las actividades de las empresas multinacionales de ese país, así como del US Census Bureau.

[6] Existe evidencia de un volumen de comercio intraempresa entre Estados Unidos y México adicional al reportado en estas cifras, el cual incluiría el comercio entre Estados Unidos y las filiales de compañías europeas y asiáticas, entre otras, con sedes en México.

[7] Marcel Timmer, Erik Dietzenbacher, Bart Los, Robert Steherer y Graaitzen J. de Vries, “An Illustrated User Guide to the World Input-Output Database: The Case of Global Automotive Production”, Review of International Economics, núm. 3, vol. 23, 2015, pp. 575-605.

[8] Robert Koopman, William Powers, Zhi Wang, and Shan-Jin Wei, “Give Credit Where Credit Is Due: Tracing Value Added in Global Production Chains”, NBER Working Paper, núm. 16426, septiembre de 2010, revisado en septiembre de 2011.

[9] Otros posibles factores que inciden en esta disminución son las recesiones duales en Estados Unidos, el endurecimiento de las medidas de seguridad en la frontera entre Estados Unidos y México tras el ataque terrorista de septiembre de 2001 y la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio.

[10] Véase Christopher Wilson, Is Geography Destiny? A Primer on North American Relations, Woodrow Wilson International Center for Scholars, Washington, 2014, pp. 1-9.

[11] Véase Christopher Wilson, Anatomy of a Relationship: A Collection of Essays on the Evolution of U.S.-Mexico Cooperation on Border Management, Woodrow Wilson International Center for Scholars, Washington, 2016.